LA NATURALEZA DESDE EL SIGLO XIX A LA ACTUALIDAD

Julián Moral

El nacimiento de la Ecología como ciencia de la Biología supuso que a la hora de analizar la relación ser humano–medio natural aparecieran multitud de variables complejas y cruzadas y campos de estudio y análisis nuevos que daban a la nueva ciencia una dimensión cada vez más interdisciplinar y global. Pero desde la perspectiva que en anteriores comentarios venimos siguiendo, creemos que en el corazón del estudio, investigación, debate, políticas, medidas, etc., tiene que estar la profundización en las viejas y nuevas visiones ético-filosóficas que nos acompañan desde los primeros tiempos.

Dicho esto, comenzaremos señalando que el proceso de laicización que se produce durante los siglos XVIII y XIX propicia el retroceso global del sentimiento religioso y cada vez arrumba más la tendencia de explicar los fenómenos físico-naturales a través de la divinidad. Desde esta perspectiva seguimos a Pascal Acot en su Historia de la ecología, que señala: “la gran cuestión filosófica presente en el trasfondo de los debates científicos del siglo XIX es la unidad material del mundo”. J. Fitche (1762-1814) y los filósofos alemanes defienden la idea de un universo en formación que el espíritu del hombre se aplica en civilizar. Pero el verdadero conflicto se plantea, quizá, cuando surge la antropología física tras la publicación del Origen de las especies de Charles Darwin (1809-1882).

El enfoque darwiniano, con su argumento central, “la evolución de las especies”, es esencialmente zoológico; pero no cabe duda de que Darwin asesta un golpe poderoso a las ya un tanto periclitadas teorías de la generación espontánea, al vitalismo metafísico, al creacionismo del Génesis…  A partir de las teorías darwinianas sobre la selección natural y la lucha por la vida, deja de tener vigencia cualquier código moral absoluto. El poeta J. Keats (1785-1821) profetiza en unos versos lo que las teorías de Darwin supusieron en el debate o dicotomía metafísica-ciencia: “La filosofía cortará las alas de un ángel / Conquistará todos los misterios mediante la regla y la línea / Vaciará el aire de fantasmas y la Luna de gnomos / Deshilachará el arco iris”. Una vez afirmada la teoría evolutiva, se aprecia palpablemente que el hombre no puede seguir siendo considerado el centro del universo ni como un ente al margen o fuera de la naturaleza como defendía la vieja teología y las teorías vitalistas, sino como algo absolutamente vinculado al medio natural: sus actos respecto al medio, por tanto, no podían ser inocentes ni inocuos.

El desarrollo de disciplinas como la zoología, la geología, la botánica, la taxonomía, la biología, etc., propician el marco conceptual de lo que posteriormente sería la ciencia ecológica propiamente dicha. La palabra “ecología”  aparece por primera vez en una nota a pie de página en una obra de Erust Haeckel (1834-1919): Generelle morphologie der organismen,  Berlín 1866. “La ecología (…) ciencia de la economía, del modo de vida, de las relaciones vitales externas de los organismos, etc.”  Ahora bien, la palabra no empezó a tener carta de naturaleza para el gran público hasta los años 60 del siglo XX.

La mayoría de los estudiosos de la naturaleza sitúan el nacimiento de la ecología en los trabajos del botánico sueco Carl Linneo (1707-1778). Aunque éste no dejó de ser un naturalista excesivamente preocupado por la teología, con él se abre una vía a la construcción del pensamiento naturalista al introducir los conceptos de equilibrio en el medio natural y el de relación o relaciones existentes entre los seres vivos y su entorno. Posteriormente, las nociones de ecosistema, nicho ecológico, ecología humana, ecología agrícola; la distinción entre sistemas naturales y artificiales, etc., imprimen una profunda dinámica a la relación de los seres vivos y el medio. Surgen los primeros “santuarios” naturales (Parques naturales) que revelan –cualquiera sea su configuración natural- su profunda belleza en función de la armonía con el medio natural que las ha producido.

Ya en el siglo XX los desarrollos y aplicaciones de las teorías ecológicas provocan la aparición de una ideología ecológica que irá transformando paulatinamente las visiones de las relaciones naturaleza-sociedad. En 1968 los problemas del medio ambiente se plantean por primera vez en la O.N.U.  El discurso objetivo de la mayoría del pensamiento ecologista –en muchos casos con un rechazo de los dos sistemas económicos: capitalista y socialista- se comienza a mover a finales del siglo XX en unas coordenadas en las que todos los elementos de la naturaleza, incluidas las sociedades humanas, están interrelacionados. El ecologismo se convierte así en una visión del mundo.

Quizá una de las variables que está –ya en el siglo XX- influyendo con más fuerza en el conjunto de factores que engloban el pensamiento ecológico es la casi certeza de que se está al borde de una situación límite en el precario equilibrio  entre la acción del ser humano y la capacidad del propio planeta Tierra para soportar esta presión y conservar o recuperar sus equilibrios. Hay, no cabe duda, un cierto catastrofismo en algunas de las opiniones, campañas y literatura que se vierte actualmente sobre el tema. Algo también, quizá, del viejo misticismo bíblico del castigo por los pecados o errores de los hombres: paraísos perdidos, diluvios, Sodomas-Gomorras, Apocalipsis…

Por ello quiero traer una cita de R. B. Platt, más ajustada a una visión científica y ecléctica, pero que pone el dedo en la llaga y que puede servir de reflexión tanto para diletantes como para incrédulos. “Cuando un factor, como las relaciones ionizantes, se introduce en el medio ambiente, puede provocar cambios y series de cambios susceptibles de modificar los equilibrios y los controles frágiles que la naturaleza ha desarrollado en el transcurso de las épocas geológicas a través de los procesos normales de la evolución y provocar finalmente unos cambios catastróficos en algunas comunidades”.

En fin, el conjunto de teorías sobre la relación hombre-naturaleza nos aboca de nuevo, ya en el siglo XXI, a una nueva (o quizá vieja) dicotomía: la visión de muchos ecologistas (nuevos románticos rebeldes) de una vuelta a lo sagrado que lleva implícita una identificación absoluta entre el orden natural-biológico y el orden social, y por otro lado, la visión del pensamiento optimista de los partidarios de la gestión racional de los ecosistemas; idea esta última entroncada con la tradición, ya no tanto cristiana sino cartesiana, de un ser humano gestor y poseedor de la naturaleza.

Dos visiones que implican bascular la acción ecológica bien hacia el preservacionismo, que reconoce a la naturaleza un valor intrínseco y las acciones que emprende o pretende emprender pueden ir incluso en detrimento aparente o real del desarrollo económico y el crecimiento, o bien bascular hacia el conservacionismo, que atribuye a la naturaleza un valor instrumental y ejerce protección sobre ella en la medida que reporte beneficios presentes o futuros.

Confiemos en la síntesis de estas dos visiones para no entregarnos en el escepticismo catastrofista inevitable de los más pesimistas. Según ellos –como señala Jean Marie Pelt en su libro Por una sociedad ecológica-  si el siglo XIX mató a Dios y el siglo XX al hombre, corresponde al siglo XXI matar a la Naturaleza.