EL CARNAVAL NO HA MUERTO

Juan Carlos García Santos

2013 carnaval_de_rioA pesar de que el insigne Julio Caro Baroja retomaba la idea de Jean-Richar Bloch y comenzaba su obra sobre el carnaval anunciando que “el Carnaval ha muerto”,  me arriesgo a contradecir su opinión porque esta celebración no ha muerto y, en realidad, se mantiene. Es, además, excusa para transgredir, criticar, ridiculizar o, simplemente, festejar, en muchas ocasiones con el picante que añade cierto ánimo lujurioso. Naturalmente, don Julio no hacía aquella afirmación de forma gratuita, porque, desde su punto de vista, habíamos acabado con aquel rito ancestral, pues las fiestas que lo recuerdan en la actualidad estaban haciéndolo desaparecer al reconvertirlo desde nuestra visión del presente.

Se puede comprobar así como una misma necesidad humana de festejar, desahogarse y transgredir las normas sociales ha permanecido durante la historia de la humanidad tomando en cada momento unas características particulares. De ahí que uno de los puntos de crítica de Julio Caro Baroja a las interpretaciones de la segunda mitad del siglo XX fuera el desligar el carnaval de la cultura cristiana que lo justificaba en el ámbito europeo.

En un análisis somero debemos partir del periodo del año en el que se celebra en Europa: el invierno. Es aquella época en que la naturaleza reposa: de una parte han muerto las hojas en los árboles en el otoño anterior, de otro ya asoman los brotes, listos para llenar de vida el paisaje en la próxima primavera. No es extraño que se relacionen, por tanto, con la idea de la renovación fiestas como las de La Vaquilla, presente en todo el entorno del Sistema Central peninsular y que entronca con el mito clásico de Perséfone y que en el mundo cristiano se asocia en muchas ocasiones con el 2 de febrero, día de la Candelaria, de fuego que quema lo viejo y  permite renacer lo nuevo. Esta idea de la renovación permanece en nuestra cultura y tiene un origen también ancestral. Se trata del paso de la adolescencia a la madurez, de la juventud al estatus como personas de pleno derecho en el grupo social, de la llegada de la aeración que renueva a dicho grupo.  En ese mismo contexto geográfico, sobre todo en Segovia, se da la fiesta de Santa Agueda, el 5 de febrero, que entronca con el sentido renovador del mito clásico también relacionado con la fecundidad.

web_jarramplas-19-slash-01-slash-2014-caceres_3b436_92d4Junto con la idea anterior, aparece la invocación chamánica para alejar los malos espíritus del grupo social, trasformada en personajes sobre los que se descarga la ira de la población del lugar. Así ocurre con los nabos arrojados al Jarrampla, personaje cuyo disfraz presenta una especie de monstruo que recorre las calles tocando un tambor en Piornal (Cáceres). Si podemos identificar distintas representaciones como la del Jarrampla, también es relativamente común la presencia de la combinación de un disfraz con la presencia del sonido agudo de las campanillas, los cencerros o esquilas como medio para ahuyentar el mal  en festejos como el del ritual del Jurru del Antruejo de Alija del Infantado en León. Por otra parte, la denominación Antruejo es antigua en diferentes lenguas peninsulares, el antruejo, entroydo o entroido y antroido quizás proceda del latín introitus y es anterior a la italianizante de Carnaval.

Si este sentido renovador y de preservar al grupo social está presente desde antiguo, es común retomar el sentido trasgresor que se ha relacionado tradicionalmente con las fiestas de la Grecia y Roma clásicas dedicadas a los dioses Baco, Bacanales; Saturno, Saturnales; y Luperco, Lupercales. En estas celebraciones estaban presentes la burla, el desenfreno y el desorden que permanecen aún hoy en nuestra visión del carnaval y de la forma de celebrarlo. No es extraño, pues, que, cuando Europa occidental se ha convertido en un mundo regido por el cristianismo, se mantengan estos referentes, como ilustra, por ejemplo, Pieter Brueghel el Viejo en su obra El combate entre don Carnaval y doña cuaresma.

Con el advenimiento del cristianismo se incluye un significado más en la celebración que estaba presente en la denominación castellana Carnestollendas antes de que en el Edad Moderna se asumiera la de Carnaval. Dicho término parece indicar el periodo en que la carne ha de dejarse, esto es, se trata del momento previo a la Cuaresma donde se da el ayuno y la abstinencia del consumo de carne según el calendario cristiano. Por ello para Caro Baroja era esta cultura judeo-cristiana la que fundamentaba la existencia del carnaval, opuesto a la Cuaresma y, ciertamente, así se podía interpretar si se analizaba la sociedad europea desde la Edad Media a la Contemporánea.

la-endiablada-de-almonacid-del-marquesadoSin embargo, se debe tener en cuenta que hay todo un sincretismo de ideas presentes en estos festejos que el mundo cristiano ha fijado en el momento previo a la Cuaresma. Ellas representan el sentido protector y renovador, el transgresor y el de afirmación religiosa del cristianismo. Para esto último se  parte de un desorden opuesto al orden y la seguridad que durante siglos representó la fe cristiana en la Europa medieval. En Almonacid del Marquesado (Cuenca) encontramos como Los Diablos cargados de cencerros a la espalda recorren las calles e incluso llegan a penetrar en la iglesia con su celebración manifestando un ejemplo de este sincretismo que concluye con el miércoles de Ceniza y la llegada del orden en la Cuaresma.

De hecho nuestra visión actual no tiene sentido sin ese miércoles que supone el fin de todo el desenfreno pasado. El día anterior, martes de Carnaval, es paradigmático en nuestra forma de entender la fiesta. En ese martes vemos en la actualidad reflejados distintos ritos que nuestra perspectiva, ya propia de una sociedad laica, ha reunido y mantenido siguiendo el sentido que siempre presidió cualquier celebración, la de divertirnos. No es extraño que desde el siglo XVIII nos riamos de la muerte simulando el entierro del carnaval al crear un séquito fúnebre con una sardina, que la sátira del mundo clásico marque el rito en carnavales como el de Cádiz o en las Islas Canarias y que allí, con un clima cálido, y por extensión en muchos lugares de España y del mundo, se presente el baile propio del Carnaval de Río de Janeiro (Brasil), la samba (Figura 4). Danza de origen africano que es típica de una nueva expresión de sincretismo cultural para el carnaval brasileño donde se unen tradiciones y creencias cristianas europeas y celebraciones y creencias africanas.

No podemos decir que el Carnaval ha  muerto, está vivo y muy vivo, lo único que le ha ocurrido es que hemos hecho lo que en toda su historia, variar la forma de celebrarlo según cambia nuestra visión del mundo y los referentes de nuestra sociedad. Ya  no tiene el sentido ritual de pasaje a la edad adulta de las sociedades de otro tiempo (sentido que con la implantación del servicio militar en el siglo XIX dio lugar al cambio de denominación de muchas de estas fiestas nombrándolas como “Los Quintos”). Tampoco se trata de reforzar el consumo de carne ante la abstinencia o el del orden que nace con la Cuaresma, ahora se mantiene el sentido transgresor y satírico, la parte más divertida y jocosa, y por qué no, la lujuriosa.