DIVINAS PALABRAS

Gonzalo J. Sánchez Jiménez

soñar-con-tormentasDesde el origen de la humanidad el sol, la luna, las fuerzas de la naturaleza, el temor a lo desconocido, los mitos, las creencias…; la religión, en una palabra, ha ejercido una poderosa influencia en la vida del hombre. Diosas y dioses, santas y santos, profetas y “profetos”, espíritus buenos y malos, han acompañado a los humanos en todas las culturas. Hemos buscado su protección, hemos temido su ira. En su nombre se ha oprimido a los pueblos, se ha manipulado a las masas, se han vertido océanos de sangre.

Nuestro patrimonio léxico contiene numerosas fórmulas que aluden a personajes y símbolos religiosos. Buscamos protección poniendo nuestras localidades bajo el amparo de los santos patronos: San Fernando en Sevilla, San Bernabé en Logroño, Santa Teresa de Jesús en Ávila, San Isidro en Madrid… Las naciones se encomiendan a santos protectores, como la Virgen Inmaculada, Santiago Apóstol, el Santo Ángel y Santa Teresa de Jesús -¿pluriempleo?- patronos de España; San Martín de Tours, de Francia; San Bonifacio de Alemania… Cada oficio o profesión tiene también su santo patrón: Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudiantes; San Francisco de Sales, de los escritores; San Cristóbal, de los transportistas… En situaciones que nos producen ansiedad, sorpresa, temor, ilusión, alegría…, se nos escapa alguna invocación: «¡Dios mío!», «¡Virgen santa!», «¡Bendito y alabado!», «¡Ay, San Ambrosio!»… Si hay tormenta y rompe a tronar o si cualquier asunto se pone feo feo, nos acordamos de Santa Bárbara (nunca antes). Si queremos encontrar algo, hasta un novio, se lo pedimos a San Antonio. Cuando hay multitud de obstáculos para que algo pueda realizarse, imploramos a San Judas Tadeo. Si hay que zanjar un negocio definitivamente, acudimos a Santa Rita para que no olvidemos que lo que se da no se quita. Para llamar a la suerte llegamos hasta la amenaza sacra, atentando contra las partes íntimas de San Cucufato. Y cuando nos quedamos sin saber qué decir es porque se nos va el santo al cielo.

Todavía hay más motivos para acordarnos de los santos. Muchos de ellos refrescan nuestra memoria temporal con dichos y refranes alusivos a una determinada época del año; santoral y calendario van de la mano: «El veranillo de San Miguel», «Por San Blas la cigüeña verás», «Cada cerdo tiene su San Martín», «San Silvestre, acuérdate de éste»… También nos sirven de referencia en el espacio, espacio siempre lejano y desconocido: «Donde San Pedro perdió el mechero» -me pregunto para qué quería el mechero San Pedro-, «Donde Cristo dio las tres voces» -¿a quién y por qué? ¿Sería a San Pedro por haber perdido el mechero?-. Otras veces estas expresiones arrastran valores cuantitativos: «Aquí no queda ni Dios» -se fueron todos a buscar el mechero-; o modales: «Te lo vas a pasar como Dios» -cuando aparezca el mechero.

cigue_aCuanto más avanzada es una cultura menor es el miedo que sus deidades infunden. En las civilizaciones antiguas mantenían contentos a los dioses mediante sacrificios, incluso humanos, porque se temía su ira. Hoy es al revés; descargamos nuestra furia sobre nuestras divinidades con suma facilidad. Vamos de la jaculatoria a la blasfemia sin pasar hoja en el santoral. Pero claro, esto de la blasfemia está en función del credo de cada cual; lo que para un católico no es más que un dibujo satírico, para los musulmanes puede resultar de los más blasfemo hacia su Profeta; un grupo de hindúes ve algo ofensivo contra su religión en una falla de Valencia y los artistas, con la caja de cerillas ya en la mano, tienen que desmontar el ingenio a toda prisa.

