PEDRO I EL CRUEL, ENTRE LA REACCIÓN Y EL OSTRACISMO

Julián Moral

Pedro I el CruelDurante el reinado de Pedro I se desarrolla la Guerra de los Cien Años, y Castilla no puede excusar el conflicto. Pedro I se conjura con los ingleses; su hermanastro Enrique, Conde de Trastámara, toma el partido de Francia y, finalmente, será un francés (Bertrand du Guesclin escribe Pero López de Ayala en su Crónica, y en la suya del Príncipe Negro Jean Froissard señala al vizconde de Rocaberti) “quien de una manera decisiva haga bascular a Enrique sobre su hermano y al trono sobre Enrique.”

La parcialidad de Pedro con los ingleses venía determinada por los intereses económicos castellanos que se asentaban en gran medida en la producción de lana de las ovejas merinas. Pedro I apuesta decididamente por la ganadería, su organización del Honrado Concejo de la Mesta y las exportaciones de lana a través del océano a Inglaterra y Flandes, principalmente. Su alianza con Inglaterra aseguraba la imparcialidad de la marina inglesa que dominaba el océano. El sentido de esta alianza era, pues, práctico e inteligente, así como la entente con Génova, potencia rival de Aragón en el Mediterráneo, que aseguraba protección en este mar.

La batalla de Montiel  y la muerte de Pedro a manos de su hermanastro Enrique determinaban el final de las ligas con Inglaterra y la subida al trono de éste, abiertamente francófono y aliado sistemático del reino de Aragón. Esto frustra, en opinión de algunos historiadores, la consolidación del florecimiento y protagonismo político-social de la burguesía ante el nuevo ascenso de la alta nobleza que apoyó a la nueva dinastía Trastámara; nobleza ante la que el nuevo monarca quedó en gran medida hipotecado; de hecho pasó a la historia con el sobrenombre de Enrique “el de las mercedes”.

Las noticias del desenlace de Montiel son un tanto confusas; pero el dicho atribuido a Bertrand du Guesclin: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”, aunque la historiografía duda que se pronunciase, responde a la escenografía del drama de Montiel que no dejó de ser una treta o una traición en la que la ingenuidad de Pedro cayó costándole el reino y la vida.                                     

Frente a la política de Pedro I caracterizada desde el principio por su personalismo, su apoyo en gente de leyes, en la baja nobleza y en la burguesía ciudadana, marítima y comercial, amén a su protección a los judíos y mudéjares, surge una fuerte oposición de los ricos hombres de la nobleza tradicional de base agraria, conservadora y feudal que siempre cuenta entre ellos con el apoyo decidido de los hermanastros de Pedro y se alimenta de los errores de bulto de éste. El pueblo llano, los representantes de ciudades y villas del reino, en general, apoyan la defensa del realengo en contra de las pretensiones de la nobleza.

En una situación de crisis generalizada que se agudiza a mediados del siglo, no es extraño que los conflictos sociales en Castilla (movimientos antiseñoriales campesinos, progromos contra los judíos, etc.) se vean oscurecidos por el duelo entre monarquía y nobleza enmarcado en la guerra fratricida. Tras la grave enfermedad de Pedro el primer año de su reinado (se teme por su vida) se desatan las conspiraciones partidistas.

Había varios agentes o frentes en este duelo monarquía-nobleza. Por una parte, los partidarios del Infante de Aragón don Fernando, hijo del rey de Aragón,  primo de Pedro I y aspirante al trono de Castilla; por otro, los partidarios de Juan Núñez de Lara, señor  de Vizcaya (Garci Laso de la Vega, Alfonso Fernández Coronel y otros) que decían que Juan Núñez venía del linaje de la Cerda, descendientes directos del rey Alfonso X el Sabio, y apelaban al desheredamiento de Sancho IV por el rey Sabio en favor de su nieto, lo que legitimaba esta línea y deslegitimaba a Pedro I. Por otro lado, el casamiento secreto propiciado por Leonor de Guzmán  entre su hijo Enrique y Juana Manuel, hija de don Juan Manuel de Villena y biznieta de Fernando III, ponía al hermanastro de Pedro en una posición prominente entre los aspirantes al trono. El casamiento de Pedro I en 1353 con Blanca de Borbón, recluida poco después en la fortaleza de Arévalo, la vuelta del rey a los brazos de su amante María de Padilla y el extraño suceso de los desposorios de Pedro con Juana de Castro en Cuellar, 1354, tras anular su anterior matrimonio los obispos de Ávila y Salamanca, ponen definitivamente enfrentados con el rey a la alta nobleza, los infantes de Aragón, su privado Juan Alfonso de Alburquerque, sus hermanastros y hasta su propia madre Doña María (según Ayala la inductora de la muerta de la madre de los bastardos) cuyo desenlace fue el secuestro del rey en Toro (1354) y su posterior huida.

Du Guesclin IIISi observamos detenidamente estas relaciones tan sinuosas, parece evidente que la alta nobleza, en su lucha contra la corona, utiliza a Blanca de Borbón como excusa y bandera, cuando lo que pretendía era que la gobernación del reino tuviera una estructura contractual de deberes y derechos entre los grandes linajes y la corona en detrimento del poder de ésta. La serie de ejecuciones sumarias que se van sucediendo, inducidas unas o derivadas otras de conspiraciones, alzamientos y traiciones, ponen a la nobleza y los hermanastros de Pedro en una cada vez más evidente confrontación civil y militar contra el poder regio y las capas populares que apoyan a éste y que son sistemáticamente masacradas sobre todo juderías y aljamas: Toledo, Nájera, Miranda de Ebro, Valladolid, Madrid, Briviesca, en un clima antijudío y antimusulmán (Pedro firma ligas en el reino de Granada) propiciado el primero por la propaganda trastamarista y el segundo por la intervención de tropas musulmanas en el conflicto.

