LA MEDIDA DEL TIEMPO EN LA EDAD MEDIA

José Ignacio Ortega Cervigón

2745413_640pxEn la Edad Media la idea del tiempo como dimensión primordial del patrimonio humano estaba semioculta por una visión del mismo como elemento secundario, y por una marcada desidia hacia la precisión cronológica y su uso como factor de progreso en la vida humana. El tiempo medieval era prolongado, lento y épico, con un carácter marcadamente sagrado. Lo propio de una religión finalista como la cristiana era la noción de tiempo lineal, desde un principio hasta un fin. Esta concepción permitió una visión progresiva del ser humano: el tiempo no era más que un momento de la eternidad y pertenecía por entero a Dios. A este tiempo divino se enfrenta el tiempo natural y cíclico de las estaciones, un tiempo circular que deriva de la Antigüedad.

1. LA ALTA EDAD MEDIA: EL TIEMPO NATURAL

Para el hombre de la alta Edad Media el tiempo tenía dos referentes fundamentales: uno de carácter físico, el sol; otro de tipo cultural, las campanas de la iglesia. Por un lado, se subraya la dependencia del hombre hacia la naturaleza. Por otro, la religión cristiana actuaba también de intermediaria, acaparando todas las esferas de la vida humana. La jornada se amoldaba a ambas referencias: la salida del sol era la señal del comienzo y su puesta el final; las horas canónicas se superpusieron a este sistema básico de contabilización temporal. Las estaciones hacían ajustar algunas oscilaciones, particularmente el invierno y el verano. Los medios para alargar artificialmente el día eran poco eficaces. Las velas de cera estaban reservadas a las iglesias y a los detentadores laicos del poder. Los campesinos sólo poseían velas fabricadas con la grasa de la oveja o antorchas elaboradas con leña resinosa, en especial astillas de pino. El agua, la cera, el sebo o el aceite eran materiales muy imprecisos para la medición del tiempo.

La regulación del ritmo de vida diario no entraba en contradicción con el sistema de las horas canónicas. En las ciudades las campanas de las iglesias ejercían un papel determinante, como elemento guía de las actividades humanas, ya que alertaban de peligros y marcaban el paso del tiempo. Durante la alta Edad Media había en las ciudades más importantes un verdadero reloj humano: el vigía o campanero encargado de los toques horarios. Era quien tocaba a rebato si había peligro inmediato, como en caso de incendio o de proximidad de un enemigo. Los toques coincidían con las horas canónicas que regían un tiempo esencialmente rural: tres campanadas al salir el sol (hora prima); dos campanadas a media mañana (hora tercia); una campanada, llamada «el toque», al mediodía (hora sexta); dos campanadas a media tarde (hora nona); tres campanadas a la puesta del sol (vísperas); cuatro campanadas cuando había oscurecido del todo (completas). Por último, a medianoche, sonaba maitines, y a las 3, laudes.

reloj de solEs habitual considerar que la atención prestada al tiempo por el hombre medieval está marcada por una vasta indiferencia. Una anécdota narrada por una crónica resulta muy ilustrativa respecto a esta flotación del tiempo. En Mons debía tener lugar un duelo judicial. Un solo contendiente se presentó al alba; una vez llegada la hora nona, que marcaba el término de la espera prescrita por la costumbre, pidió que fuera atestiguada la ausencia de su adversario. Sobre el punto de derecho no existía duda. Pero, ¿era en verdad la hora señalada? Los jueces del condado deliberaron, miraron al sol, interrogaron a los clérigos y se pronunciaron, al fin, en el sentido de que la hora novena había pasado…

2. LA BAJA EDAD MEDIA: EL TIEMPO DEL TRABAJO

En el corazón de la Edad Media se planteó el conflicto del tiempo de la Iglesia y del tiempo de los mercaderes, como un acontecimiento primordial de la historia mental de esos siglos en que se elaboró la ideología del mundo moderno, bajo la presión del deslizamiento de las estructuras y prácticas económicas. La ganancia del mercader suponía una hipoteca sobre el tiempo, que sólo pertenece a Dios. El usurero actuaba contra la ley natural universal, porque vendía el tiempo. Para el mercader, el medio tecnológico se superponía a un tiempo nuevo y mensurable, orientado y previsible, al tiempo eternamente comenzado y perpetuamente imprevisible del medio natural.

