LA PALABRA PÚBLICA (I)

Gonzalo J. Sánchez Jiménez

Estoy delante del ordenador. Monotonía de lluvia tras los cristales –con permiso, don Antonio. Acabo de consultar un par de páginas de esas que te calculan rutas. Ahora consulto “Google maps”. Llega un puente y hay que hacer los preparativos del viaje. Aunque soy usuario de las nuevas tecnologías, no renuncio a los métodos tradicionales. Antes de programar el GPS, siempre quiero llevar el itinerario en la cabeza, además del tradicional mapa de carreteras, que siempre va en el coche.

Mientras, oigo al hombre del tiempo: “Llueve en toda la geografía nacional”. ¡Qué bonito! Ruego a mi esposa que cambie de cadena enseguida. También lo están dando, pero parece distinto; aquí es la mujer del tiempo. “Este fin de semana lloverá en toda nuestra geografía”. ¿Será posible? ¡Qué horror! Se me olvidó el viaje. Mi única y apremiante obsesión ahora es salvaguardar mis bienes. Las tres enciclopedias geográficas, las revistas de las agencias de viajes, las guías turísticas de los lugares que hemos visitado, los planos de las ciudades pateadas, que mi mujer colecciona no sé para qué, si no vamos a volver…, el mapa del coche…; todo, papel maché. La predicción es tan apocalíptica que, como llevo un rato consultando geografía en la Red, apago la máquina inmediatamente porque me veo sacando ranas de ella. ¡Y pobrecitos! También me acuerdo de ellos; no puede haber geografía sin geógrafos. Esto sí que es un castigo del cielo.

Hace unos años, el pronóstico meteorológico era casi un juego de azar. Hay que reconocer que ahora, con los nuevos instrumentos de que disponen, se equivocan muy poco…, en la predicción. Siempre coinciden. Lo que ya no comprendo es por qué coinciden también en el modo de expresión. Bien está que a uno le aflore la vena poética un día, que juegue con algún tropo; hasta queda bonito. Pero de ahí a que, desde ese momento, todos los informadores del ramo normalicen esa palabra o expresión, y no vuelvan a utilizar otra, no es ya tan hermoso. Lo poco gusta, pero lo mucho cansa. ¿A nadie se le ocurre decir ya zona, comarca, región, nación, país, territorio…?

Me viene a la memoria un fragmento de una retransmisión de un partido de fútbol de la selección argentina contra no sé quién. Aquello no eran licencias de un locutor metido a juglar, sino de un poeta disfrazado de comentarista. Un jugador sale con el balón desde su campo hacia la portería contraria sorteando a todos los rivales que encuentra en su camino; pero, cuando queda solo ante el portero, tropieza y se cae. Pónganle los lectores la pasión apropiada y el conocido deje argentino a esta perla lírica, que transcribo literalmente: “¡Avansa…, avansa…! ¡Avansa…! ¡Avansa, avansa, avansa…! ¡Oh…! ¡Y da con el perillote en el verde horisontal!”. Vamos, que a uno, que no le conmueve mucho el fútbol, comentaristas como este le dejarían semanalmente de pegatina en el televisor.

Ya hace años de eso; cuando los informadores deportivos utilizaban el verbo avanzar. Sí, amigos lectores, ¿se han percatado de que ya nadie avanza? Ahora todo el mundo progresa. Con la bicicleta, con el balón, por la banda… Un buen día, a un buen señor, que tenía un micrófono delante, le dio por emplear progresar en lugar de avanzar. Aparentemente, y en un momento aislado, no hay nada de malo en ello. Son consideradas palabras sinónimas. No obstante, hay matices: avanzar se utilizaría para indicar una acción rápida, inmediata, en un breve espacio de tiempo, apropiada para un lance deportivo; mientras que progresar aludiría a un proceso más lento, en un plazo de tiempo más prolongado (progresar en una situación determinada, en los estudios, en el trabajo, económicamente, etc.). Pues se acabó. La fórmula se puso de moda y se condenó al exilio al verbo avanzar. Háganme caso; compruébenlo; cuenten las veces que oyen una y otras palabras.

Esto no es progresar adecuadamente; esto necesita mejorar. Lo lamentable es la generalización de fórmulas, que, aun no siendo incorrectas, se transmiten a la mayoría de informadores y se retransmiten en casi todos los medios informativos, convirtiéndose en modelos únicos y excluyentes de otras posibilidades de comunicación entre las que se encuentran las normales y las correctas. Análogamente, con lo que a todas luces es erróneo sucede lo mismo. Y, ¡ojo al dato!, son los periodistas deportivos los más inclinados hacia esta tendencia. Muchas veces me pregunto: ¿Este tipo no se habrá dado cuenta de que lo que dijo el otro individuo era incorrecto o una tontería? ¿Es que no tiene criterio propio ni imaginación? ¿Dónde estudió periodismo? ¿O dónde estudió? Es triste que no cunda igual el ejemplo de magníficos periodistas y presentadores, que los hay. Hay disculpa para errar cuando se realiza una retransmisión en directo; un gazapo se le escapa a cualquiera. Pero no, no es a eso a lo que me refiero. Cuando en el discurso, incluso escrito y en titulares, sueltan una de esas joyas, no se debe a un error; lo hacen intencionadamente –a toda costa hay que llamar la atención- y pensando, además, que siguen la moda y que les queda precioso.

