HACIA EL NUEVO MUNDO

José Guadalajara

En su De civitate Dei, Agustín de Hipona, tras haberse referido a la creencia de algunos -basada en la interpretación del capítulo XX del Apocalipsis- en un tiempo de deleites carnales después de la primera resurrección, escribe que “a los que dan crédito a tales ficciones, los llaman en griego Quiliastas, que interpretado a la letra significa Milenarios”1. Esta fabulosa esperanza, que presupone la muerte física como tránsito, se abre durante la Edad Media a nuevas vías de interpretación que admiten la posibilidad de gozar de ese milenio durante el transcurso de la propia existencia en este mundo.

Esto, que no es una novedad sin embargo de esta época, adquiere en este momento unas dimensiones extraordinarias que dieron paso a una serie de movimientos de masas que pueden calificarse de milenaristas, si bien el uso que aquí se hace de este adjetivo comporta una serie de diferencias fundamentales con respecto a su significado original. En principio, lo milenarista no debe buscarse ahora en la idea de una existencia ultraterrena de mil años de duración  reservada para los justos antes del Juicio Final, sino en la perspectiva de transformar, rápida y totalmente, las condiciones de una vida  precaria y miserable en este mundo. Este pensamiento, que se convirtió en el objetivo esencial de muchos predicadores itinerantes y de capas enormes de la sociedad del medievo, no supuso la eliminación del milenio como tal, pues ambas vertientes –la puramente religiosa y la social- se imbricaron con frecuencia dentro de las expectativas milenaristas de estos grupos. No hay que olvidarse tampoco de la diversidad de sentimientos y enfoques que se dio en torno a este utópico deseo de cambio, ya que espiritualidad y materialismo fueron en muchas ocasiones los polos opuestos de un mismo punto de partida.

La tradición bíblica, lo mismo que para la creencia en el fin de los tiempos, resulta de una gran importancia en la fructificación de estas expectativas. En el mundo judío es constante el anhelo de redención, puesto en la futura venida de un mesías que establecerá un reino universal en el que brillará por siempre la paz. Muchos escritos del Antiguo Testamento insisten en esta idea, como sucede en numerosos pasajes de Isaías2. Sin embargo, fue otro profeta el que logró con una de sus imágenes una aceptación general entre los milenaristas. Me refiero al famoso sueño de Nabucodonosor, relatado en el capítulo 2 del libro de Daniel. Este rey de Babilonia soñó con una estatua hecha de diversos metales, en el que cada uno representa, según la interpretación que le ofrece el propio profeta, una serie de reinos que habrán de sucederse sobre la tierra3. Al final, tras la destrucción de esa estatua por una piedra caída desde un monte, aparecerá un reino imperecedero, imagen que se convirtió en un modelo vivo para las especulaciones milenaristas de la Edad Media4. No obstante, junto a estos escritos proféticos veterotestamentarios, fue el Apocalipsis, tanto en su conocido capítulo XX como en el siguiente, el que se debe considerar la fuente más directa en la que se fundamentaron la mayor parte de todos estos movimientos5.

A la par que esta tradición textual, que actuó como marco envolvente de unas esperanzas muy acusadas, fueron las circunstancias sociales las que determinaron la aparición y desarrollo de estos movimientos milenaristas medievales. Los mismos textos bíblicos en los que se inspiraron fueron en su tiempo los exponentes de unos acontecimientos históricos apremiantes y conflictivos, como sucede, por ejemplo, en el caso del ya citado profeta Daniel, en cuyo libro se hizo eco de la angustiosa realidad a la que hacia el año 165 a.C. tuvo que enfrentarse el pueblo judío bajo la dominación del rey seléucida Antíoco IV Epífanes6. Este denso espacio de conflictividad social, en el que la corrupción, las condiciones de vida infrahumanas, las hambres, las epidemias y las guerras actuaban como elementos de presión, puede considerarse el desencadenante principal de todas estas ilusiones milenaristas. Cuanto más graves eran los males, mayor era el deseo de encontrar un medio milagroso para vencerlos.