Al racionalizarse la existencia, el marco de la vida dejó de estar iluminado por la religión. El cuadrante racional se dividió en doce o veinticuatro partes iguales. El tiempo adquirió gran importancia dentro de una sociedad netamente urbana, adaptado a las condiciones de trabajo: se cuestionó la duración de la jornada y la autorización del trabajo nocturno. El progreso decisivo hacia las horas ciertas lo dio la creación del reloj mecánico, difundido en el segundo cuarto del XIV en las grandes zonas urbanizadas e industriales (norte de Italia, Cataluña, Francia septentrional, Inglaterra meridional, Flandes, Alemania).

3. UN CALENDARIO AFÍN A LA RELIGIÓN

El calendario eclesiástico medía el tiempo en torno a dos fechas centrales, la Navidad y la Pascua de Resurrección. La Iglesia adoptó y completó los sistemas de medida de los días dentro del mes y de la semana y de las horas dentro del día, herederos del mundo clásico. Tanto el tiempo agrícola como el señorial —tiempo militar y de los pagos campesinos— y el clerical se caracterizan por su estrecha dependencia del tiempo natural: la Navidad fue fijada para sustituir una fiesta del Sol en el momento del solsticio. El calendario litúrgico incorporaba la medida del tiempo por las fiestas de los grandes santos, no por el número del mes: no se decía 30 de noviembre, sino “San Andrés”; o en lugar de 28 de abril se decía «tres días después de San Marcos». Existieron otras formas de datación, como los días andados y por andar, muy habituales en la documentación castellana.

alg_194160_2000x1334A lo largo de la Edad Media el calendario vigente en toda la Europa cristiana fue el juliano: 12 meses y el comienzo del año en el 1 de enero. El problema era que tenía 365’25 días, un poco más largo que el año solar; en consecuencia, las efemérides eclesiásticas se iban adelantando poco a poco, por lo que, al cabo de más de quince siglos, se había producido un desfase de más de once días. El concilio de Trento introdujo el calendario gregoriano, que restauró la armonía entre el movimiento de los cuerpos celestes y las exigencias de la Iglesia.

Los meses estaban asociados con una serie de actividades en el calendario agrícola, a cada mes le correspondía un trabajo. La concepción de la semana en época medieval se independiza de los meses y de los años. En toda Europa se adoptó la semana de siete días, un espacio de tiempo bastante práctico entre una visita al mercado y otra. En el Occidente cristiano, sin embargo, el primer día de la semana se consideraba de descanso y precepto, en el que todo trabajo innecesario estaba prohibido.

En el modo de fechar los documentos, las cartas o las crónicas se seguían patrones distintos. Es probable que aún en el siglo XV la gente no conociera el año corriente de la era cristiana, fechaban por el año del reinado del monarca. La tradición religiosa de cada área geográfica determinaba la fecha del comienzo del año: la Natividad, la Pasión, la Resurrección de Jesús o la Anunciación. Además, al mismo año se le asignaban distintos números en distintos lugares, debido a los distintos sistemas de datación cronológica. En Castilla se utilizaba la era hispánica, que establecía el inicio de la datación treinta y ocho años antes del nacimiento de Cristo y perduró hasta finales del siglo XIV, y podía venir citada junto a otros sistemas de data. Se puede exponer un significativo caso hipotético: “si un viajero parte de Venecia el 1 de marzo de 1245 —primer día del año veneciano— se encontraba en 1244 al llegar a Florencia; y si tras una corta estancia fuera a Pisa, allí el año 1246 ya había empezado. Continuando su viaje en dirección oeste se encontraría en 1245 en Provenza y si llegase a Francia antes de la Pascua —el 16 de abril— estaría una vez más en 1244”.