LA LEYENDA DE LOS HOMBRES LOBO: LAS CLAVES

Julián Moral

La licantropía ha estado instalada en el imaginario popular europeo prácticamente hasta el último tercio del siglo XX. Por lo tanto, acudir a una explicación más o menos racional cuando se trata de creencias, leyendas, folklore…, tanto tiempo arraigadas en amplias capas sociales, siempre resultará arriesgado, aunque, de principio, podamos afirmar que tiene cierta lógica personificar en el animal más temido, odiado y perseguido de Europa todo lo que de degenerado, perverso y salvaje pueda caber en el ser humano.

Se podrían ensayar algunas hipótesis para explicar la licantropía: totemismo, hechicería-magia-alucinógenos, tabú contra la antropofagia, salvajismo asociado a lugares agrestes y solitarios, patologías biológico-psicóticas… Trataré de analizarlas brevemente.

Una de las características del totemismo implica que, a través de ciertas ceremonias practicadas por brujos o adivinos, un sujeto, al ponerle encima alguna parte de la anatomía de un animal, adquiría de inmediato sus propiedades: brío, ferocidad, fuerza… Por ejemplo, echarse sobre los hombros la piel de un lobo es una de las causas más vinculadas a lo largo del tiempo con la transformación en hombre lobo. Éste, como animal totémico, potenciaba el poder del individuo o de la tribu con la fuerza, la astucia, la velocidad y la organización jerárquica y lo situaba como un animal relevante asociado a la divinidad. Las fiestas lupercales de los romanos estaban relacionadas con la loba que amamantó a Rómulo y Remo, unas fiestas llenas de rasgos arcaizantes con sacrificios de machos cabríos, cabras, perros…, que se ofrecían a la imagen de la loba. En el totemismo, pues, podríamos tener una primera asociación con el mito del licántropo.

Por otro lado, estaba muy extendido en mitos y leyendas, en la antigüedad literaria y mucho después, las historias en las que, a través de hechizos, drogas, bebedizos y encantamientos, se convertía a personas dominadas por los instintos en fieras de diversas especies, como en la leyenda de Circe, que así lo hacía con algunos hombres que llegaban a sus playas, como el caso de Ulises, que se libró de ello gracias a su prudencia. Herodoto ya hablaba de licantropía y magos: “Puede temerse que toda aquella caterva de Neuros sean magos completos, si estamos tanto a lo que cuentan los escitas como los griegos establecidos en la Escitia”, añadiendo que, una vez al año, se convertían en lobos por unos pocos días. Una alusión de Petronio en El Satiricón no está exenta tampoco del recurso al ritual mágico: “Luego, volviéndome a mi compañero, veo que se había desnudado (…); en esto él formó un círculo de orina alrededor de su ropa y al instante se convirtió en lobo”.

Magia y arte diabólica son los atributos que tipificaban de manera repetida los supuestos casos de hombres lobo en la Irlanda de los primeros pasos del cristianismo y posteriores de la Edad Media. La superstición, la religión y, como vimos en la primera parte de este artículo, la Inquisición corrían paralelas. En otras latitudes, si nos atenemos a la opinión de Sabine Baring, la mitología, las sagas y creencias religiosas de los antiguos escandinavos son recurrentes en la tipificación de transformaciones de hombres en animales, en las que no eran ajenos los hechizos, conjuros y disfraces que llevaban aparejada la asunción de los instintos de la bestia. También W.R.S. Ralston, en el siglo XIX, estudió las leyendas y viejas canciones eslavas, encontrando en ellas repetidas alusiones a rituales, brujería y transformaciones en hombres lobo. Y es que debemos tener en consideración que, como señalaba Juan Ruiz de Alarcón en el siglo XVII, la magia, digamos natural (la que obra con las fuerzas naturales: filtros de plantas, animales y minerales), no trastocaba para el hombre antiguo las leyes que rigen el mundo real, ajustándose sin demasiada resistencia a la credulidad de la mayoría de la gente.

En el famoso caso del supuesto hombre lobo español, Manuel Blanco Romasanta, éste declaró en su juicio que no procedía por su propia voluntad, sino por un hechizo. Igualmente se puede señalar que la creencia de que los astros y conjunciones planetarias (de la Luna sobre todo en el caso que nos ocupa) afectaban a los comportamientos estaba muy extendida, incluso en la época de la muy beligerante Contrarreforma: todas las cosas e influencias están en Dios era la máxima de la Iglesia al respecto.

Es evidente, por otro lado, que el consumo de ciertas drogas, hierbas, ungüentos, etc., también produce determinados estados de ánimo. La ingesta de hongos alucinógenos y otros tipos de plantas de propiedades excitantes está en la raíz de que la histeria individual y colectiva se haya repetido muchas veces a lo largo del tiempo. Virgilio escribe en sus Bucólicas: “Estas hierbas y estos venenos cogidos en el Ponto me los dio a mí Meris en persona; por medio de ellos he visto yo convertirse a Meris, con frecuencia, en lobo y esconderse dentro de las selvas”.

