PARÍS: ÚLTIMO TRAMO

Luis Moratilla

Mi anterior crónica finalizaba tumbado en el césped, disfrutando de una jornada soleada frente al Palacio de los Inválidos, y en este punto la retomamos. Tras esa breve siesta, nos acercamos a visitar la tumba de Napoleón, que se encuentra en la contigua iglesia del Dome, construida en el siglo XVII y que, desde 1840, alberga los restos de Napoleón. Esta iglesia es un pequeño mausoleo, ya que acoge también los restos de José Bonaparte y de otros destacados militares franceses, así como objetos personales del Emperador. La tumba, situada en el centro de la iglesia bajo la enorme cúpula, impresiona por su sencillez y grandeza.

Tras esta visita, las piernas de mi familia seguían cansadas, se negaban a mantener el ritmo que yo quería imponerles, así que decidieron tomarse un nuevo descanso, esta vez en una pequeña cafetería situada dentro del Palacio de los Inválidos. Mientras, yo visitaría algunas de las maravillas que quedaban pendientes. Querían estar descansados para el recorrido por Montmartre con el que cerrábamos la jornada.

  Mi primer destino era la iglesia más antigua de París, Sant Germain des Pres, por lo que busqué la estación de metro más conveniente, Segur, en la avenida del mismo nombre, y que en solo cinco minutos me dejaba junto a la que fuera una abadía de origen benedictino e importante centro de la vida intelectual parisina hasta la Revolución. Su primigenio origen hay que buscarlo en el siglo VI, pero posteriores asaltos e incendios la llevaron a su reconstrucción, primero en los siglos XI y XII, y a otra más posterior, también tras un incendio que destruyó  armaduras y su famosa biblioteca. Pese a todo, aún conserva los restos del portal del siglo XII, así como la románica torre del campanario. En su interior, podemos admirar columnas de mármol del siglo VI, una bóveda gótica, arcos románicos y un artístico coro.

Por supuesto, no me marché de este bullicioso barrio sin hacer antes una foto a los famosísimos Café de Fiore y Brasserie Lipp, que aún hoy siguen siendo lugar de reunión de famosos actores, actrices y políticos.

Un corto paseo me acercó a la próxima Iglesia de Saint Sulpice, erigida sobre los cimientos de un antiguo templo románico. Es la segunda iglesia más alta de París. En su interior destacan las dos obras de Delacroix en una de sus capillas, así como el órgano, construido en 1862 y utilizado regularmente para conciertos. El exterior se encontraba tapado en parte con andamios y telas para su reparación, por lo que poco puedo hablar de él.

De aquí, y también andando, me dirigí a los jardines del Palacio de Luxemburgo, preciosos, cercados por multitud de castaños que ya estaban tomando tonos rojizos para recibir al cercano otoño. Mientras, muchos parisinos descansaban en sus bancos tomando el sol junto al pequeño estanque que lo preside, próximo al cual encontramos estatuas de antiguas reinas francesas. Ya os he comentado en otras partes de esta crónica la costumbre de los franceses de sentarse en los bancos a media tarde, no para charlar como en España, sino para medio dormitar o leer en silencio mientras reciben los rayos solares. Quedó pendiente acercarme al Panteón, muy próximo, pero el tiempo no me daba para más.

Por lo tanto, abandoné los jardines para tomar nuevamente el metro y volver junto a mi familia, que ya me esperaba para dirigirnos a Montmartre. Bajamos en la estación de Anvers, y tras ascender por una corta y empinada calle (rue de Steinkerque), abarrotada de turistas y tiendas, nos situamos a los pies de la colina. Teníamos dos opciones: subir las infinitas escaleras hasta la iglesia de Sacre Coeur o tomar el funicular. Si os cuento que su uso estaba también incluido en el pase de “Paris Visite”, es fácil adivinar qué decisión tomamos. En unos minutos ya estábamos en la cima, frente a la iglesia. Las escaleras de acceso estaban tapizadas por una multitud de jóvenes, imagino que “Erasmus” muchos de ellos, disfrutando de los malabarismos que un aspirante a futbolista realizaba con un balón encaramado a la balaustrada de las escaleras que trepaban por la colina.

Lo primero, como no, admirar las vistas que desde aquí se nos ofrecen de París, y lo segundo entrar en la iglesia, blanca y espléndida en su exterior, construida a caballo entre los siglos XIX y XX en homenaje a las víctimas (no olvidemos que Montmartre significa monte de los mártires) de la guerra franco-prusiana. Tiene forma de cruz griega, está rodeada por siete capillas y su cúpula central tiene una altura de 80 metros. Su arquitectura se inspira en la romana y bizantina y en su interior destaca un enorme mosaico que representa el Sagrado Corazón de Jesús.

