EL MITO DE ELDORADO

Julián Moral

el-doradoEl DORADO o ELDORADO fue la palabra utilizada por los descubridores españoles del continente americano para nombrar ese lugar a la vez posible o inventado que estaba, como un territorio ignoto pero cierto, en boca de los indios y en la mente codiciosa de los conquistadores como un sueño y deseo realizable de riquezas en el que el oro resplandecería por todas partes. Su significado original, con el paso del tiempo, pasaría a adquirir -en buena parte del mundo- un sentido imaginario de país, lugar o territorio de ensueño deseado y utópico -y no sólo por sus riquezas-, reducto de las más arcanas aspiraciones del ser humano.

Para comprender el mito o la quimera del oro y la leyenda de Eldorado conviene situarse en unos territorios inexplorados, inmensos y en una orografía y geografía desconocida y compleja. Soportando unas veces el mal de altura, otras las penalidades de una selva húmeda, intrincada y, a veces inaccesible, o bien los parajes desérticos o los ríos interminables y laberínticos, los españoles habían encontrado muestras de los deseados tesoros de joyas y de oraciones en templos y palacios durante las primeras campañas de exploración y conquista.

El rescate del inca Atahualpa fue una impresionante entrega del preciado metal a los españoles. Los grandes tesoros acumulados en Caxamarca y el Cuzco por el rescate, pusieron en evidencia la codicia de los conquistadores, las enormes posibilidades de riquezas que, previsiblemente, se escondían en unas tierras, cercanas o lejanas, susceptibles de exploración y conquista. Las noticias, los rumores, los engaños y falsas pistas de los nativos para alejar a los conquistadores de sus territorios se combinaban en la mente de éstos con los mitos y leyendas de la Antigüedad clásica que habían florecido en el renacimiento literario y, así, en una mezcla de fantasía y realidad, surgían el País de la Canela, el territorio de las Amazonas, el Dorado, las minas de Potosí, la Fuente Invenia…

eldoradoEs sobre 1535-36 cuando se habla de Eldorado por primera vez. Según el cronista Juan de Castellanos, es probable que Luis Daza, soldado de Sebastián de Benálcazar, tuviera noticia -a través de un indio muisca hecho prisionero en la sierra ecuatoriana- de un lugar y un soberano que se sumergía, cubierto su cuerpo de polvo de oro, en una laguna. El indio formaría parte de una delegación enviada al inca Atahualpa por algún reyezuelo muisca de la meseta de Bogotá. Juan de Castellanos nos da noticia de ésta “habladilla” del indio muisca: “Cierto rey que, sin vestido, en balsas iba por una piscina a hacer ablución según él (el indio) vido, ungido todo bien de trementina y encima cantidad de oro molido”.

Parece ser que este mito formaría parte de un ritual de toma de posesión de algunos caciques o reyezuelos en el que la piscina para la ablución sería la laguna Guatavita. La ceremonia tendría por objeto rendir adoración a la divinidad, que tenía en ella un dominio sagrado. Otra versión, sin apenas variaciones apreciables, se atribuye a uno de los nobles del séquito de Atahualpa cuando éste fue capturado en Caxamarca por Francisco Pizarro.

A partir de esta fantasía o realidad, se agiganta la leyenda de Eldorado, y el sueño y el mito se sitúan en cualquier lugar inexplorado, al otro lado de una zona boscosa montañosa, arraigado y extendido como una lujuriosa enredadera en la mente de los conquistadores, aunque, en general, otras versiones comenzaran a ser bastante coincidentes en señalar que Eldorado había sido fundado por incas peruanos que, bajando de las montañas, se habían adentrado en la selva hacia el este. También se especulaba que la emigración hacia este punto era una huida para poner a salvo los tesoros incas de la codicia de los conquistadores.

Las expediciones para encontrar el mítico reino y la mítica laguna se suceden en varias direcciones tras estas primeras y confusas noticias. Sebastián de Benálcazar, fundador de Quito, emprende la búsqueda hacia el norte, llegando al territorio chibcha en la actual Colombia, pero este territorio ya estaba explorado y tomado por Gonzalo Jiménez de Quesada. En 1538, el alemán Nicolás Federman, también en busca de Eldorado, llega con su expedición a dicho territorio y entra en conflicto con Quesada y Benálcazar, conflicto que acuerdan resolver viajando a España para ponerlo en manos de la Corona.

La búsqueda del DoradoEn 1549 Gonzalo Pizarro, al que se unió Francisco de Orellana, organiza una numerosa expedición hacia la selva amazónica, en busca del País de la Canela. Pero su descubrimiento les defraudó por las nulas posibilidades de comercialización. Los expedicionarios deciden buscar una nueva meta que conquistar con el pensamiento puesto en Eldorado. Después de un periplo de penalidades sin cuento y con los hombres diezmados, la expedición regresa a Quito sin encontrar el paraíso del oro, aunque si el infierno de una naturaleza inhóspita y salvaje.

