DIVINO SEXO

Pedro Centeno Belver

Recuerdo con cierta simpatía una anécdota en mi etapa de universitario en la que un profesor, explicándonos una lección sobre los Fabliaux medievales –pequeños poemas franceses- hizo el comentario, por otra parte evidente, de que en la Edad Media las personas también hacían el amor. El comentario venía a raíz de la temática sexual recurrente en algunos de ellos, pero es cierto que a veces conviene recordar que en todas las etapas de la historia hemos sido, ante todo, seres humanos.

Ciertamente, tendemos a pensar en las épocas más grises –o doradas, dependiendo del cristal con que se mire- como momentos de recato, abstinencia y austeridad, pero si estamos aquí es porque en algún momento, o en muchos, nuestros antecesores se han reproducido. Ya a lo largo del siglo XX, el mundo occidental experimentó numerosos cambios en su manera de concebir la sexualidad ampliando las libertades e, incluso, las formas de entenderla; tanto es así que parece que solamente ahora es cuando nos está permitido hablar libremente sin temor a ser vetados o mal vistos –cierto es que no siempre-. Y sin embargo, desde los tiempos más antiguos, el sexo y, sobre todo, la reproducción han sido problemas contemplados por la humanidad.

Si rescatamos la belleza arqueológica de la Venus de Willendorf, percibimos enseguida las abultadas formas de sus atributos, indicándonos, a su vez, su fin votivo y mágico, propio de un ritual de iniciación o de un elemento de atracción con el fin de lograr descendencia. Más allá de estas interpretaciones, no tan lejos en el tiempo, encontramos que el hombre mantiene constantemente la preocupación por el problema de sucederse.

Es cierto que todo es relativo cuando hablamos de modelos, y la Antropología nos da muchas claves sobre la variedad de uniones conyugales con el fin propio de concebir hijos. Nuestra visión, plenamente imbuida en el ideal occidental de la unidad familiar centrada en el matrimonio, apenas permite entender otras posibilidades y, cuando a prácticas sexuales se refiere, el panorama se restringe. Lo cierto es que, independientemente del desarrollo –entendido en términos modernos-, de la religión y/o de las costumbres del hombre, el tema sexual siempre ha estado presente, por lo que se ha manifestado, como no podía ser de otra manera, en su folclore.

Para tomar conciencia de la importancia del tema podemos retrotraernos al texto literario más antiguo conocido, conservado fragmentariamente —pero maravilloso a su vez—, El poema de Gilgamesh. Sin tratar sobre la posibilidad de un amor homosexual del tipo que se adivina entre Aquiles y Patroclo en la Ilíada, el hilo principal de la obra nace a partir de la amistad entre Gilgamesh y Enkidu. El segundo de los héroes es creado para combatir directamente al gran Rey, por lo que nace completamente bestializado y sin cualidades humanas. Es notable cómo el sexo humaniza al héroe, pues, tras una semana de cópula continua con Shamat, éste adquiere las habilidades de habla y civilización.

Como podemos comprobar, no se trata de un suceso aleatorio y casual, el sexo representa el contacto entre las personas y, con ello, la relación —el hombre es un animal social— o, en definitiva, la vida. De este modo, no es de extrañar que todas las religiones traten el tema de la reproducción de una u otra manera. Aunque el papel social que representa pueda llegar más allá de lo que convencionalmente entendemos; el lector que no lo conozca podrá admirarse de la costumbre semai de que los adolescentes practiquen felaciones a sus adultos. Sin embargo, en el ideario de esta tribu del sureste de Asia permanece la creencia de que mediante esta práctica el joven en cuestión heredará el vigor y virilidad del mayor.

Es evidente que nuestras tradiciones son y han sido, desde hace mucho, diferentes, aunque también en occidente haya tenido especial valor el sexo pues, como decíamos, este era el garante de la supervivencia de la, digámoslo en un sentido quizá demasiado amplio, familia. Ya desde los textos más antiguos podemos comprobar la importancia material de la herencia -no solo genética-, lo que dio lugar, según la configuración de los modelos políticos y económicos, a una sociedad de tendencia patriarcal que comienza a dar un mayor valor a la virginidad como garante de la paternidad. Esto, unido a la madurez de la disciplina moral, que empieza a corregir lo que considera defectos, trae consigo un innumerable número de ejemplos folclóricos y literarios como exponente de la problemática en la sociedad.

Sin ir más lejos, una de las primeras obras teatrales tras la prohibición por parte de la iglesia de cualquier tipo de representación, el Pamphilus o De amore es una clara muestra de la importancia de la virginidad. Pánfilo, el protagonista, se enamora locamente y, para poder acceder a casarse con su amada la viola. Esto que, por fortuna, hoy nos parece una aberración, ha de entenderse en su contexto histórico y cultural pues, no hemos de olvidarlo, su segundo título es De amore, con lo que supone un argumento de tesis sobre el arte de amar.