Ahora, tocaba andar; estábamos en la cima de la colina, por lo que debéis tener en cuenta que el tomar cualquier calle en descenso implica ir poco a poco abandonando el barrio. Nosotros comenzamos a caminar dejando a nuestra derecha el Sacre Coeur, la rue Norvins, Place du Tertre, Mont Cenis, Cortot, L´Abreuvoir (donde se encuentra la preciosa y coquetísima Maison Rose), Avenue Junot, rue Lepic (en su número 81 se halla el famoso Molino de La Galette, de viento, anterior al 1600 y que da nombre a uno de los más famosos cuadros de Renoir), Ravignan (precioso edificio en su número 19), y más y más calles que recomiendo patear hasta cansarse. Nosotros ya lo estábamos, pero nos quedaba la foto junto al Molin Rouge. Preguntando a nuestros anfitriones (vuelvo a confirmar la amabilidad de los parisinos, que intentaban hacerse entender. Incluso uno de ellos nos preguntó qué andábamos buscando al vernos dubitativos), nos fuimos acercando a él. Se encuentra en el Boulevard de Cliché, junto a la estación de Blanche, por lo que la forma más rápida era bajar por la rue Lepic, en su número 15 el Café Deux Molins, inmortal tras la película Amelie.

Junto al Molin Rouge, la foto imprescindible, visionado de su cartelera y astronómicos precios, unos 90 euros sólo espectáculo y 150 euros si lo acompañamos con cena. Nuestra cena fue mucho más económica, en el anexo “Quick”, una de tantas cadenas de hamburguesas, y es que habíamos prometido a nuestros hijos no abandonar París sin comprobar si diferían en algo los “burguer” franceses y los españoles, y aquí pudimos comprobar que todos son muy similares. Tras esta rápida comida, que, obviamente, no detallaré, el metro nos devolvió a nuestro hotel.

Amaneció el último día. Mis piernas pedían guerra, por lo que, mientras los demás dormían, yo tomé un rápido autobús para dirigirme a una de las zonas más céntricas de París: Les Halles. Quería contemplar la zona, que dicen peligrosa de noche, aunque en la mañana su único peligro es cierto olor a orines y la enormidad de la estación, una de las mayores de Europa. El centro comercial, con cinco niveles subterráneos que incluyen restaurantes, cines y hasta piscina, lo dejé para otra visita. En la superficie se sitúa otra impresionante iglesia, Saint Eustache, joya del gótico, iniciada en el siglo XVI y en cuya construcción se tardó casi cien años. Cuenta con cinco naves y hermosos arcos renacentistas. Destaca su órgano, construido en 1854 y del que dicen que es uno de los más grandes de Francia y de una acústica, como pude admirar, extraordinaria, gracias a las enormes dimensiones del templo (treinta y tres metros de alto y cien de largo).

Volví al hotel paseando por las estrechas calles del barrio de Les Marais, del que dicen es uno de los más cosmopolitas: La rue Berger, Saint Merri (junto al curioso Centre Georges Pompidou), Sainte Croix y la coquetísima rue des Rosiers, epicentro del barrio judío y de la comunidad gay parisina.

En el hotel, abonamos la cuenta y, tras dejar las maletas en una pequeña sala (el avión no partía hasta la tarde), dimos un último paseo en familia por los alrededores del Sena, recordando todo lo visto sentados en los bancos de un pequeño jardín en el borde de la isla de San Luis.

El traslado al aeropuerto lo hicimos en metro y tren, con trasbordo en Les Halles. Nos daba miedo que un posible atasco retrasara nuestra llegada. El coste fue alto, casi como el taxi de la llegada, y pudo ser superior si una carterista que por allí pululaba hubiera logrado su objetivo. Conseguimos evitarlo y llegar puntualmente al aeropuerto, donde el avión de Air France nos devolvió en un cómodo vuelo a Madrid.

Aquí termina mi crónica, y no quiero terminarla sin volveros a recomendar, tantas veces como sea necesario, que París bien vale un viaje (y ciento), especialmente cuando el tiempo acompaña, ya que es una ciudad para pasear despacio y sin prisas, y el mal tiempo puede estropear nuestro caminar por esta bellísima ciudad.