POSIBLES EQUÍVOCOS

Es necesario, sin embargo, soslayar posibles equívocos. No deben confundirse los movimientos milenaristas con aquellos otros de carácter puramente social; en éstos, la protesta y las sublevaciones ante las deplorables condiciones de vida no adoptaban un cariz sobrenatural y se limitaban al logro de unas reivindicaciones que consideraban de absoluta justicia. Establecer una línea de separación entre ellos no resulta nada fácil en algunos casos, pero se hace imprescindible buscar sus límites, así como sus puntos de contacto. Nadie mejor que Norman Cohn, el gran estudioso de estos movimientos, ha precisado sus características, que sintetiza en cinco rasgos que los identifican. Para él, este tipo de milenarismo es un hecho colectivo, terrenal, inminente, total y milagroso, que queda convertido así en un caso “particular de salvacionismo”7. Son sobre todo los tres últimos adjetivos los que mejor definen y a la vez diferencian estos movimientos.            

“Los annos darán sus tienpos e sus esquilmos con tienpo, e los ganados eso mesmo; non avrá mortandades nin pestilençias, así en gentes como en ganados, e frutales e ortalizas; et esto será por quanto el curso de la naturaleza será egualado, así que todos los del mundo bivirán loando a nuestro Salvador Jhesucristo, et Luçifer bivirá con mucha tormenta encadenado, que non avrá logar para poder engannar a todos los del mundo”. Así se expresaba en el siglo XV el autor de un escrito en castellano, conocido como el Libro de los grandes hechos, en donde se observa perfectamente el entusiasmo que manifiesta al profetizar, después de que el mundo atraviese por un período de enormes tribulaciones, la llegada del milenio8.

Profetas milenaristas como este desconocido visionario franciscano fueron muy numerosos a lo largo de toda la Edad Media. Los períodos de profundas crisis sociales favorecieron este tipo de especulaciones, como demuestran las insistentes quejas y censuras de las que éstos suelen hacerse eco casi siempre en sus escritos.

Una de las formas tópicas que adopta el lenguaje apocalíptico es la de explicar la causa de todos estos males como consecuencia de un castigo divino, provocado por los innumerables y graves pecados de los hombres. Éstos, que padecen sus efectos, confían sus esperanzas –sobre todo cuando la situación se hace más apremiante- en el cumplimiento de las viejas profecías, estimuladas ahora por la aparición de predicadores mesiánicos que vuelven a propagarlas y que congregan en torno a ellos a multitudes enfervorizadas que los siguen ciegamente. Resurgen así, por otra parte, antiguos mitos o leyendas como las del Último Emperador, quien, habiendo permanecido durante mucho tiempo adormecido en un lugar remoto y oculto, retorna para instaurar un período de paz y recompensas materiales para todos los justos y oprimidos. No otra es la idea contenida en dos profecías como la Sibila Tiburtina y el Pseudo Metodio, en las que la venida del Último Emperador representa el fin de una etapa de crisis y calamidades9.

Los testimonios históricos referentes al mundo medieval ponen al descubierto la importante consideración que determinados personajes merecieron a los ojos de las multitudes. Muchos de ellos se sintieron o se hicieron pasar por la encarnación de esa figura providencial esperada y así lo proclamaron con verdadero éxito. Frente a lo que esto pueda tener de pragmático oportunismo, es cierto que en bastantes casos existía el convencimiento de que se hallaban en posesión de un carisma singular. Los ejemplos de iluminados, mesías, predicadores ambulantes y guías espirituales no son una excepción en el medievo.

Ya en el siglo VI, Gregorio de Tours se refiere en su Historia Francorum a uno de ellos, al que por sus desorbitadas pretensiones llegó a calificar de Anticristo10. A muchos de estos mesiánicos personajes los ha estudiado Norman Cohn en su citado libro y, aunque cada uno ofrece facetas diferentes en su mensaje y en el modo de llevarlo a término, puede decirse que hay un vínculo que los une: su deseo de convertirse en redentores del género humano, a veces en su vertiente espiritual, pero, sobre todo, en los aspectos puramente existenciales.

Esto es lo que se aprecia en Eudo de Stella, curioso mesías del siglo XII convencido de su naturaleza divina. El milenarismo que representó –si así puede llamarse- estuvo teñido de violencia contra el clero, de robos y actos de pillaje que garantizaran a él y a sus seguidores una vida placentera y exenta de trabajo. Algo similar sucedió con Tanchelmo, también en este mismo siglo, que supo cohesionar bajo un mismo haz la dimensión religiosa y social de su predicación. Su ataque a la Iglesia y sus invitaciones a los campesinos para que se negaran a pagar los diezmos no pasarían de ser meras manifestaciones de protesta si no fuera por la fuerte impregnación sobrenatural con la que rodeó su persona y los actos con los que acompañó su labor proselitista.