Dentro de la cultura católica también existen algunos subjetivismos -no sé si decir fundamentalismos- peculiares respecto al uso de expresiones que incluyen símbolos religiosos, tales como la cruz, los clavos de Cristo, la corona de espinas, el manto de la Virgen, el rosario, el copón y, sobre todo, la hostia. Lo que para algunos carece de importancia para otros roza la maldición. Voy a poner un ejemplo. Ante una misma situación podemos oír cosas como estas: «¡Dios, qué golpe!», «¡La Virgen, qué golpe!», «¡Jesús, María y José, qué golpe!», «¡La hostia, qué golpe!». Para muchos, la última es inaceptable, casi roza la blasfemia. Utilizan las tres primeras sin problema alguno y rechazan cualquier locución que incluya el símbolo de la hostia. Sin embargo, si las analizamos, todas son iguales, todas comienzan con una interjección que sirve de invocación a personajes benditos o a un símbolo religioso, sin más, sin nada injurioso, y añaden después la misma exclamación: «¡Qué golpe!». Hay que reconocer que precisamente de todos estos dichos el más utilizado y el más expresivo, a pesar de su malsonancia, es “la hostia” y sus variantes. Es indudable que es de mal gusto; es conveniente evitarlo, sobre todo en la comunicación pública y en la lengua escrita; pero no podemos volver los ojos ni los oídos a la realidad lingüística y por eso vamos a ver la cantidad de valores significativos que admite. Conozcamos, desde una perspectiva descriptiva, todo aquello que se utiliza para saber después lo que es recomendable.

En este sentido, el diccionario de la RAE dedica a esta entrada varias acepciones diferentes, que clasifica por significados. Nosotros intentaremos ampliar e ilustrar esos usos.

  1. Como interjección. Cuando nos sorprendemos por algo inesperado; cuando nos enfadamos mucho; cuando vemos algo extraordinario, inmenso o insuperable; cuando el martillo pasa rozando la cabeza del clavo y termina sobre nuestros dedos, decimos «¡Hostia!», «¡La hostia!» u «¡Hostias!». Es como un “¡uy!” o un “¡ay!”, pero mucho más fuerte.
  1. Como sustantivo desempeña todas las funciones propias del nombre y según cada función y las palabras acompañantes puede adquirir diversidad de significados.

topicLa primera interpretación es entender “hostia” como golpe, bofetada, trastazo…: «Se puso a repartir hostias y se quedó solo», «Se dio una hostia con la moto».

Si va detrás del adjetivo “mala”, “hostia” se traduce en intención, propósito o enfado: «Reconoce que lo hiciste a mala hostia», «Se presentó aquí con muy mala hostia», «Siempre está de mala hostia».

Detrás de “a toda”. En esta construcción circunstancial “hostia” equivale a “velocidad”: «El AVE va a toda hostia».

Cuando es atributo con el verbo “ser” (ser alguien o algo la hostia) suele entenderse como ser extraordinario, formidable, excelente: «Este coche es la hostia» o «Contigo nunca nos aburrimos, eres la hostia» se interpretan generalmente como halagos. Pero en determinadas ocasiones puede tener un matiz bastante diferente: «Otra vez sin terminar, ¡es que eres la hostia!». Aquí es un reproche; tiene un sentido negativo.

Es común el siguiente ejemplo: «Hemos comido unas gambas de la hostia». En este caso “de la hostia” es complemento de un nombre anterior, “gambas”, y tiene un marcado carácter adjetivo. Su significación sería equivalente a “buenísimas”, “excelentes”, haciendo referencia a la calidad; o también, “hermosas” o “muy grandes”, si aludiese al tamaño.

Por supuesto, podría asociar simultáneamente ambos aspectos de calidad y tamaño.

No es menos conocido este otro dicho: «Hemos comido la hostia de gambas». Ahora “la hostia de” adquiere un valor cuantitativo similar a “un montón de”, “gran cantidad de”, “mogollón de”. Expresa una cantidad grande e indeterminada: “muchas”.

