EL CINE Y EL REY ARTURO

Juan Angulo Serrano

        Pocos personajes históricos, o más bien míticos como es el caso, han sido tratados por el cine con tanta profusión. Y no solo el cine. La literatura, el cómic, el teatro y hasta la ópera han bebido de la saga artúrica. Sin embargo, otros, que también cuentan con muchísimos alicientes para ser llevados a la pantalla, no lo han conseguido, tales como doña Juana de Castilla, la famosa “Beltraneja” (que está presente en dos novelas de José Guadalajara) o el genocidio de los cátaros, por poner solo dos ejemplos muy significativos.

        Indudablemente, el atractivo de esta historia, que se ha mantenido a través de los siglos,  se basa en que es, sobre todo, una leyenda, con un gran componente mágico ( Merlín, Morgana, La Dama del Lago, Excalibur…); la exaltación del honor, del compañerismo y las reglas de caballería (alcanza hasta al Amadís de Gaula o al propio Don Quijote); su antigüedad; grandes momentos de acción y batallas; las intrigas por el poder; sus elementos  míticos, como la búsqueda del Santo Grial; incestos, violaciones; ese fantástico triángulo amoroso de Arturo, Ginebra y Lancelot -creo que nunca superado. Pero fijándonos solo en el cine, opino que ha influido bastante su consideración de que fuera el hipotético primer rey que unió a Inglaterra, y el cine histórico siempre lo han dominado los ingleses y sus primos hermanos de América -aunque dos a las que me referiré son francesas-, ¿qué podríamos hacer nosotros con los Reyes Católicos, la Reconquista, Carlos V, el Descubrimiento y hasta con Don Pelayo?

        He seleccionado las películas que creo más interesantes y que comentaré por orden cronológico.

        Los caballeros del rey Arturo (1953, Richard Thorpe) la vi por primera vez de niño y me encantaron la pelea a espadón entre Arturo (Mel Ferrer) y Lancelot (Robert Taylor) en la que ambos acababan exhaustos, sin vencedor;  los pérfidos Mordred y Morgana conspirando para expulsar a Arturo del trono; el amor arrebatado y oculto entre Lancelot y Ginebra – una Ava Gardner en su plenitud – que no podía culminarse del todo por su cariño y respeto hacia el rey. Se basaba en la novela La muerte de Arturo, de Sir Thomas Malory  (siglo XV). Es una de las mejores, sobre todo por su guión, amplio y detallado, a pesar de que se inicia con Arturo ya casado con Ginebra. La banda sonora es, nada menos, que de Miklós Rózsa.

        En 1954, Henry Hathaway dirigió El Príncipe Valiente, inspirada en el fabuloso cómic de Harold Foster (iniciado en 1937). Era la típica cinta de aventuras, muy entretenida, protagonizada por Robert Wagner, que recogía el ambiente de la época, aunque casi no aparecen los personajes principales.

        También Walt Disney, en 1963, se acercó al tema con Merlín el encantador, sin otra pretensión que la de entretener a su público infantil.

        El gran éxito del musical de Broadway, Camelot, se convirtió en película en 1967 bajo las órdenes de Joshua Logan, experto artesano en este género. Lógicamente no tenía grandes pretensiones históricas, pero contaba con buenos actores – Richard Harris, Vanessa Redgrave, Franco Nero…- y una agradable partitura.

         Robert Bresson, francés,  realizó en 1974 una obra maestra: Lancelot du Lac. Los caballeros de la Tabla Redonda ya están viejos, agotados y desanimados por su infructuosa búsqueda del Santo Grial. Son unos perdedores. Muchos no han vuelto. Camelot es un pobre castillejo. Sus armaduras se encuentran en un estado lamentable. Han perdido todas sus ilusiones y discuten entre sí. La historia es lo de menos. Ya la sabemos. Bresson, con su estilo críptico y pausado – lentísimo, opinan muchos – utiliza a sus personajes, interpretados por actores casi desconocidos, para mostrarnos que, cuando se acaban las esperanzas, el final está próximo. Ginebra, preparándose el baño con sus sirvientas para recibir a su caballero, transmite una especial sensualidad, pues todo se nos sugiere. Como la genial escena del torneo en la que no vemos a los contendientes. Solo distinguimos los cascos de sus caballos, sus cabezas o una lanza que se rompe. Oímos sus relinchos, el griterío del público o la caída de un caballero al suelo. Nos obliga a imaginarnos el combate. Es una película difícil de ver para quien no esté familiarizado con su cine.

