¿CON QUÉ PALABRA NOS CASAMOS?

José Guadalajara

29_bodaNo todos se “casan” o comparten su tiempo con el mismo “nombre”, sino que, en consonancia con las creencias, formación cultural e ideologías, cada cual decide cómo denominar a la persona con la que existe, vive, ama, odia o muere.

En las relaciones heterosexuales, las denominaciones empleadas para definir la convivencia prolongada entre un hombre y una mujer no son ajenas a la connotación de las palabras, por lo que éstas se ven cubiertas por numerosos matices que remiten a registros idiomáticos diversos.

Así, en el registro culto encontramos los términos esposo, consorte y cónyuge, que suelen emplearse en el ámbito jurídico y administrativo, como sucede con los dos últimos vocablos, o en un medio social de un cierto nivel cultural para la palabra esposo y su correspondiente variación de género. Esta última remite también con frecuencia a un contexto religioso. Recuérdese, por ejemplo, ya en la literatura, la célebre composición poética de fray Juan de la Cruz titulada Cántico espiritual o Canciones entre el alma y el esposo.

En el habla cotidiana suelen, en cambio, emplearse los términos marido y mujer, con el posesivo antepuesto: mi marido y mi mujer, lo que le añade un carácter de pertenencia y propiedad, más acusado en el segundo caso. Al contrario, dignificando a la mujer y dotándola de una autoridad, al parecer, incuestionable, entre respetuosa, noble y servil, se encuentra la expresión que algunos, ya entrados en edad, como fórmula de otros tiempos, suelen emplear a veces: “Le presento a mi señora”.

No me resulta extraño, sin embargo, el uso también de la expresión mi hombre en determinados contextos, que he oído utilizar en algunas ocasiones, sobre todo en zonas rurales del norte de España. Eso sin hablar ahora del empleo chulesco y arrogante, hasta casi fatal, de esta expresión en labios femeninos, como sucede en la célebre canción interpretada por Sara Montiel: “En cuanto le vi, yo me dije para mí: es mi hombre”.

En las relaciones informales, sobre todo entre jóvenes, es habitual la utilización del término amigo con un valor diferente al de “tener amistad”, y que sirve aquí para definir y hacer explícito un grado tácito de cierta compenetración amorosa y sexual. Así, ¿quién no ha oído alguna vez la expresión “amigo con derecho a roce”? Ese amigo o amiga, al que muchos se refieren cuando les preguntan sobre su relación sentimental, elude los más formales de novio y novia, que remiten a un contexto religioso y estereotipado que se desea soslayar. El amigo, en este caso, es simplemente alguien con el que se mantiene una relación de aparente “no compromiso”.

3128_1250686870_BODAS-CON-ENCANTO-1En los ámbitos en los que no media un contrato matrimonial, sino la unión de hecho entre hombre y mujer, es frecuente el uso de los términos pareja y compañero, con sus correspondientes determinantes posesivos, para referirse a la persona que comparte el espacio sentimental y doméstico. Oímos con harta frecuencia el empleo de tales términos, a veces con cierta ambigüedad en la interpretación, cuando alguien los utiliza en las relaciones de sociedad: “Es mi compañera” o “te presento a Carlos, mi pareja”. No es raro tampoco, como suelo escuchar en labios de una amiga mía, el uso exclusivo del nombre de la persona, sin más connotaciones ni noticias, para aludir o calificar a quien comparte con ella la vida de todos los días: “Te presento a Juanma”.

Algo parecido, pero con otros componentes de marcada significación social, sucede con el término amante (participio de presente latino que significa “el que ama”), que implica, como todos sabemos, una relación oculta y, a veces, peligrosa al margen de la relación de compromiso santificada por la ley o la costumbre.

Para finalizar, no descartaré referirme a los términos más habituales, entre otros muchos, con los que suelen nombrar algunos al hombre o la mujer con quienes conviven. Nos hallamos ya en un registro lingüístico coloquial o vulgar que me resulta deplorable. No soporto que alguien utilice los términos “mi parienta” o el más cursi y ñoño de “mi media naranja”. Especialmente dañino me resulta el primero, unido, a veces, al de “mi contraria” y que denota vulgaridad, aunque sea usado con carácter humorístico.

En fin, que cada cual, según sus méritos y preferencias, se case con el nombre que mejor le venga a mano.