GEOMETRÍA DE LA PALABRA

Gonzalo J. Sánchez Jiménez 

El desarrollo científico y tecnológico, además de ampliar los límites del conocimiento, ensancha el acervo léxico de las lenguas. Los nuevos descubrimientos e inventos necesitan una denominación. Sin embargo, no existe una correspondencia proporcional entre el avance científico y el incremento del caudal de vocablos, esto es, no se creó un nombre para cada innovación. Se tomó el vocabulario común para designar nuevos conceptos, por analogía. Los griegos ya utilizaron este sistema de ampliar la extensión significativa de un término de uso coloquial apoyándose en razones metafóricas, tal es el caso de la palabra “cuerpo” aplicada a formas geométricas que poseen las tres dimensiones de altura, anchura y grosor, como el cuerpo humano. También se inspiraron en imágenes de la naturaleza; así cierta figura geométrica pasó a llamarse óvalo por su parecido con un huevo, de ave. La palabra se puso al servicio de la ciencia y se enriqueció con más valores polisémicos, unas veces; otras, fue necesario crear voces nuevas, tecnicismos.

Hoy, en determinados círculos sociales, hemos dado un giro de ciento ochenta grados. Pasamos de la palabra al servicio de la geometría a la geometría como disciplina auxiliar del lenguaje; de la esfera de la ciencia al plano de lo común. Cuadriculamos las posibilidades comunicativas con directrices simétricas. Así, circunscribimos procesos, fenómenos y conceptos a nivel de…; calculamos nuestros móviles de actuación en base a… (bárbaro barbarismo, además); proyectamos inquietudes e ilusiones dentro de un arco de posibilidades; vivimos casi siempre superpuestos a nuestro segmento económico; pretendemos extender nuestro radio de acción a otros sectores públicos y en distintas coordenadas; y, para estar a la altura de las circunstancias, intentamos establecer una espiral de relaciones con los adyacentes, aunque no sean de nuestra cuerda.

Pero todo tiene límites, la polisemia también. Puede resultar un recurso práctico; pero en breve, pobre e infortunado. Habrá contextos en los que necesitemos una acepción precisa, rigurosa, que no se encuentra en el perímetro polisémico de un eje significativo. Hablo de la propiedad lingüística. Nos trasladamos entonces al vértice opuesto, a la sinonimia, fuente generatriz de riqueza léxica. Este recurso ofrece la posibilidad de seleccionar la palabra adecuada en cada situación, quizás por la práctica inexistencia de sinónimos perfectos, pues cada uno conlleva su matiz distintivo y a veces solo mantiene con los otros del mismo contorno una significación tangencial; no son idénticos los significados de casa, vivienda, hogar, edificio, residencia, domicilio… Ahí está precisamente la ventaja de poder elegir la palabra que mejor encaje en el geoplano de la comunicación sin desorbitarse de la corrección y de la sencillez, que juntas dibujan la belleza elocuente. Este proceso de elección requiere esfuerzo para que nuestra expresión sea fluida, sin aristas, y, paralelamente, exacta y original; es el momento de que nuestra competencia lingüística se ponga a funcionar. En el proceso de actuación, recapacitemos antes de hablar y de escribir, especialmente, para que el vocablo no devenga en venablo. El ingenio agudo se opone diametralmente al intelecto obtuso.

Llegados a este punto de la recta final, puede haber lectores que piensen que el procedimiento no queda mal, que no lo vean excéntrico; se me antoja que incluso a alguien le parecerá casi casi musical, bien por ser un son de moda, bien por la altisonancia de sus divergencias. No nos engañemos; expresarse así, geométricamente, como yo acabo de hacer, no es sino otro modo de hacer el cateto.