Francisco de Orellana, que se había separado de la expedición para tratar de conseguir avituallamientos, navegó el río Napo y el Marañón-Amazonas hasta arribar al Océano Atlántico, pero sin encontrar tampoco el ansiado Eldorado y sí una contumaz resistencia de los indígenas, incluidas las mujeres, como señala Gaspar de Carvajal.

Pero las referencias a Eldorado seguían siendo intensas por las latitudes Andinas y las tierras más bajas. Unas noticias de indios guaranís impulsan otra expedición que el virrey peruano, Andrés Hurtado de Mendoza, encomienda en 1558 a Pedro de Ursúa. Una vez preparada la expedición, en 1560 partían las gentes de Ursúa (300 hombres de armas y numerosos indios) a la que sería una dramática y agónica lucha contra una naturaleza hostil que se complicaría con luchas intestinas en las que Lope de Aguirre terminaría vencedor, llegando a declarar su independencia de la propia Corona. Su expedición concluyó trágicamente en Venezuela, mientras que Eldorado se seguía resistiendo.

Sobre 1556 Hernán Pérez de Quesada se interna por la zona del altiplano mesetario de la Bogotá colombina tras la mítica quimera, perdiendo a buena parte de sus hombres en el intento. Su hermano, doce años más tarde, lo intenta de nuevo y, tras un largo periplo de unos tres años de búsqueda y sufrimientos, desiste sin resultados. Más tarde, portador de una encomienda, lo intentará su sucesor y pariente Antonio de la Hoz.

Pero además de las expediciones de los descubridores y aventureros españoles, también se organizaron otras en las que el protagonismo perteneció a hombres de otras naciones. Unas con el consentimiento de la Corona española, como el caso de la concedida a la casa comercial alemana Walser, prestamista de aquella y, otras, con ánimo de pirateo, como la del aventurero inglés Walter Raleigh, que remontó el Orinoco en 1595 en busca de Eldorado, pero el oro que encontró fue producto del saqueo de las colonias españolas del litoral atlántico. Walter Raleigh dejó recogido en un libro algunas referencias al mito: sobre su situación al este de los Andes, sobre la descendencia de su rey Muisca del inca Huayna Capac y la descendencia de los habitantes del territorio de los indios Orejones que habían venido del oeste y en sus rituales se espolvoreaban el cuerpo con oro y en la guerra usaban corazas de este metal. Pero nada que confirmara la realidad del mito.

Pero, ¿qué motivos había en la base de la organización económica de finales del siglo XV y del siglo XVI para que fuera la codicia del oro el motor impulsor de la conquista y colonización americana, por encima de cualquier otra consideración de orden religioso, civilizador, expansionista o imperialista?

Señalan los especialistas en historia ecocity-of-gold-karen-koskinómica que en la Europa del final del medievo y de la progresiva implantación de los estados absolutistas centralizados, el aumento de la producción, el intercambio comercial creciente, el progresivo abandono del trueque medieval, etc., impulsaron la demanda de metales preciosos para el pago en metálico y adornos suntuarios de las élites tardo-medievales y clases burguesas emergentes. La escasez en el mundo occidental de metales preciosos y la búsqueda de ellos en lugares inexplorados se convirtió en una necesidad y un sueño que no podía dejar de infiltrarse en la sangre de los descubridores y ventureros y, sobre todo, en las estructuras de poder político de los países occidentales abiertos a las ideas y modos renacentistas. El oro y las riquezas del mítico Dorado pasaron a formar parte del incipiente capitalismo, donde la riqueza, más que el linaje, abría las puertas más sólidamente cerradas y se contemplaba ya como un fin en sí misma.

Pero como señalaba anteriormente, el mito de Eldorado conectaba con los viejos mitos renovados de la literatura del Renacimiento, de la que algunos conquistadores eran fervientes lectores, aunque estas influencias librescas se alejaban ya un tanto de los viejos sueños míticos originales. El deseo de riqueza y el prestigio derivado de ella, el afán de influencia que da la situación acomodada, la posibilidad de movilidad social, junto con el espíritu de aventura, fueron el motor de las quiméricas expediciones en las que se embarcaron unos hombres, segundones de grandes linajes, hidalgos pobres aventureros, sin un claro deslinde en su imaginario entre lo real y lo maravilloso, que no tenían nada que perder y sí mucho que ganar: fortuna, fama y nombre imperecedero.