Catalogar estos desmanes sería una laboriosa tarea; inventariar todos, imposible. Lo que aquí pretendo es recoger una pequeña batería de proyectiles para demostrar cómo atacan a la madre Lengua por todos sus flancos.

De pequeños, en la escuela, aprendíamos ya las principales ciudades de los países europeos. Sí, sí; en la escuela aprendíamos, hasta geografía (y sin ver al hombre del tiempo). Supimos que una de las principales ciudades italianas era Milán, así, aguda y con tilde por terminar en “-n”; es que también aprendíamos lengua. Pero esa era la traducción española. Más tarde, resultó respetuoso –todavía no se había inventado lo de políticamente correcto- conocer esos nombres, o por lo menos algunos, en su lengua original y supe que en italiano dicen Milano. Pues ahora -escuchen lectores a los comentaristas deportivos- ya no es ni lo uno ni lo otro, ni Milán ni Milano. Ahora es Milan, llana y sin tilde, porque “Milan” es “the capital of the region of Lombardy in Italy”. A un iluminado le vino en gana sustituir la fonología española por la inglesa y detrás fueron todos, como borregos.

Otros opinan que en tiempo de crisis hay que tomar precauciones, por si acaso vienen mal dadas; y como más vale tener que desear, acumulan todo lo que pueden, hasta fonemas: “inflacción”, “preveer”. Peerfeectoo. En caso de pérdida, siempre quedará algo.

Siguiendo en el mundillo del fútbol, y trasladándonos al plano morfológico, nos encontramos con los que se pasan de cultos: “El equipo malacitano juega el domingo fuera de casa”. La primera vez que oí este cultismo hasta me pareció estupendo. ¡Pero es que no he vuelto a escuchar malagueño! Ya preocupado, por no perder comba, un día –créanme, lo intenté- desempolvé mi vieja guitarra y recordé aquella canción que empezaba: “Qué bonitos ojos tienes / debajo de esas dos cejas […]”. ¡Vaya problema cuando llegué al estribillo!: “Mala…, mala…, malaci…, malacitana salerosa […]”. ¡Cómo me gustaría ver en este brete a Miguel Aceves Mejía, principal difusor de esta tonada!

En la sintaxis se amplían las posibilidades de recolección. El uso incorrecto de preposiciones en determinadas estructuras ha trascendido desde los informadores a los informados y se ha generalizado en la población de tal manera que casi hay que hablar mal para que a uno le miren bien. En una ocasión, entré en un bar mientras se televisaba un partido de baloncesto y se me ocurrió preguntar a un conocido: “¿Por cuántos gana España?”. Antes de recibir respuesta a mi pregunta, saltó un tercero, a quien no le habrían puesto la tapa todavía, porque casi me come a mí: “¡Será de cuántos gana!”.

“Es por eso que me voy”. “Es por eso que…” es otra fórmula que se ha extendido en todos los contextos. Rara vez se oye: “Es por eso por lo que…”. Consideremos, además, que tal circunloquio es absolutamente innecesario; basta con decir “Por eso me voy”.

Lo que se lleva es rizar el rizo; y una vez enmarañado, buscar resortes para enredarlo más, si se puede. Véase: “Se han firmado varios acuerdos por el gobierno”. Error, la pasiva refleja no admite complemento agente. Pues bien, esto se queda corto. Lo que mola -permítanme el coloquialismo- es: “Se han firmado varios acuerdos por parte del gobierno”. ¡Horror! ¿Tan difícil sería: “El gobierno ha firmado varios acuerdos”?

Vapulean los verbos como si fuesen colchones de lana. ¿Le sorprende “Fernando Alonso entrena en Jerez”? ¿A que no? Hasta el momento, yo no sé que haya cambiado de profesión; sigue siendo piloto. Ignoro que se haya convertido en entrenador. Entrenar es un verbo transitivo, que significa “preparar, adiestrar personas o animales, especialmente para la práctica de un deporte”. (Diccionario de la RAE). ¿A quién entrena Alonso? Si el adiestrado es él mismo, se debe decir “Fernando Alonso se entrena en Jerez”.

De manera inmisericorde se han cebado con el verbo incautar, que, por cierto, no existe: es incautarse, pronominal. Como apoderarse o apropiarse, rige suplemento con la preposición de: “La policía se ha incautado de un alijo de droga”. Decir “la policía ha incautado un alijo de droga”, lo usual en los medios, es incorrecto. Llevado al límite, llegamos a “el alijo de droga incautado es de 100 kg.”. Cámbienlo por el verbo apoderar, a ver cómo les suena: “la policía ha apoderado un alijo de droga” y “el alijo de droga apoderado es de 100 kg.”. ¿No, verdad? Si alguien es alérgico al suplemento o a la preposición de y quiere hacer una construcción transitiva, tiene la opción de utilizar otros verbos como confiscar, decomisar, retener, embargar, coger, aprehender, quitar, expropiar…

El mal uso de adyacentes nominales también es bastante frecuente. En más de una ocasión hemos oído o leído algo como “El asesino disparó cuatro veces a la presunta víctima”. Lamentablemente, la víctima está ahí, no tiene nada de presunta. La construcción correcta es “El presunto asesino disparó cuatro veces a la víctima”.

Quizá en otra ocasión nos ocupemos de alguna de estas barrabasadas con más detalle. Anteriormente ya lo hicimos con la fórmula “han habido”. A la altura de este renglón, los lectores habrán advertido que no son privativos de los periodistas deportivos estos decires. En otros ambientes también son frecuentes. De ellos trataremos en la próxima entrega.