Conflicto cuyo fin último es cada vez más claro: la usurpación del poder regio y el reforzamiento de la nobleza feudal. Para ello la propaganda trastamarista utilizó todos los recursos a su alcance para desacreditar a su rival, poniendo en la base de sus acusaciones la tiranía que ejercía Pedro I: lo que los juristas y medievalistas llaman “legitimidad de ejercicio”.

Enrique de Trastámara se fundamentó reiteradamente a la hora de reclamar el trono en el comportamiento tiránico de su hermanastro y en lo que esto significaba de ejercicio ilegítimo de la autoridad: por haber matado “arrebatadamente y sin forma de justicia a algunos grandes de sus regnos”. Por otro lado, la propaganda trastamarista trató de dar a su rebelión un sentido de cruzada antijudía y antimusulmana contra un rey protector de infieles (carta de Enrique al Concejo de Covarrubias en abril de 1366) y, como luego sucedería otras veces en España, el bastardo se presentaba como un enviado de la providencia. Así lo afirmaba contestando a la carta de oferta de paz que el Príncipe Negro le envía antes de la segunda batalla de Nájera (1367): “Dios les avía enviado su misericordia para los librar de su señorío tan duro e tan peligroso como tenían”. Por otro lado, la posición de los magnates de la nobleza quedaba clara en las palabras de la Crónica de Pero López de Ayala referidas a la profecía del “moro sabidor de Granada” en las que queda patente su punto de vista parcial e interesado: “que las peñolas con que los reyes ennoblecen a sí mismos, e amparan e defienden sus tierras e sus estados, son los omes grandes en linajes e en sangre que son sus naturales” (Capítulo III año vigésimo: 1369).

Finalmente, el triunfo trastamarista implicó el fortalecimiento de la nobleza como grupo social dominante y, mírese como se mire, su ascenso tras Montiel, fue una reacción. Uno de los objetivos declarados de Enrique es la pervivencia de las estructuras sociales feudales: “poner a todos e cada uno en su grado e en su estado e en sus libertades”. Si comparamos estos objetivos con los que la propaganda trastamarista cargaba sobre Pedro I diciendo que estaba “matando e destrozando los fijosdalgo e desterrándolos e faciendoles pecheros, e despechando los cibdadanos e los labradores de toda la tierra”, deduciremos que había un interés clarísimo de la nobleza por el triunfo de Enrique y que veían en Pedro lo que hoy diríamos un potencial factor revolucionario. Que el hermanastro bastardo se aprovechó de la reacción nobiliaria para sus fines y ambiciones personales, sería una línea de investigación para explicar el conflicto fratricida; conflicto que, en palabras de Sánchez Albornoz, significó que, “tras el triunfo de la facción enriqueña y nobiliaria después de Montiel las masas populares tuvieron que sufrir las consecuencias de su vencimiento”: retroceso del realengo, acentuación del antisemitismo que desencadenó los progromos  de 1391, retroceso del florecimiento de la burguesía urbana, acentuación de la regresión demográfica. Dentro de la nobleza los principales beneficiados por la nueva dinastía serían la alta nobleza de servicios y el grupo de familiares del nuevo monarca, los llamados “Epígonos Trastámara”.                                                                   

PED3Por otro lado, conviene señalar que en la década de los cuarenta del siglo pasado el profesor Carmelo Viñas Mey llega a considerar la contienda entre los dos hermanos de primera guerra civil española. La teoría tuvo diversos seguidores: Ángel Rodríguez González y Santos Madrazo.   La calificación, en cualquier caso, abarca el conjunto de España cuando en realidad la guerra fratricida se desenvolvió en los reinos de Castilla. No obstante, sería absurdo negar puntos de coincidencia con otros momentos históricos conflictivos en España, lejanos y relativamente recientes: exiliados los llamados “emperegilados”, partidarios de Pedro I al que la propaganda trastamarista decía que era hijo de un judío llamado Pero Gil; destrucción sistemática de documentos, sobre todo los que hacían referencia a la sucesión de Pedro: Cortes de Sevilla, 1362 que proclaman a Alfonso –después fallecido- sucesor y reconocían la legitimidad del matrimonio con María de Padilla y Ayuntamiento de Bubierca, 1363, que proclama el derecho de sucesión de las infantas Beatriz, Constanza e Isabel; corpus legislativo del reinado declarado ilegal; ocultación o destrucción de documentos por miedo de personas o instituciones a verse involucrados y represaliados como petristas; en fin, represión generalizada.                                                         

Por otra parte, Enrique II niega toda legitimidad a su hermanastro muerto, tratando de conseguir que los veinte años del reinado de Pedro se perciban como un paréntesis que no hubiera existido, conectando el suyo con el de su padre Alfonso XI. Se iniciaba así un proceso en el que, partiendo de 1350 (fecha de la ascensión al trono de Pedro I) todas las instituciones e implicados deberían confirmar los documentos otorgados por Alfonso XI y reyes anteriores ¡ignorando! si ya lo había hecho Pedro I. Se llega hasta el extremo de falsificar documentos de Pedro como si fueran confirmaciones anteriores de su padre y así poder confirmarlos Enrique II. Se trataba de trasmitir la idea de la inutilidad o no existencia de lo legislado por Pedro I.

Como vemos, se tendió un tupido velo sobre el reinado de Pedro I, condenándole al más denigrante ostracismo histórico. Y a falta de información y documentación, la propaganda de los vencedores se vuelve tremendamente efectiva: recordemos nuestra historia reciente.