OTROS ILUMINADOS

Otros muchos iluminados medievales consiguieron atraerse la voluntad de grandes masas de seguidores, aprovechándose de ese curioso efecto psicológico que produce la fusión de una fácil credulidad con el imperioso deseo de buscar una salida urgente que altere profundamente el curso de una mediocre existencia, inmersa además en un clima social desfavorable. Las esperanzas puestas en estas alternativas religiosas fueron muy bien aprovechadas por esos mesías de turno, que supieron colmar esas ilusiones con fantasías milenaristas de nuevo cuño. El ejemplo ofrecido en el siglo XIV por un flagelante como Konrad Schmid representa otra muestra más de autodeificación, a la que hay que unir las promesas de un milenio de abundancia, capaces, por sí solas, de arrastrar a las gentes hasta extremos inconcebibles.

La espera milenarista, que en los casos expuestos ofrece -por vía de la predicación y el seguimiento de las masas- una vertiente directa y práctica del milenarismo, ha de ponerse en relación con las fuentes escritas que propiciaron esos movimientos, puesto que muchos de sus dirigentes –como el citado Schmid- se nutrieron de profecías y otros escritos apocalípticos que fueron difundidos con amplitud a lo largo de toda la Edad Media. Así, por ejemplo, la idea del Último Emperador del mundo, tan extendida por un texto profético como el Pseudo Metodio11, se halla presente en las pretensiones de muchos falsos impostores que, aunque parezca increíble, llegaron a suplantar la personalidad de auténticos monarcas, una vez que éstos habían fallecido.

Los ejemplos más sonados los suministran un ermitaño que se hizo pasar por el emperador Federico II, reconquistador del umbilicus mundi (el ombligo del mundo), es decir, la ciudad de Jerusalén, y, sobre todo, Bertrand de Ray, que fue capaz de sostenerse durante bastantes meses como el resucitado Balduino IX, conde de Flandes y emperador de Constantinopla. Estos falsarios, recibidos en olor de multitud por una masa predispuesta a ilusionarse con el cumplimiento de sus esperanzas milenaristas, demuestran una vez más hasta qué punto, bajo una misma identidad, habían llegado a equipararse los problemas de una vida miserable -al fin y al cabo agudas dificultades de carácter social- con la búsqueda de un inminente cambio que habría de producirse por medio de una intervención sobrenatural12.               

                       

La dificultad de establecer una nítida línea de separación entre los aspectos materiales y espirituales de estos movimientos es uno de los problemas básicos que se presenta a los estudiosos de estas manifestaciones colectivas de la Edad Media. Hay casos, como sucede con algunos de los seguidores de Joaquín de Fiore, que, sobre una espera milenarista caracterizada por su acentuada espiritualidad, sobrepusieron otros  componentes de polémica eclesiástica, que llevó a muchos de ellos a sufrir persecución y muerte en la hoguera. En otra vertiente, hubo grupos que, sobre una base social y/o religiosa, hicieron prender la chispa milenarista. Entre estas dos formas esenciales de concebir la llegada del milenio –entiéndase ahora este término en un sentido no literal- destacan los siguientes grupos o movimientos: los joaquinistas (espirituales o fraticellos), los pauperes y pastoureaux en las Cruzadas, el Libre Espíritu y los husitas de Bohemia.

El abad calabrés Joaquín de Fiore13 fue el punto de partida de una idea que retomaron poco después de su muerte los franciscanos. Éstos vieron en el nacimiento de su congregación el cumplimiento de las profecías que aquél había cifrado en la aparición de una nueva orden de varones espirituales que habría de preceder la llegada de la Tercera Edad, la del Espíritu. Este período milenario, situado entre la intervención de dos anticristos, sería un tiempo de plenitud espiritual en el que un nuevo Evangelio, no escrito sino desvelado por la intelligentia spiritualis, caracterizaría esta última fase gozosa de la historia humana. A esta concepción se fueron añadiendo más tarde otros elementos que modificaron el mensaje original de Joaquín de Fiore.

