DE LA FIERA SALVAJE A LA MASCOTA DOMÉSTICA

José Manuel Pedrosa

Lo de que los animales son los mejores amigos del hombre es algo que se ha repetido muchas veces. También se ha dicho, en no pocas ocasiones, que determinados animales (los que solemos denominar fieras) pueden ser igualmente los peores enemigos del hombre. Esta última es, sin embargo, una creencia que la muy atestiguada crueldad de muchos seres humanos para con sus semejantes se ha encargado no pocas veces de desmentir.

El refrán español que  afirma que “el perro es el mejor amigo del hombre” tiene también la contraparte siniestra de la vieja sentencia inmortalizada por Thomas Hobbes y comentada por tantos otros filósofos de que homo homini lupus, “el hombre es un lobo para el hombre”. No debe ser casual que estos refranes “animalísticos” tengan tanto de elogio y de reivindicación de las bestias como de censura para el hombre.

Desde la antigüedad más remota hasta hoy, la evolución del homo sapiens ha estado marcada, y en bastante medida condicionada, por las relaciones con el resto de los animales, y es lógico que eso haya dejado elementos y huellas indelebles en la cultura humana. La ciencia afirma que el hombre es una especie animal, y no pone en cuestión que el acontecimiento más sobresaliente de su trayectoria evolutiva haya sido el de su progresiva separación del resto de las especies y su conversión en un animal dotado de lo que llamamos intelecto.

Pero, si hubiera de señalarse un segundo acontecimiento , en orden de importancia, como hito absoluto en su evolución, ése sería –en pie de igualdad con el de la “domesticación” de las plantas que es, a fin de cuentas, la agricultura- el de la domesticación de los animales, que separó la historia del hombre en una etapa primera dominada por las relaciones de conflicto y de competencia total con las fieras salvajes y en una segunda dominada por las relaciones de alianza y explotación del ganado, de los animales de granja y de los animales domésticos.

No es éste el lugar más adecuado para trazar un panorama histórico exhaustivo del fenómeno de la domesticación animal por parte del hombre. Baste decir que abrió la posibilidad (igual que sucedió con la agricultura) y que luego corrió prácticamente en paralelo con el desarrollo de las primeras tecnologías y de las formas progresivamente más complejas de civilización, como prueba el hecho de que el perro comenzase a ser domesticado entre doce y diez milenios antes de la era cristiana, de que la cabra lo fuera hacia el décimo milenio, de que el buey y el cerdo fueran animales domésticos en la Grecia del noveno milenio a C.; de que lo fuera el caballo en torno al sexto milenio, de que el gato estuviera ya domesticado en el Egipto de hacia 3600 a C., y de que la gallina lo estuviera en la India de hacia 3200.

Salta a la vista la superposición cronológica del período en que el hombre comenzó a domesticar animales –y, en paralelo, a “domesticar” los cultivos agrarios- con el de los balbuceos de las primeras formas de civilización compleja.

Que la domesticación de los animales fue un proceso que cambió radicalmente la vida del hombre y sus relaciones con la naturaleza es algo que han constatado innumerables historiadores y antropólogos. Basten las palabras de uno de ellos, André Leroi-Gourhan, como aval de la importancia crucial del fenómeno:

La cuestión de la domesticación de los animales, que es considerada, junto con la agricultura, el criterio de entrada de las sociedades humanas en su morfología actual, es, por este hecho… uno de los puntos más importantes del estudio de los hombres.

El fenómeno de la domesticación animal no sólo resultó trascendental –en cuanto que abrió nuevas posibilidades de aporte alimenticio, de utilización de la tracción y del trabajo animal, etc.- en la prehistoria y en los albores de la historia humana. Hoy en día, el animal doméstico sigue siendo una figura indispensable en el paisaje de la humanidad contemporánea, no sólo como motor y base –igual que ha sido siempre- de nuestro desarrollo, sino también como compañero cercano, necesario y a veces casi insustituible.