        Éric Rhomer, uno de los creadores de la nouvelle vague y de los famosos Cahiers du cinéma, que revolucionaron el concepto del cine a mediados de los 50, rodó en 1978 Perceval el Galo, versión libre de “Perceval, el cuento del Grial” (Chrétién de Troyes, siglo XII) utilizando diálogos del original, que son recitados por los protagonistas, aunque estén narrados en tercera persona. Demasiado larga, l34 minutos. La primera parte me entretuvo, pues el protagonista es tan simple que parece un precursor de Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis)  actuando como él bajo los consejos que le había dado su madre, lo que crea algunas situaciones cómicas. Igualmente, y a pesar de su ingenuidad, consigue casi todos sus objetivos.  Constantemente aparece un coro de juglares explicando la situación, con músicas medievales. Tanto es así que algunos la consideran un “musical”. Los decorados son simples, pequeños, como de juguete, y llenos de colorido, al igual que el vestuario. Es rara, rara, rara. Creo que se toma a broma todo el tema de la caballería, aunque, en la segunda parte, se va liando con el mito del Rey Pescador, último guardián del Grial; convierte en protagonista el caballero Gawain; y termina con una crucifixión bastante extraña y hablando todos en latín. Me han gustado varias películas de Rhomer, pero quién sepa que pretendía con ésta, que me lo cuente.

Y llegamos a la controvertida Excalibur (1981, John Boorman), considerada de culto por muchos y una obra fallida y pretenciosa por otros. Cinematográficamente, he de decir que me gustaron más alguna de las aquí referidas. Pero he de reconocer que, como aproximación a la saga artúrica, es la más completa.

Basándose también en la novela de Sir Thomas Malory, en sus 140 minutos de duración recoge la mayor parte de la vida de nuestro personaje. Se inicia en el mismo momento de su concepción cuando su padre, Luther Pendragon, viola a Igrahim, su futura madre y duquesa de Cronwall, haciéndola creer que es el propio duque, gracias a las artes mágicas de Merlín, que, a cambio, exige que, al nacer,  se le entregue el fruto de aquella noche: Arturo. Boorman la enfoca desde un punto de vista mágico-mítico, sin casi ninguna referencia histórico-temporal ni  cristiana. De hecho, Merlín, interpretado estupendamente por Nicol Williamson, tiene tanto o más protagonismo que el propio Arturo (Nigel Terry), muy humanizado, dubitativo, y casi un antihéroe. Uno de sus defectos es su exagerada espectacularidad y grandilocuencia. Ejemplo: su música, muy alabada por  poco conocedores, resulta estar formada principalmente por el Carmina Burana, de Carl Orff, y por varias operas de Wagner. A pesar de todo, es la película más adecuada para iniciarse en esta leyenda.

El primer caballero (1995, Jerry Zucker), a pesar de su presupuesto y la nombradía de sus intérpretes (Sean Connery, Richard Gere, Julia Ordmon…) me resultó bastante mediocre, por lo que no merece la pena alargar por ella este artículo. Por último, en 2004, Antoine Fuqua dirigió Rey Arturo. Aunque primordialmente es una película de aventuras, tiene la originalidad de no inspirarse para nada en la literatura ni en las leyendas preexistentes, sino en una de las recientes teorías históricas que sugieren que Arturo fue un general romano (Lucius Artorius Castus). Existen otras – Riothamus, Arthrwysap Meurig, Owain Ddantgwyn.. – pero ésta es la mas reconocida. Fue protagonizada por Clive Owen, Stellan Skarsgard y por Keira Knightley, guapísima como siempre, que interpreta a una Ginebra totalmente atípica, guerrera, y siempre con su arco al hombro dispuesta a matar pictos.

Como puede comprobarse, Arturo ha sido, y seguirá siendo, fuente inagotable de inspiración cinematográfica. Hay muchas más, como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (1975 Monty Pyton) que todavía no he visto, pero que supongo será desternillante como todas las suyas; dos series inglesas para la televisión, con Merlín como protagonista, etc. Pero creo que falta la obra definitiva. La imagino como una larga trilogía: su infancia y educación; madurez; y caída final y muerte. Similar a lo que hizo Peter Jackson con El Señor de los anillos. Por cierto, Tolkien también le debe bastante al famoso rey.