Porque, en el fondo, una de las partes más importantes del sexo, según lo percibimos hoy, es el amor. Son innumerables los tratados que se ocupan del tema, desde Platón hasta Fromm o los habituales pastiches que inundan hoy nuestras librerías, pasando por Plutarco (en un texto maravilloso), Capellanus, Ficino y un sinfín de autores, por no mencionar a Ovidio o el Kama Sutra, donde amor y sexualidad se entrelazan de diferentes maneras. Es curioso observar cómo, por ejemplo, Schopenhauer atribuye la mayor promiscuidad masculina a que el hombre es capaz de engendrar muchas más veces y en menos tiempo que una mujer, por lo que éste se ve abocado a sentir más apetito. Esto, que en el fondo no es una buena explicación, tiene como trasfondo la argumentación del sentido atractivo del amor, que tiene como finalidad próxima el sexo .

Evidentemente, las actitudes ascéticas y de abstención son voluntarias y solo sirven para mérito religioso o ético del hombre según un código de normas concreto, pero si el sexo en estas variantes que acabamos de reflejar son un medio, también puede ser establecido como solución al mal de amores. Así, es notorio cómo un eclesiástico ejemplar como Marsilio Ficino, de tradición puramente platónica, retoma en este punto a Lucrecio para dar su remedia amoris particular diciendo que beber vino y fornicar sirven, uno por renovar la sangre y otro por suplir la carencia afectiva, para aliviar el mal amoroso. Es importante ver que Ficino atiende aquí a la necesidad humana de alejarse del dolor, aunque suponga realizar un acto, para él, impuro y a pesar también de que el remedio, en opinión del que estas líneas suscribe, no funciona muy bien.Popol Vuh

Por tanto, pese a todo, el sexo es tema frecuente en filósofos y literatos de todas las épocas, por mucho que, según San Agustín –retomando a Platón-, sea un acto tan feo que las personas buscan la oscuridad y la intimidad con el fin de no ser vistos. Por ello no es de extrañar que el eje fundamental del cristianismo fuera concebido sin unión de ningún tipo. En el paso del mito al logos hemos de considerar aquellos elementos que sobrepasan la racionalidad. La creencia, la Fe en este caso, es el elemento que permite asumir este tipo de fundamentos y, sin embargo, el nacimiento de Cristo no es el único caso en las religiones en que la madre es concebida sin cópula.

En efecto, hay quien atribuye a Platón un nacimiento similar, pero es más interesante el caso que se expresa en el Popol Vuh, libro maya sobre los orígenes en el que también Xquic resulta embarazada, esta vez de la saliva de Hun-Hunahpú tras el poco cortés acto de escupirla.

De este modo retomamos la importancia de la fertilidad que relatábamos al comienzo de este artículo. Ciertamente, más allá de las tradiciones literarias que hablan de las extravagancias realizadas por amor o por sexo, uno de los fines naturales de la sexualidad es la reproducción –afortunadamente, también hay espacio para, como Enkidu, humanizarse disfrutando de él-, de modo que es normal que, si esta no es posible, haya problemas. Se conocen tribus en las que la mujer puede repudiar a su marido si no logra concebir, así que no es infrecuente en estas sociedades algún tipo de emblema totémico para atraer, como mencionamos antes con la Venus, la fertilidad. Para ello se utiliza una simbología peculiar con atributos especialmente exagerados por lo general, porque con ellos se pretende potenciar las capacidades de los humanos a través de la evocación divina.

Por ejemplo, el dios Sangó, quien es capaz de provocar celos con el poder de su pene, es el invocado para tener fortuna o, mejor dicho, para ser fértil entre los yoruba. Se trata de una divinidad orgiástica que en cierto modo recuerda a los sátiros grecolatinos por su evidente orientación al alcohol y al sexo, máxime si tenemos en cuenta que en el altar se representa con un carnero.

Cuando la reproducción supone un medio para sumar fuerzas de trabajo al hogar cobra mucha más importancia; así, es natural que estas divinidades sean de corte casero, como Príapo, dios griego de falo descomunal y siempre erecto que representaba la fertilidad en el hogar y en los campos. Al igual que Sangó, el poder de su miembro va más allá del sexo y se torna fundamental para la propia vida.

Muchas son las lecciones que podemos aprender de la tradición folclórica; no es que la sexualidad haya abierto sus propios caminos en el curso de la historia, porque ésta ha existido siempre, pero sí es cierto que ha evolucionado, generalmente a mejor, en cuanto a libertades se refiere. Son tantas las costumbres, todas ellas unidas por un hombre y una mujer, o dos hombres, o dos mujeres, o cualesquiera fórmulas que existan en nuestra especie humana, siempre con el único destino de hacernos, juntos, más felices. Por ello, se me hace complicado poner un broche adecuado a este artículo y, consciente de que el deleite en su lectura siempre será menor que el de su tema, solo queda invitar a hacer siempre feliz a esa persona que sentimos, como diría Nicolás Guillén,

hecha de noche,

de mordedura, beso, insomnio,

veneno, éxtasis, convulsión,

suspiro, sangre, muerte…

Hecha

de esa sustancia conocida

con que amasamos una estrella.