LAS CASCADAS DEL ASÓN Y OTRAS JOYAS DEL NORTE

Luis Moratilla

Amaneció nuestro segundo día en Asón, afortunadamente tan soleado como el anterior. Continuando una tradición que dura ya unos cuantos años, José Guadalajara y yo madrugamos para explorar corriendo parte de los alrededores. Llevamos a Arredondo nuestros coches con un doble objetivo: iniciar allí nuestro trote y tenerlos a mano cuando en este pueblo terminara, al caer la tarde, la ruta prevista. Los chicos, mientras tanto, prefirieron marcharse con Juan Angulo a buscar alguna seta nacida en las cercanías.

Allí conocimos al que sería nuestro fiel compañero durante todo el día: Lassie. Empezó a caminar con nosotros cuando atravesábamos Arredondo, nos siguió cuando dejábamos atrás las últimas casas del pueblo, corría a nuestro lado mientras íbamos por la carretera que nos devolvía a Asón, y se tumbó con auténtico placer junto a la puerta cuando entramos en nuestra casa para ducharnos y desayunar.

Tras asearnos y prepararnos convenientemente, y una vez que Juan y los chicos volvieron sin una sola seta,  iniciamos la ruta que debía llevarnos a la cascada del Asón. Desgraciadamente, Lassie había desaparecido, por lo que supusimos que había decidido regresar a sus dominios en Arredondo.

Quiero recomendaros a los que os acerquéis por estos parajes este recorrido (en las guías aparece con inicio en Arredondo como PR- S14 con una extensión total de 10 km.). Desde las casucas hasta la cascada apenas tenemos 3 ó 4 km. y unas dos horas de una marcha bastante cómoda, ya que la única cuesta importante es la que se inicia tras cruzar el río por un pequeño puente y que permite contemplarlo desde cierta altura ampliando las vistas de todo su entorno.

La ruta primero atraviesa distintas praderas de un verde intenso, en cada una de las cuales encontramos la típica cabaña pasiega con el establo en su planta baja para el ganado y la entrada a la vivienda separada del suelo por cinco o seis tramos de escalera. En el exterior es frecuente encontrar abrevaderos ocasionales en forma de bañeras ya medio oxidadas

Tras las praderas el camino se estrechaba convirtiéndose en un sendero que se adentraba en un pequeño bosque formado por castaños, robles, hayas, y algún otro árbol que mis escasos conocimientos botánicos no me permitieron identificar.

Según caminábamos, mis ojos miraban al frente y  a la vez buscaban en el suelo, y es que, igual que para otros es un placer buscar setas por el bosque, yo disfruto recogiendo las castañas que voy encontrando a mi paso para, por supuesto, comerlas mientras avanzo en mi marcha. Junto a los castaños y los robles, las hayas presentaban unas formas muy sugerentes y, aunque la mayoría eran bastante jóvenes, encontramos algunos ejemplares con un porte admirable. Sus formas abiertas, en busca de la mayor cantidad posible de luz, me fascinan, así como el bello colorido rojizo de sus hojas. Vuelvo a recomendaros a los que os guste la belleza de las hayas en otoño el también cántabro hayedo del Saja, del que los lugareños afirman que es el mayor de España. Se sitúa al norte del pueblo de Cabezón de la Sal, junto a la carretera que se dirige hacia Reinosa.

La altura ganada al río había desaparecido y ahora nos encontrábamos a su nivel, lo que nos permitió acercarnos a su orilla para refrescarnos con sus limpias aguas y hacer pequeños descansos y muchas fotos junto a sus regatos. Hay un momento en que el camino parece dividirse: siempre debéis optar por el que va dejando el río a la izquierda.