LA TERCERA EDAD

El inicio de esta tendencia se encuentra ya en Gerardo de Borgo San Donnino, quien en el año 1254 publicaría el Liber introductorius in Evangelium aeternum, edición de las tres obras más importantes de Joaquín a las que añadió una explicación prologal. Parece que la fijación del año 1260 como el principio de la Tercera Edad se debe sobre todo a este fraile franciscano, que, partidario además de la pobreza absoluta, realizaría así la simbiosis entre esta severa observancia y las doctrinas joaquinistas.

A partir de aquí, y aunque en el citado año no se hubieran cumplido las profecías, muchos miembros de la orden franciscana14 constituyeron un importante movimiento dentro de ella en el que, bajo diversas formas y tendencias, continuaron sosteniendo las doctrinas de Joaquín de Fiore. La necesidad de la pobreza y la renovación de la Iglesia se convirtieron en las aspiraciones sustanciales de estos fraticellos, que a lo largo sobre todo de los siglos XIII y XIV lucharon de modo incansable por mantenerse como una rama rigorista dentro de la orden. El papa Juan XXII, que los combatió sin descanso, condenó en la bula Cum inter nonnullos sus pretensiones de que Cristo y los apóstoles no habían poseído bienes materiales.

En definitiva, la espera milenarista de estos frailes se concretó en su ideal de reforma, inminente y radical, consecuencia del influjo de esa edad del Espíritu joaquinista, como sostuvieron, entre otros, Pedro Juan Olivi, uno de sus más notables representantes. Los hubo incluso más radicales, aunque fuera de la orden, como sucede con Cola de Rienzo, fundador de una República en Roma entre 1347 y 1354, y que, contaminado por las ideas de los espirituales, esperó la llegada de un Santo Pontífice y de un Último Emperador. Milenarista también, en un sentido subversivo, fue fray Dolcino, que unos cuarenta años antes pretendió, dominado por una interpretación personal de las edades de Joaquín de Fiore y por su ánimo reformista, abolir la propiedad privada y exterminar a los ricos para instaurar con sus seguidores una nueva edad de oro.     

  

Ya durante la primera cruzada, el milenarismo se abrió paso también de una manera sorprendente entre las huestes populares de Pedro el Ermitaño. La ciudad de Jerusalén –esa “Jerusalén celeste” profetizada en el capítulo 21 del Apocalipsis de Juan- se apareció ante sus ojos como la culminación de todas sus esperanzas. La miseria les había hecho ponerse bajo las órdenes de ese carismático Pedro y lanzarse por los caminos, entre penas y dolores, sobresaltos y muertes, a la búsqueda de otra vida mejor que colmase sus desmedidas ansias milenaristas. El movimiento de gentes fue de proporciones colosales, su fe y devoción hacia su mesías enormes, hasta el punto de considerarlo un santo viviente, pero su empresa y esa nueva forma de concebir la instauración del milenio en Tierra Santa no llegaron jamás a verse realizadas15.

De modo similar, más de trescientos años después, los pastoreaux o cruzada de los pastores, bajo el mando de otro iluminado, se dispusieron a cumplir sus sueños milenaristas, en realidad burdos deseos de un cambio radical en sus condiciones materiales de vida, ideal perfectamente legítimo, pero que ellos trataron de llevar a cabo mediante el pillaje, la violación de los derechos y el asesinato.

De enorme puede calificarse la repercusión que en la Edad Media tuvo la denominada herejía del Libre Espíritu16. Surgió a principios del siglo XIII bajo las ideas panteístas y neoplatónicas de Amaury de Bène, maestro de teología en el Estudio General de París, y alcanzó una importante extensión cronológica y expansión geográfica a lo largo de la mayor parte de los territorios europeos. Presenta, a su vez, una gran complejidad y diversidad de doctrinas y tendencias, entre las que hallan buena acogida los planteamientos milenaristas. Sus adeptos, que retomaron parte de la herencia joaquinista, concibieron también la existencia de una Tercera Edad espiritual, ya inminente, en la que ellos mismos se encarnarían en el Espíritu. Este proceso de autodeificación, con sus correspondientes consecuencias morales y éticas –ya que se consideraban libres de cualquier tipo de culpa o pecado-, es en realidad la culminación de sus propias creencias panteístas. Antes de alcanzar este estado y de la intervención de un Último Emperador –personificado en el mismo rey de Francia- sobrevendría un breve período de sufrimiento general, de duración similar al que en el siglo XIV profetizaría el franciscano Juan de Roquetaillade en su Vade mecum in tribulatione17