Otra curiosidad. Si colocamos la construcción anterior delante de un adjetivo, sigue conservando su valor de cuantificador, es decir, aumenta la cualidad expresada por el adjetivo a modo de superlativo. Véase: «Las gambas estaban la hostia de buenas». Asume el papel del adverbio de cantidad “muy”. Lo mismo ocurre si anteponemos “la hostia de” a un adverbio: «El restaurante está la hostia de lejos»; esto es, “muy lejos”.

  1. Un asunto interesante es el de la variabilidad morfológica del vocablo. Aunque el diccionario de la RAE no las contempla, se usan dos palabrejas derivadas: un verbo, “hostiar” o “ahostiar” y un sustantivo aumentativo, “hostión”. El verbo no es muy frecuente y suele utilizarse cuando el número de regalitos supera las dos. Lo normal es ofrecer una o dos hostias, hasta el par, por ahí anda la ración: «¡Que te doy dos hostias…!». Cuando se sobrepasa ese número se oye «Le dio de hostias” y, pocas veces, algo como «Le hostió» o «Le ahostió». Más frecuente es el aumentativo “hostión”. Si el verbo está relacionado con la cantidad, el aumentativo alude a la calidad. Aquí también hay rangos. Según la intensidad con que se propine el golpe, la bofetada o el puñetazo se puede hablar de “una hostia”, “una buena hostia” y, en la cúspide, “un hostión”. Ah, y no olvidemos la “leche”. Cierto que no pertenece a esta familia léxica, pero sí al mismo campo semántico. La “leche” estaría en los primeros peldaños; algo más que la bofetada, pero menos que la “hostia”. En realidad viene a ser un sucedáneo descafeinado dentro del escalafón. También son sustitutos los términos “ostras” y “hosti”.

fotos-peces-de-coloresLa pregunta es por qué se emplean esos vocablos edulcorados. Es fácil: el término al que suplen es feo, soez, de muy mal gusto…, todo lo que ustedes quieran. Pero, ¿por qué hay que sustituirlo? Pues la respuesta también es sencilla: porque lo hemos pensado; y es que una cosa es la que se piensa y otra la que se dice. En algún momento de la vida pueden aparecer circunstancias que le hagan decir «¡Hostias!» al más pintado, aunque en toda ella no haya proferido ni un «¡Me cago en los peces de colores!» ni un mal «¡Rediez!». Hay que tener mucho temple para controlar los nervios en ciertas ocasiones, aunque no niego que haya gente capaz de hacerlo.

Me contaron un desagradable episodio sucedido entre dos trabajadores de una fundición. Un tropezón involuntario de uno de ellos fue la causa de que el otro bajase a toda la corte celestial, se acordase de toda la familia, viva y muerta, del compañero y el altercado no pasó a mayores por la rápida intervención de los presentes. Ambos, ante el juez, daban su versión de los hechos. El juez preguntó a uno de ellos: -¿Es cierto que usted insultó gravemente a su compañero, a toda su familia y pronunció horribles expresiones mientras trabajaban?

Él declaró: -No es cierto, señor juez.

Cuando pasó aquello yo simplemente le dije a mi compañero: «Hombre, Manolo, mira a ver si tienes más cuidado, que me has llenado la espalda de acero fundido y es una sensación bastante desagradable». Alguien me dijo que este señor después se metió en política.

Las adversidades y los imprevistos graves nos afectan a todos; nadie estamos a salvo de ellos y siempre puede haber algo que haga que nuestras defensas lingüísticas se derritan y sin darnos cuenta pasemos del «¡Ay, qué calorcito!» al «¡Hostias, que me quemo!». Todos tenemos un punto de fusión que permite que en algún instante afloren nuestras más vehementes expresiones. Cada cual que juzgue cómo, cuándo y dónde utilizar las buenas o malas maneras; todas son nuestras.