El sonido de la cascada cada vez se escuchaba más próximo y el camino se empinaba ligeramente a la vez que zigzagueaba entre los árboles. Finalmente, llegamos a la base de la cascada. Resultó impresionante el fragor de las aguas al chocar contra el suelo tras una caída de casi 70 metros. No existen fotos que puedan hacernos imaginar esta sensación o, al menos, yo fui incapaz de realizarlas, por lo que ninguna acompaña este reportaje. Y aunque ya habíamos visto la cascada el día anterior desde la carretera camino del Portillo de la Sía, os aseguro que no es comparable con la sensación de estar a escasos metros del lecho contra el que el agua se estrellaba.

Pero había que volver, aunque nuestros sentidos querían seguir disfrutando de aquellos mágicos momentos, más mágicos aún porque allí volvimos a encontrarnos con Lassie, que había decidido llegar antes que nosotros a la cascada acompañando a otros excursionistas más madrugadores.

Habíamos reservado la comida en el ya antes citado restaurante La Coventosa, así que, con paso más rápido que en la ida, hacia allí nos dirigimos, siempre acompañados por Lassie, que ya no quiso volver a abandonarnos. Tras llegar a las casucas, el camino – y por lo tanto la ruta PR- S14-, proseguía hasta alcanzar la carretera junto a la que, unos metros más adelante, se encontraba el restaurante. La comida nos repuso del cansancio acumulado en la mañana. La relación calidad/precio era muy aceptable, con un solo pero, y es que nuestro amigo José se empeñó en comer jamón ibérico y, aunque no podemos negar que el cerdo del que se cortó el jamón había nacido en Iberia, su sabor distaba mucho del jamón que todos entendemos como ibérico, por lo que los 12 euros que nos cobraron nos parecieron muy exagerados, sobre todo en un sitio como aquel en el que cualquiera de los otros platos que consumimos tenía un precio bastante más reducido.

Para terminar, sólo nos quedaba regresar a Arredondo. La ruta continuaba en parte junto a la carretera, poco peligrosa por su escaso tráfico, y en parte junto al río, bordeando pequeñas huertas para, ya en las cercanías de Arredondo, abandonar la carretera camino del barrio de Socueva. Como el camino era empinado y los chuletones todavía se notaban en nuestros estómagos, decidimos continuar por la carretera hasta el pueblo y acercarnos luego con los coches a Socueva.

Allí también nos abandonó nuestro amigo Lassie, y es que cuando José  le introdujo en su coche para que siguiera con nosotros, con la oculta intención de que también le acompañara en su regreso a Madrid, nuestro querido perro nos demostró que su reino estaba entre aquellos prados y con un perfecto salto por el hueco que le dejaba la ventana abierta del vehículo nos dijo adiós perdiéndose entre las callejas de Arredondo.

En Socueva, según recogen las guías de la zona, se encuentra una ermita rupestre y, aunque nuestro objetivo era verla, no pudimos satisfacer nuestra curiosidad, ya que desde la aldea hay cierta distancia y la noche se aproximaba. No os puedo aconsejar del todo su visita, ya que a decir del pastor con el que conseguimos hablar, para algunos la ermita es extraordinaria, mientras para otros aquello no merece la pena.

Para terminar la jornada, y también para sacar dinero en el cajero, pues al día siguiente tocaba pagar, decidimos acercarnos al mayor pueblo de los alrededores, Ramales de la Victoria, donde paseamos por su viejo casco urbano y calentamos el estómago en una de sus cafeterías.

El día siguiente era el del regreso, pero eso no quiere decir que fuera un día monótono o aburrido. Castilla posee lugares muy interesantes y tan solo tenemos que molestarnos en buscarlos.

La primera parada fue nada más cruzar Ramales de la Victoria, y es que a Juan se le ocurrió que podíamos ver la cueva de Covalanas. Desgraciadamente, y tras ascender hasta su entrada, la guía nos indicó que la visita era limitada (60 personas/día) y con reserva previa, así que tuvimos que dejarla para mejor ocasión.