LIBRE ESPÍRITU

Hubo determinados movimientos o grupos del Libre Espíritu que entroncaron con una clase de milenarismo primigenio que anhelaba el retorno a una edad de pureza e igualdad perdidas y que suponía una recuperación, en cierta medida, del Edén o Paraíso de los primeros tiempos de la historia de la humanidad. Esta aspiración a revivir ese primitivo estado de naturaleza aparece, por ejemplo, entre los adamitas, que convirtieron al personaje bíblico de Adán en objeto cultual y que llegaron a practicar en consonancia con estas ideas el desnudismo y la promiscuidad sexual. Así, la Tercera Edad, el milenio deseado, como creían algunos, quedaba de ese modo extendido sobre la tierra.

Otra suerte de milenarismo, en el que predominan los aspectos sociales más que los  religiosos, se encuentra en la sublevación inglesa de 138118. Otras revueltas importantes la precedieron, como la de los campesinos y artesanos de Flandes en 1323-1327 y la Jacquerie en 1358; sin embargo, sólo en aquélla, a través de los sermones de uno de sus dirigentes, se advierte la presencia de un componente milenarista de igualitarismo social. La predicación de John Ball, un clérigo que solía dirigirse a las gentes tras la misa del domingo, recoge no sólo su protesta ante las injusticias de su tiempo, sino un mensaje apocalíptico impregnado de esa renovación inminente que iba a perfilar un nuevo modelo de sociedad basado en las viejas ilusiones del milenio.

Fue durante el primer tercio del siglo XV cuando en Bohemia se desarrolló lo que se conoce como revolución husita, un importante movimiento en el que se conjuntaron una serie de problemas sociales, políticos y religiosos que empezaron a gestarse ya desde mediados del siglo XIV19. El adjetivo con el que se le designa procede del nombre de su teórico más destacado, Juan Hus, un reformador religioso que fue quemado vivo por hereje en la ciudad de Constanza en el año 1415. A raíz de esta ejecución y de la de Jerónimo de Praga, otro destacado reformista, estalló en Bohemia una auténtica oposición a la jerarquía eclesiástica y se fue llevando a la práctica una aplicación real de los principios de esta reforma religiosa. Pronto se precipitarían los acontecimientos y el papa Martín V, aliado con el emperador Segismundo y con el mismo rey de Bohemia Wenceslao IV, promovió una cruzada contra los husitas, que no concluiría propiamente hasta la derrota de Lipany acaecida en el año 1434.

Entre tanto, dentro del husismo, se habían perfilado ya dos corrientes bien diferenciadas: los utraquistas o calixtinos,  moderados en sus pretensiones y constituidos en su gran parte por los miembros de la nobleza, la burguesía y la Universidad, y los taboritas, mucho más radicales e integrados por artesanos y campesinos, además de por una ingente población marginal20. En este último grupo conviven además diversas tendencias, enfrentadas en muchos casos, como sucede, por ejemplo, con respecto al modo de concebir el milenio o a la manera de llevar a la práctica determinados planteamientos ideológicos. 

Los episodios y enfrentamientos que jalonan la historia del husismo podrían ponerse en relación, aunque con diferencias muy significativas, con otros movimientos sociales y religiosos de la Edad Media; sin embargo, en lo que respecta al milenarismo, los husitas –en concreto, los taboritas- fueron protagonistas de un curioso modo de aguardar la llegada del milenio. Confiados en la literalidad de un pasaje del Evangelio de Mateo21, se retiraron a las montañas y a cinco ciudades elegidas, pues, según creían, tras un período de luchas y exterminio de los pecadores (todos los que no pertenecían a su bando), iba a producirse la Segunda Venida sobre un monte que ellos rebautizaron con el nombre de Tabor, lugar en el que supuestamente Cristo había subido al cielo. Uno de sus dirigentes más notables, el predicador Martin Huska, además de negar la transubstanciación eucarística, proclamó su creencia en la instauración de un nuevo reino en la tierra reservado sólo para los elegidos, es decir, para los que como él pertenecían a la facción más radical del movimiento taborita.

