HISTORIA DE UN DICTADOR: JUAN MANUEL DE ROSAS

Sergio Guadalajara

Los casi treinta hombres que apostaron por una Argentina independiente del Reino de España en la ciudad de Tucumán en el año 1816 probablemente no lo imaginaron. No era esperable. Es de suponer que pensaron, en total convicción, que el sufrimiento y la guerra habían marchado bien lejos del joven país aquel dichoso año. Sin embargo, no fue hasta 1861 cuando Argentina pudo recibir el nombre de nación unificada.

En aquel momento, mientras todo se gestaba en Tucumán, Juan Manuel de Rosas contaba con veintitrés años de edad y se encontraba ajeno a todo aquello que no tuviese que ver con los negocios ganaderos y de exportación de carne a los que se estaba dedicando (y que tan jugosas ganancias le aportaron). No intervino, entonces, en ninguno de los hechos que estaban formando, poco a poco, lo que sería después Argentina. No obstante, siendo un niño había participado en las guerras contra los ingleses (en 1806 y 1807), que habían pretendido anexionarse buena parte de lo que formaba el virreinato dependiente de España, si bien no tuvieron éxito. Destacó por su valor en las batallas que se desarrollaron en torno a la ciudad de Buenos Aires (primero en la conquista y más tarde en su defensa). Su buena capacidad de organización y administración quedaba demostrada desde su juventud.

La independencia de Argentina, si bien fue oficializada en el Congreso de Tucumán de 1816, había comenzado verdaderamente seis años antes durante la Revolución de Mayo. Aprovechando la difícil situación en la que se encontraba España por la invasión francesa, los americanos destituyeron al virrey y se atribuyeron funciones de autogobierno. Lo hicieron en nombre del desterrado Fernando VII, sin reconocer ninguno de los dos poderes (ni el del intruso francés ni el legítimo español) que había entonces en la Península, para evitar así los problemas que conllevaría el proclamar de forma directa la independencia. Formaron de este modo las Provincias Unidas del Río de la Plata, desligadas ya casi por completo de España (sólo lo seguían en forma aparente).

Se decidió que un Directorio en el que el poder cambiaría de manos cada dos años asumiría las funciones del nuevo gobierno. No había un presidente, pero sí una figura que intentaba cumplir las funciones de éste. El pensamiento político divergía en dos opciones, el Partido Federal o el Partido Unitario, opuestos en su concepción del Estado en cuanto a su relación con las distintas provincias.

A grandes rasgos, los federalistas abogaban por un modelo inspirado en EE.UU, en el que cada región (estado en este último caso) gozaba de cierta independencia dentro de la gran federación que los agrupaba a todos. Se enfrentaban en su concepto e idea de nación a los unitarios, que defendían un modelo de organización política y administrativa centralizado en la región de Buenos Aires, según el modelo que imperaba en París durante la etapa napoleónica. Para ellos, la Nación ya existía antes que las regiones, que no eran más que subdivisiones del territorio con una limitada autonomía. Buenos Aires habría de ser la cabeza visible del nuevo Estado al ser el área que más desarrollo y poder económico poseía. Su condición de antigua sede del Virreinato del Río de la Plata era también otro punto en su favor.

Hacia 1820 las provincias argentinas estaban sumidas en lo que podría considerarse de guerra civil: es la denominada “Anarquía del Año XX”. Buenos Aires y sus ansias centralistas no gustaban a las demás; quería ser la cabeza del nuevo Estado, por lo que las disputas y enfrentamientos entre ellas eran frecuentes. Así, caudillos y militares provincianos trataron de salir de la influencia porteña y conseguir, de esa forma, el autogobierno de cada territorio sin depender de Buenos Aires. Ésta fue la causa de las batallas de Cepeda, Pavón o Gamonal, entre otras. En 1823, eliminado el Directorio, las provincias consiguieron estabilizar sus gobiernos. Cada provincia era independiente de las demás. Había triunfado el federalismo.

Mientras Argentina luchaba consigo misma, Juan Manuel de Rosas fue adquiriendo prestigio como militar y fama como buen administrador (en efecto, lo era). Había formado su propio regimiento, los Colorados del Monte, con el que combatía a los indígenas de la Pampa con notable éxito. Esto, unido a los encuentros puramente bélicos en los que demostró su destreza como oficial, hizo que se ganase el respeto de los sucesivos gobernadores de Buenos Aires.