Si os interesa, el teléfono de reserva y página web son: http://www.cantabriarupestre.org/covalanas.htm 942 64 65 04/ 610 91 60 66

Así que carretera adelante en busca del temido puerto de Los Tornos, aunque en esta ocasión no hubo mareos. Lo que sí encontramos en su cima fue una intensa y maravillosa niebla o, mejor dicho, un manto blanco de nubes por debajo de nosotros. No sé qué tipo de paisaje nos perdimos, pero lo que sí puedo asegurar es que resultó impresionante contemplar esa intensa masa algodonosa que se extendía a nuestro alrededor. La niebla se mantuvo mientras descendíamos el puerto, lo que dio mayor encanto a un pequeño valle que apareció a nuestro paso y en el que apenas se distinguía la silueta de unas vacas pastando entre la bruma.

El recorrido que habíamos trazado tenía dos objetivos: visitar la pequeña iglesia románica de San Pedro de Tejada en Puente Arenas y volver a comer en Oña. Pensaba que el interés del paisaje desaparecería cuando dejáramos Cantabria, pero me equivocaba, y es que, tras atravesar Villarcayo, nos acercamos a la Merindad de Valdivieso, en el entorno de la cuenca del Ebro, y a partir de aquí los tonos amarillos, verdes y ocres del otoño no nos abandonaron hasta Oña. Incluso aprovechamos para hacer una breve parada allí donde la carretera se encuentra con el Ebro, y donde se sitúa un pequeño merendero que seguro utilizaremos en cualquier otro viaje.

Cerca de las 13 horas llegamos a Puente Arenas y junto al río creímos encontrar la iglesia buscada. Muy ufanos aparcamos el coche junto a ella. Empezamos a admirar su portada y nos dispusimos a localizar en los alrededores quien nos la enseñara. Con una media sonrisa que seguro quería decir muchas cosas, la persona a quien preguntamos nos indicó que esa iglesia ni era románica ni era la que buscábamos, indicándonos que San Pedro se encontraba en un alto a las afueras del pueblo y que sólo teníamos que seguir correctamente la señalización que había a la entrada.

Tanto la iglesia como el entorno eran fascinantes. Vuelvo a insistir: los colores del otoño me parecen admirables y frente a nosotros se encontraban esos colores rodeando este pequeño templo. Mi memoria retrocedió al pasado, al maravilloso románico palentino que contemplamos hace ya unos cuantos años, y donde las ermitas se sucedían cada pocos kilómetros en medio de un paisaje asombroso. Si os interesa recorrerlo, podéis consultarme en el foro, aunque como anticipo os diré que se sitúan en el entorno que une Aguilar de Campoo con Cervera de Pisuerga.

La ermita nos la enseñó una joven guía de una localidad cercana, que nos describió  los canecillos (muestran una gran variedad de animales y personajes, alguno de los cuales, como suele ser bastante habitual, con posturas ciertamente obscenas), nos contó la historia de la ermita (formaba parte de un monasterio construido en el siglo IX, aunque la iglesia lo fue en el XII), de la curiosa escalera exterior que sube hacia la torre y que está construida en un añadido fuera del edificio principal.

La visita terminó hacia las 14 horas. Ya no había tiempo de acercarnos a la cercana iglesia románica de El Almiñé, pues habíamos reservado mesa en el Blanco y Negro de Oña y nuestro estómago ya reclamaba las fantásticas “alpargatas” que ya habíamos probado unos días antes.

A nuestra llegada a Oña, Juan se llevó una última alegría: había una exposición de setas en la plaza, por lo que mientras nosotros fuimos ocupando nuestros asientos en el restaurante, Juan se entretuvo charlando de hongos con los micólogos que exponían sus conquistas.

Aquí termina mi relato; me hubiera gustado deciros que mi última satisfacción fue escuchar por la radio como mi Atleti querido daba buena cuenta del Villarreal, pero después de ir ganando por nada menos que dos a cero, la felicidad se transformó en tristeza y acabamos perdiendo, algo, por desgracia, bastante habitual.