  La visión del milenio que sostuvieron los seguidores de esta particular forma del husismo no desmerece de otras especulaciones medievales, si bien, hasta que aquél acaeciera, se organizaron en una serie de comunidades en las que trataron de vivir conforme a los principios del más puro igualitarismo social. Su credo lo recogieron en el año 1420 en una serie de preceptos y creencias que se conocen con el nombre de artículos milenaristas de Tabor. Así queda expresada su fe en el milenio en uno de ellos: “a partir de ahora con el fin de los siglos, Cristo bajará desde los cielos bajo la especie de su cuerpo y nuestros ojos podrán verlo y recibirá aquí abajo su reino y ofrecerá aquí sobre las montañas reales un gran banquete a la Santa Iglesia su esposa; aparecerá en calidad de monarca entre los súbditos y lanzará a la profundidad de las tinieblas a todos aquellos que no lleven puestos sus vestidos de fiesta y a los que no estén en las montañas”22.

Los taboritas, que finalmente sucumbieron al peso de los acontecimientos, deben ser considerados como la última manifestación medieval de un milenarismo de vastas proporciones que, sobre un sustrato religioso de innegable contenido social, volvió a resucitar las viejas esperanzas humanas en un cambio inminente que pusiera término a una situación de desarraigo.        

Notas

1 De civitate Dei, libro XX, cap. VII. Cito por la traducción de esta obra realizada en México, Porrúa, 1985.

2 Uno de los textos más relevantes se encuentra dentro del capítulo 11, en donde, junto a una profecía que augura la llegada de un mesías procedente del tronco de Jesé, se habla de un tiempo futuro caracterizado por la justicia y la armonía entre todos los seres: “No habrá ya más daño ni destrucción en todo mi monte santo, porque estará llena la tierra del conocimiento de Yavé, como llenan las aguas el mar”.

3 “La cabeza de la estatua era de oro puro; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus caderas, de bronce; sus piernas, de hierro, y sus pies, parte de hierro, parte de barro” (2.32-33).

4 “…el Dios de los cielos suscitará un reino que no será destruido jamás y que no pasará a poder de otro pueblo; destruirá y desmenuzará a todos esos reinos, mas él permanecerá por siempre” (2.44).

5 Véase el artículo “Milenarismo, apocalipsis y Anticristo en la Edad Media”, publicado en esta misma revista. El citado capítulo 21  recoge, por otra parte, la imagen de la Jerusalén celeste, tan del gusto, entre otros, de los montanistas del siglo II, convencidos de la instauración sobre la tierra de un reino milenario representado por el descenso de esta ciudad: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo”. 

6Daniel pretende ofrecer en este sentido una consolación ante la desgracia, como se revela con toda claridad al final del capítulo 12 de su libro: “Y tú camina a tu fin y descansarás, y al fin de los días te levantarás para recibir tu heredad”. Por otra parte, al margen de estas coordenadas contemporáneas del siglo II a.C., el libro de Daniel, bajo una interpretación alegórica posterior, se convirtió en texto básico para la tradición del Anticristo.

7 Véase la edición española de su libro, publicada con el título de En pos del Milenio, Madrid, Alianza Editorial, 1985, 3ª ed., págs. 14-15. Para un estudio sintético del milenarismo –desde sus orígenes hasta el siglo XX- puede consultarse el libro de Jean Delumeau, Une histoire du paradis. II: Mille ans de bonheur, París, Fayard, 1995.

8 Este texto ha sido editado por José Guadalajara Medina en Las profecías del Anticristo en la Edad Media, Madrid, Gredos, 1996, quien además realiza un estudio del mismo (véase el fragmento citado en pág. 422).

9 Esta figura, a la que me he referido en el artículo “Milenarismo, apocalipsis…”, publicado en esta misma revista, suele estar representada por un monarca universal venidero, aunque es frecuente encarnarlo en un rey desaparecido que regresará en el futuro (Carlomagno, Balduino IX, Federico II, etc.) o en uno que ya reina en el momento de redactarse la profecía  (Jaime II de Aragón, Fernando el Católico, etc.).

10 Se encuentra la noticia de este mesías en el libro X, cap. XXV de la obra de Gregorio de Tours, que puede consultarse en la Patrología latina, vol. 71, cols. 161-572.