A pesar del citado triunfo del federalismo en las distintas provincias, los unitarios, encabezados por el general Lavalle, aún no se querían dar por vencidos. Se organizaron y consiguieron derrotar y capturar al gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego (ayudados, eso sí, por la traición de dos soldados de éste último, que lo entregaron a Lavalle y sus enemigos). Fue ejecutado. En ese momento, Rosas, decidido defensor del federalismo, y que había intentado ayudar al gobernador Dorrego a sofocar la rebelión, lanzó un contraataque junto a otros generales. Se enfrentaron a las tropas de Lavalle y le derrotaron en la batalla del Puente de Márquez. El ahora gobernador Lavalle consiguió escapar y refugiarse en Buenos Aires, que fue sitiada por Rosas. Ambos, por iniciativa de Lavalle, intentaron una solución pacífica y democrática, pero los unitarios intentaron imponer a su candidato a gobernador de la provincia y volvieron de nuevo las tensiones. Finalmente un hombre del partido federal ocupó el cargo. A Rosas sólo le sirvió como una forma de acercarse al poder. Terminó por ser nombrado gobernador de Buenos Aires.

Durante este primer periodo, el gobernador Rosas llevó a cabo una política que podría ser calificada como progresista: incorporó a hombres que ya habían formado parte de la administración de la provincia y, por tanto, con experiencia. Incluso, reformó los Códigos del comercio y el ejército, repartió algunas tierras y fundó nuevas poblaciones para estimular demográficamente la provincia. Al finalizar su mandato, fue reelegido, pero rechazó continuar en el poder, pues no poseía un respaldo unánime del pueblo. Volvió al cuartel que había creado años atrás para su regimiento de Colorados del Monte y comenzó un nuevo adiestramiento. Poco después se lanzó al desierto para terminar de apagar los focos de resistencia indígenas. Con unos decidió firmar pactos de ayuda, mientras que a otros los arrasó y eliminó sin contemplaciones. ¿Qué motivación tenían estas campañas? Publicitarse, ganar apoyos y poner de su lado al pueblo llano, al Ejército y a los grandes terratenientes (los estancieros). Sin duda, lo consiguió.

En Buenos Aires, de forma paralela, el Partido Federal estaba dividido entre una tendencia más liberal (la del gobernador Balcarce) y otra más conservadora (Rosas). Después de varios escándalos provocados por ambos bandos, Rosas fue elegido gobernador, pero renunció de nuevo porque no se le concedían totales poderes, es decir, no podía ejercer su cargo con funciones autoritarias. Después de que un partidario de Rosas fuese nombrado gobernador y de que la tensión fuese creciendo, se le entregó el poder a Rosas con todas las exigencias que reclamaba. Un plebiscito lo ratificó.

Y así, en 1835 comenzó su segundo gobierno, el del caudillo opresor. Sus opositores fueron inhabilitados para acceder a cualquier cargo. Capturó, ayudado por la Mazorca (su brazo armado), a sus principales enemigos, a los que en su mayoría consiguió ejecutar. Incluso, en algo que sería propio de los regímenes totalitarios de un siglo más tarde, ordenó que se dijesen lemas contra los unitarios y en favor de su gobierno. En materia económica, el proteccionismo del mercado interno fue su eje central (para ganar el apoyo de las demás provincias, que no disfrutaban de las tasas del puerto de Buenos Aires). Decretó aranceles y altos impuestos de los bienes que se importaban del extranjero, aunque no de lo que no era producido allí.

No obstante, no gozó de un gobierno tranquilo y respetado, pues sus enemigos se organizaban en el exterior, buscando ayuda y apoyos (Francia e Inglaterra por intereses comerciales) para poder derrocar a Rosas, que ya había extendido un auténtico régimen de terror contra cualquiera que se le opusiese. Los asesinatos y las acciones intimidatorias (como la sustitución de todos los símbolos unitarios, verdes y celestes, por los rojos de los federales) eran frecuentes. Aumentaban, y mucho, las personas que partían al exilio, lejos de la opresión.

La caída de Rosas llegó de un modo totalmente paradójico. Cada año, Rosas renunciaba a seguir en el poder. Lo hacía, no por altruismo desinteresado, sino para ganar así más apoyo, pues sabía que tal hecho no sería aceptado. En mayo de 1851, la provincia de Entre Ríos aceptó, de forma inesperada, su dimisión. Acto seguido, el general Justo José de Urquiza, antiguo subordinado del caudillo porteño, se alzó en armas apoyado por Brasil y Uruguay, contrarios al gobierno de Rosas. Formaron el “Ejército Grande” y avanzaron hacia Buenos Aires. Rosas los esperó con sus cerca de veintidós mil soldados en las cercanías de la ciudad… Llegó el “Ejército Grande” con algo más de veinticinco mil efectivos. Comenzaron los tiros. Galopaban los caballos. Volaban los proyectiles. Y Rosas perdió. La batalla de Caseros había dictado sentencia contra el rosismo.

Salió exiliado del país a Southampton, Inglaterra, donde vivió veinticinco años más hasta su muerte, en 1877.