LAS AVES: SU SIMBOLOGÍA, SU FASCINACIÓN, SU OBSERVACIÓN

Julián Moral

Desde siempre las aves han tenido para el ser humano una especial sugestión y atractivo y un no disimulado deseo de emulación de esa característica tan particular que ellas poseen: la capacidad de volar. Volar como los pájaros, sentir la sensación de la levedad del cuerpo en las alturas, notar la fuerza y la ligereza del impulso propio y contemplar la tierra desde la libertad y diferencia de otra perspectiva están presentes en los deseos más antiguos del ser humano. Existen claros ejemplos de trabajos literarios y científicos que, desde la recreación de viejos mitos a la aplicación de rudimentarias o sofisticadas técnicas, certifican esta permanente obsesión del ser humano por volar de forma individual.

Ovidio en su Metamorfosis da bella forma literaria a una serie de mitos y leyendas de la Antigüedad clásica. Le seguimos aquí en su recreación del mito de Dédalo y su hijo Ícaro y en la metamorfosis de Perdix en el pájaro perdiz; dos ejemplos entre otros muchos que argumentan lo apuntado.

Así como el ave cuando saca a volar desde el alto nido a sus tiernos hijuelos, ni más ni menos, Dédalo movía sus alas e iba siempre mirando a las de su hijo (…). Ya Dédalo e Ícaro habían dejado a su izquierda la isla de Samos, tan célebre por el culto a Juno, la de Delos y Paros, y miraban a su derecha la de Lebinto y Calimne, tan fecunda en miel, cuando el joven Ícaro empezó a alegrarse temerariamente con el vuelo y abandonó a su guía por elevarse más alto, arrebatado del deseo de volar hasta el cielo. En esta disposición, el calor del cercano Sol ablandó la cera que sujetaba las plumas, y derritiéndose y deshaciéndose las alas, ya volaba con los desarmados brazos, careciendo de remos con que sostenerse sobre el aire, y llamando en vano a su padre, cayó en el mar, que se llamó Ícaro en su nombre.

Mientras Dédalo daba sepultura a su desgraciado hijo, le vio desde las ramas de una encina la parlera, única y no vista ave hasta aquel tiempo, y en la que poco antes había sido convertido Perdix o Acalo, sobrino de Dédalo; empezó a sacudir las alas y a manifestar con su canto la alegría de que Dédalo pagase así su delito y la injuria que le había hecho…

Por otro lado, ¿quién no conoce o ha observado en alguna ocasión en algún libro, revista o exposición los famosos dibujos-diseño debidos a la genialidad y conocimientos científicos de Leonardo Da Vinci? Y ya en la actualidad, y con unas técnicas y materiales de alta tecnología y sofisticación, podemos observar sobre los cielos límpidos de nuestros parajes de mayor belleza esa especie de híbridos de Ícaro, cóndor de los Andes y planeador de diseño, que son las alas delta o los parapentes, realizando con solo la fuerza del viento y un entramado de fibra, tela y habilidad humana, espectaculares vuelos que sin duda calman todas las expectativas de libertad, belleza y aventura del que lo realiza.

Otro aspecto de esa fascinación alada para los humanos es la repetida representación de aves en la heráldica, en la simbología de tribus, pueblos y naciones; en la representación religiosa, desde los tótems tribales a las representaciones de las más extendidas e influyentes religiones, antiguas y modernas, así como en toda la simbólica, exuberante y barroca tipología del bestiario alado mítico de la Antigüedad clásica, del Medievo, del Renacimiento y del Barroco. Recordemos en la religión de los egipcios al dios Horus con cabeza de Halcón, a Hermes, mensajero de los dioses con sus zapatos alados, a Palas Atenea, representada por una lechuza, al Espíritu Santo en forma de paloma, a las representaciones aladas en las religiones precolombinas, ya en las manifestaciones aladas del bestiario de la Antigüedad y del Medievo: a Pegaso, las Furias; los hipogrifos, ángeles y demonios y demás híbridos alados de los que es tan rica y extensa la representación pictórica, escultórica y la tradición literaria.

Se podría argumentar, y con razón, que el ser humano también siente una especial atracción por otros muchos animales salvajes que, como a las aves, se les caza, adiestra, observa, estudia, fotografía, enjaula y representa con fines estéticos y religiosos; pero no se puede negar esa especial fascinación por los seres alados: su libertad, belleza, independencia y dificultad de control y domesticación. Especial interés para los amantes de las aves tienen las aves rapaces. Su uso en cetrería, su fuerza, su independencia, su territorialidad, su escaso dimorfismo sexual y, como consecuencia, su fidelidad de pareja, siempre han llamado la atención de forma especial. Seguimos aquí a Pedro López de Ayala que en su obra El libro de la caza de las aves nos deja pasajes tan ilustrativos como éste:

De cada día vieron los hombres cómo, naturalmente, unas aves toman a otras y se ceban y alimentan de ellas, y las tales aves son llamadas de rapiña: así como son águilas, azores, halcones, gavilanes, esmerejones, alcotanes y otras (…). Tales aves como éstas decidieron aquellos que esta arte hallaron (la cetrería), a tomarlas, amansarlas y hacerlas conocidas al hombre y toman con ellas otras aves bravas.

