ESCRIBIR CON CORRECCIÓN

José Guadalajara 

gran_hokkakalem123(3)¿Hablamos bien? ¿Cómo escribimos? Sin duda, nada más leerlas, muchos ya habrán dado una respuesta instantánea a estas preguntas.

¿Cuáles son los límites del habla? ¿Cuáles los de la escritura?

¿Puedo decir a un amigo: “Me se ha estropeao el reló”? ¿Puedo escribir en una nota informal que he dejado en la cocina: “Mama, e roto el baso que avia en la enzimera”? O, simplemente, ¿estoy autorizado a escribir: “Se me ha caido el vaso al suelo”?, sin esa tilde sobre la “i” que rompe el diptongo. ¿Qué derecho tengo yo sobre el idioma?

Recuerdo una anécdota que cuenta don Juan Manuel en el siglo XIV en el prólogo general de sus obras, en la que un caballero de Perpignan que pasaba por una calle escuchó a un zapatero que cantaba una canción que él había compuesto. Como aquél, al parecer, le estropeaba la letra, entró de inmediato en la zapatería y le comenzó a tajar todos los zapatos. Cuando el zapatero se quejó ante el rey, el caballero le respondió que había hecho con los zapatos exactamente lo mismo que el zapatero había hecho con su canción.

¿Debería hacer el idioma lo mismo con nosotros cuando le destrozamos su ortografía, su morfología, su sintaxis y su semántica? ¿Debería, pues, con todo su derecho, tajarnos a su vez a nosotros la lengua? En cierto modo, muy astutamente, ya lo hace, cuando, al hablar mal y escribir peor, retrata ipso facto nuestra cultura y personalidad. Es como el chiste que me contó un amigo mío sobre una mujer hermosísima que no hablaba nunca. Recriminada por ello, alguien intentó sacarle alguna palabra: “Pero, chica, di algo”. A lo que ella respondió: “Pa qué, pa cagala”. Sin duda, la hermosura quedó inmediatamente retratada.

¿Qué pensaríais de mí si de pronto enhebro el hilo del discurso y continúo cosiendo sobre el tapiz de las palabras de modo parecido a éste que se sigue?

Y que conste que aora estais abisaos porque si nada ubiera dicho sobre esta forma de escrivir alguien al leer esto se ubiera llevado las manos a la cabesa y sin dudarlo se abria sacao sus consecuencias inmediatas sobre mi persona y formacion cultural.

¿O no?

escritorEnhebrando un nuevo hilo que extraigo de mi costurero idiomático, vuelvo, tras las malas puntadas ejecutadas sobre el tapiz, a formalizar mi estilo, al menos en cuanto a su corrección gramatical se refiere. Y que conste que ahora estáis avisados, porque si nada hubiera dicho sobre esta forma de escribir… ¿Esto es otra cosa, verdad? Aunque, si bien lo miramos, tanto con un hilo como con otro el tapiz hubiera sido tejido, si bien su calidad no habría sido la misma. ¿Es todo cuestión de forma? ¿Da lo mismo cómo hablemos o escribamos si la función esencial de la Lengua es permitir la comunicación? ¿No importa entonces el uso que demos al código si esta función está garantizada?

Tengo una amiga que me manda mensajes como éste al teléfono móvil: “mañn quedms en circl bell arts a las 7”, que descifrado, como todo el mundo sabe, quiere decir lo siguiente: “Mañana quedamos en el Círculo de Bellas Artes a las siete”. Ciertamente, he de decir que me entero sin problemas de lo que, en este caso, quiere decirme, pero confieso ahora aquí en secreto que recibir estas abreviaturas particulares que atentan contra el uso correcto del idioma me produce un cierto desasosiego. Sin embargo, no dejo de comprender que pueda ser aceptable en un medio de transmisión tan limitado como un mensaje escrito telefónico (SMS), siempre y cuando se haga por economía de espacio y no por pereza de escribir más o menos palabras.

Lo que me parece más grave es la reducción léxica y gramatical practicada en los chats, verdaderas carnicerías del idioma, en donde se fomenta a diario un uso lingüístico que lo reduce a despojos. No se trata ya del despiece solo de la Lengua por parte de aquellos que lo desgarran a tiras con cuchillos carniceros, sino de la reiterada mala utilización que, por ignorancia o desidia, se hace en ellos de la ortografía.

Pero no sigo más por este camino que me he permitido tomar a modo de ejemplo, porque hay todavía muchas autopistas, carreteras, senderos, trochas y veredas por las que podría caminar para seguir encontrándome en sus márgenes con innúmeros ejemplos, como hace años hizo –a veces, con excesivo purismo- el profesor Lázaro Carreter en El dardo en la palabra, en el que denunciaba y corregía estas perversiones del idioma practicadas con harta frecuencia en los medios de comunicación de masas.

Tras estas reflexiones, que proseguirán en esta sección de Hablar bien… y escribir mejor en próximas ediciones, vuelvo a preguntarme, como hacía al principio: ¿Qué derecho tengo yo sobre el idioma? O mejor dicho: ¿Debo respetar las normas del idioma para no poner en peligro su estructura?