El cornezuelo, hongo del centeno, que provoca alucinaciones, y que antropólogos e historiadores no dudan en sospechar que fuera empleado en los rituales de Eleusis, ha sido sugerido como uno de los vehículos que podrían haber puesto en marcha el mecanismo agresivo, salvaje y criminal en determinados individuos. En general, a partir delos siglos XVI y XVII, en Europa estaba ya extendida la creencia de que muchos casos de licantropía se podían relacionar con agentes alucinógenos, entre ellos los derivados de la belladona. Vista esta importante conexión, entraremos en el complejo e inquietante nexo entre antropofagia y licantropía. La antropofagia es una realidad protohistórica e histórica que han practicado muchos pueblos y que han documentado paleontólogos, antropólogos e historiadores, así como la mitología y la leyenda y que tiene mucho que ver con la necesidad del ser humano de un importante aporte proteínico a su dieta.

Ya señalaba en la primera parte de este artículo los sacrificios humanos asociados con el canibalismo en la Arcadia y señalaba pasajes de Ovidio, Platón, Plinio el Viejo, Pausanias… Se podría decir que en cualquier referencia sobre licantropía es poco probable no encontrar una clara asociación entre hombres lobo y antropofagia. La tenemos en la leyenda de Licaón: seguramente un mito que institucionaliza el castigo de la transformación en lobo y el rechazo del mundo civilizado en un tabú contra esta salvaje costumbre. Plinio el Viejo relaciona la metamorfosis y el consumo de carne humana y señala que el hombre lobo solamente recuperaba su condición primitiva si no había ingerido este tipo de carne durante nueve años. En la Edad Media, Giraldus de Cambrensis, siglos XII-XIII, que se apoya en diferentes autores en su Topografía Hibernia, redunda en lo señalado sobre la vuelta al ser natural si no se ha consumido carne humana.

A los hombres lobos, digamos amables, de la literatura de los romans tampoco se les reconocen prácticas de canibalismo. Así, en muchos lugares de Europa, la leyenda estuvo relacionada con la perversión del hombre lobo devorador de personas, sobre todo de niños. El cuento de Caperucita Roja, en su versión popular, es también un claro ejemplo de recreación de licantropía antropofágica representada en la persona de la abuela (y erotismo infantil en el desnudarse Caperucita ante la mirada del lobo que está en la cama), un tabú popular que engloba las dos aberraciones.

Las dicotomías salvaje/civilizado, poblado/bosque y urbano/rural también adquieren enorme relevancia en la transmisión del mito y la leyenda. Lo salvaje representaba en la visión de la Antigüedad clásica, y en otros periodos, lo obsceno y lo bajo, lo criminal, lo opuesto a la concepción urbana y civilizada.

En la línea divisoria entre naturaleza y cultura, lo urbano se asociaba a un espacio de seguridad, mientras que lo recóndito e ignoto se concebía como un reducto de las formas salvajes, capaz de albergar las más extraordinarias formas.

La naturaleza agreste y el bosque, lugares naturales del lobo, serían el perfecto reducto de lo desconocido donde los seres que los habitan recibirían la vital influencia de la naturaleza. Así, la soledad de estos espacios induciría a determinados individuos a un proceso de asilvestramiento que no respetaría normas ni conductas sociales y provocaría el miedo y el vuelo de la imaginación de la gente que adjudicaría a estos personajes unos rasgos de animalidad que, casi en buena lógica, se concretarían en el animal salvaje más odiado y temido: el lobo versus hombre lobo.

Finalmente, tiene relevancia señalar a la licantropía como enfermedad: estado mental psicótico-melancólico o locura lupina. Avicena ya referenciaba este tipo de locura, pero, desde antiguo, los fisiólogos hablaban de desequilibrio, patología humoral y licantropía. Una curiosa relación entre melancolía lupina, enajenación amorosa y comportamiento errático por las soledades agrestes la encontramos en unos versos del trovador Peire Vidal: “Cuando la chusma me llama “loup-garbu”, / cuando los errantes pastores me ahuyentan, / me persiguen y echan a patadas, / ni por un momento siento rabia”.

Para algunos especialistas la licantropía no deja de ser un proceso patógeno de meras alucinaciones y los cambios de forma corporal solo existen en la mente de los afectados por esta patología y en la ignorancia y superstición, muchas veces interesada, de la gente. Pero no cabe duda de que desórdenes mentales, psicosis maniaco depresivas y ciertas patologías congénitas: hipertricosis (abundancia de pelo), severa fotosensibilidad, piel escoriada… no dejan de ser rasgos que se ajustan, desde la perspectiva médica, a las descripciones típicas de los hombres lobo.