Desde el último tercio de siglo XVII la aceleración en el proceso de conocimiento racional, que ya se inicia en el Renacimiento y el Barroco, se impulsa con la llegada del siglo de la Ilustración y la Razón y todas las ciencias en general tienen un importante florecimiento a partir de las más genuinas aportaciones individuales, pasando por el apoyo de fundaciones e instituciones impulsadas o directamente gestionadas desde los poderes públicos del despotismo ilustrado. La zoología es una de las ciencias que más progresa, y por consiguiente, la observación, estudio y clasificación de las aves. Pero en esta observación siempre había un impulso científico, una actitud racional y estudiosa, reservada prácticamente a la comunidad científica. Algo muy distinto a lo que ocurre en la actualidad cuando hablamos de observación de aves. No cabe duda de que ése es un fenómeno nuevo que atrae ahora mismo a un número considerable de personas, de las que la mayoría están fuera de cualquier actividad ornitológica y lejos de lo que podríamos definir el núcleo duro del ecologismo o del conservadurismo.

Seguramente éste será un episodio más de la masificación que decía Ortega, que al hilo de precedentes pedagogías televisivas (recordemos a Rodríguez de La Fuente), del auge del ecologismo y sus luchas, del aumento de la información, la pasión por viajar, del tiempo libre, el nivel de vida y de una nueva sensibilidad hacia la naturaleza y la belleza en estado salvaje, junto con una extensa red de espacios protegidos, se ha convertido, si no en un fenómeno social, sí en una actitud que agrupa y aglutina a sus seguidores en una suerte de tribu (los pajareros) como otras (por ejemplo, los moteros, los raperos, etc.) que se dan en el momento presente; y que se podría afirmar que esta actitud, por encima de cualquier interés científico, tiene una componente eminentemente lúdico-estética. Y lo digo desde mi propia experiencia año tras año (y ya hace unos pocos) en el Parque Nacional de Monfragüe (imagino que pasa igual en Doñana, Cazorla, Las Tablas…), no sólo en días punta (puentes, Semana Santa) sino en cualquier época del año. Quizá Monfragüe tenga un interés especial por las rapaces, la relativamente fácil localización de los nidos, el gran número de especies de aves: de 280 especies de vertebrados, 180 se corresponden con las aves.

Por otro lado, me atrevería a señalar que, con independencia de indudables paralelismos con la caza y la pesca: paciencia para la localización de un posadero o un nido para observar un vuelo, un cortejo, un apareamiento, consecución de una presa…, éstos, que hemos venido en llamar “pajareros”, reúnen una serie de características.

Generalmente son occidentales: anglosajones, belgas, franceses, alemanes, nórdicos, españoles y, dentro de estos últimos, especialmente los catalanes. Son personas de diferentes sexos y edades, con cierto estatus económico (hay grados, naturalmente) con conciencia ecológica y buen nivel cultural y de inquietud social. Estas características y actitudes que señalo no son para nada producto de un análisis científico, simplemente son resultado de la observación (de las aves y de las personas que observan a éstas), de la tertulia y el intercambio de avistamientos, fotografías, sensaciones, emociones y reflexiones que esta tribu pajarera se prodiga cuando está a la expectativa en un mirador esperando, por ejemplo, la aparición del búho real o el águila imperial.

Porque los hay que anotan todos los pájaros que avistan; los que observan todos pero buscan uno o unos en especial; los que observan y fotografían; los que observan y dibujan; los que buscan un pájaro que no se da normalmente en ese lugar de observación; los que buscan la belleza de un vuelo, un cortejo o un apareamiento; los que se preguntan si el vuelo tiene una función práctica (buscar alimento, pareja, hábitat, entrenamiento) o simplemente el placer de volar; los que observan y disfrutan transmitiendo la emoción; pero todos, repito, intercambian su experiencia y se precipitan a sus telescopios, prismáticos o cámaras fotográficas si surge la chispa de la emoción alada. Porque muchos repiten año tras año, se reconocen, se buscan, se saludan, se cuentan, reflexionan y filosofan sobre la afición, sobre los comportamientos de tal o cual pájaro, sobre la duración fugaz del apareamiento, sobre cambios de hábitat, sobre cambios en la etología de las aves, forzados, provocados o sobrevenidos, sobre la belleza y relevancia de lo escaso y lo fugaz, sobre la bondad de la compañía en la observación, pero sin que sea excesivamente ruidosa

En fin, aprendiendo como humanos ante tanta belleza, libertad y equilibro natural y a dejar de pensarse el ombligo del mundo.