11 Este escrito fue durante la Edad Media una de las obras proféticas más divulgadas que transmitió el conocimiento de esta tradición. Incluye un relato sobre la venida del Anticristo y el anuncio del Juicio Final.

12 Véase el artículo de J. Séguy, “Messianismes et millénarismes. Ou de l´attente comme catégorie de l´agir social”, en Fr. Chazel, Action collective et mouvements sociaux, París, PUF, 1993.

13 Me he referido con brevedad a este visionario del siglo XII en el artículo que precede a éste dentro de esta misma revista. Por otro lado, la bibliografía que ha generado este importante autor es ya extensísima. Me limito aquí a señalar algunas referencias significativas: Marjorie Reeves, The Influence of Prophecy in the Latter Middle Ages. A Study of Joachimism, Oxford, Clarendon Press, 1969; Henri de Lubac, La postérité de l´Esprit selon Joachin de Fiore, Neuchàtel, Delachaux et Niestlé, 1977 y Bernard McGinn, The Calabrian Abbot: Joachim of Fiore in the History of Western Thought, Nueva York, Manmillan, 1985.

14 La causa de la pobreza evangélica fue abrazada incluso por laicos como Arnaldo de Vilanova, simpatizante de los espirituales y lleno además de ideas apocalípticas que le llevaron a estimar muy próxima la venida del Anticristo. Reyes como Fadrique de Sicilia o el infante Felipe de Mallorca y la reina doña Sancha acogieron bajo su protección a estos fraticellos, perseguidos por el papa Juan XXII durante su pontificado (1316-1334). Véase el libro, clásico para estos  estudios, de José M.ª Pou y Martí, Visionarios, beguinos y fraticelos catalanes (siglos XIII-XIV), reeditado por Ana Mary Arcelus Ulibarrena, Madrid, Colegio Cardenal Cisneros, 1991.

15 Véase un relato de esta cruzada popular protagonizada por las huestes de Pedro el Ermitaño en  Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, vol. I, Madrid, Alianza Editorial, 1987, 3ª. reimp., págs. 125-135.

16 Norman Cohn, ob. cit., págs. 147-197, le ha dedicado un estudio sintético en el que define perfectamente sus características. Véase además Robert Lerner, The heresy of the free spirit in the Later Middle Ages, University of California Press, Los Ángeles, 1972. 

17 El libro clásico sobre este visionario del siglo XIV es el de Jeanne Bignami-Odier, Études sur Jean de Roquetaillade, París, Librairie philosophique J. Urin, 1952.

18 Sobre ésta puede consultarse el libro de Rodney Hilton, Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381, Madrid, Siglo XXI, 1985, 4ª. ed. Véase también Michel Mollat Y Philippe Wolff, Uñas azules, Jacques y Ciompi. Las revoluciones populares en Europa en los siglos XIV y XV, Madrid, Siglo XXI, 1979, 2ª. ed.

19 Para el movimiento husita véase J. Macek, ¿Herejía o revolución? El movimiento husita, Madrid, Ciencia Nueva, 1967 y La Revolución husita, Madrid, Siglo XXI, 1976; también H. Kaminsky, A History of the Hussite Revolution, University of California Press, Berkeley-Los Ángeles, 1967.

20 El nombre de utraquistas, conforme a la expresión latina sub utraque specie, se refiere a la comunión eucarística bajo las dos especies del pan y del vino, una práctica que no admitía entonces la Iglesia católica; en cuanto al nombre de calixtinos, se debe al uso del cáliz como símbolo de este movimiento. Taboritas, como se comprobará más abajo, guarda relación con el monte Tabor, lugar en donde habría de producirse la Segunda Venida de Cristo.

21 “…entonces los que estén en Judea huyan a los montes; el que esté en el terrado no baje a tomar nada de su casa y el que esté en el campo no vuelva atrás en busca del manto” (Mt. 24.16-18).

22 Estos artículos los ha publicado J. Macek, ¿Herejía o revolución?…, págs. 128-131. Los reproducen  en apéndice Emilio Mitre y Cristina Grande en Las grandes herejías de la Europa cristiana (380-1520), Madrid, Istmo, 1983, libro muy útil como síntesis de todos estos movimientos.