EN BUSCA DEL UNICORNIO

José Guadalajara

Nicholas Wilcox y Juan Eslava Galán son la misma persona, si bien ambas no firman los mismos libros. El primero es autor de títulos “tipo bestseller internacional”, tal como se asegura en su propia página personal; el segundo, que no es el pseudónimo, sino el nombre real del escritor nacido en Arjona (Jaén) en 1948, rubrica novelas históricas, novelas de ciencia ficción, cuentos, leyendas y ensayos, entre otros libros.

El motivo de traerlo ahora a esta sección de crítica literaria recién inaugurada se debe a una vieja historia fantástica y legendaria salida de su inventiva, que además obtuvo el Premio Planeta en 1987. Mucho se oye, se dice, se cuenta y se rumorea sobre este Premio, pero en el caso de Eslava Galán el jurado que eligió En busca del unicornio premió una novela histórica que, a pesar de los veinte años transcurridos desde entonces, sigue deleitando con su prosa y entreteniendo con su peripecia. Pero es que además esta novela toca fibras sensibles, ahonda en la perseverancia, en el dolor de la vida, en la lucha por la existencia, en el paso del tiempo y, finalmente, en el desengaño y en el recuerdo.

Sobre un hilo argumental sencillo, perfectamente hilvanado y cosido en los episodios, el autor narra la expedición de Juan de Olid que, al servicio del rey Enrique IV de Castilla, parte hacia África en 1471 con un escuadrón de ballesteros en busca del unicornio. Se espera que el cuerno de este animal fabuloso sirva, conforme a antiquísimas leyendas que hablan de sus virtudes terapéuticas, para acrecentar la virilidad algo menguada del rey castellano.

La referida expedición, tras muchas vicisitudes en tierras africanas, que recorrerá de extremo a extremo, regresará a Castilla después de veinte años. Aquí se encontrará un panorama político y social muy distinto al que dejó. Juan de Olid concluye entonces su periplo con una apelación a la memoria nostálgica.

Y viniéronme todos estos recuerdos y arrecié en el llorar y así estuve de luengo hasta que se hizo de noche y se cerraron las puertas de la iglesia y empezaron a tiritar las estrellas en somo del cielo y ladraron los perros a lo lejos y yo me partí de allí, solo y sin camino.

 

Sorprende en esta novela, narrada en primera persona por su protagonista, la exquisita reconstrucción que hace el autor del estilo de escritura propio del siglo XV. En busca del unicornio recrea esas formas lingüísticas arcaicas con absoluta precisión, tal como podemos encontrarlas hoy en las crónicas de Juan II o Enrique IV, en el El Victorial de Gutierre Díaz de Games, en las Andanzas y viajes por diversas partes del mundo de Pedro Tafur o en la Relación de los hechos del condestable Miguel Lucas de Iranzo, crónica o biografía esta última referida a este condestable jienense del que, en la novela de Eslava Galán, es criado y escudero Juan de Olid.

Este esfuerzo lingüístico del autor por trasladar a su prosa el léxico, la morfología y la sintaxis del siglo XV da verosimilitud a la obra y hace que el lector lea el relato como si de una crónica viajera de época se tratara. La habilidad en el traslado y la asimilación del estilo es admirable. No resulta, sin embargo, complicado adaptarse a esta peculiar forma narrativa, sino todo lo contrario, pues enseguida tal recreación nos empapa y sobrecoge con su riqueza idiomática y sus pinceladas de humor, destiladas por los giros del idioma y las curiosísimas situaciones planteadas. Obsérvese, por ejemplo, esta pintoresca descripción que Juan Eslava hace de los habitantes de Tombuctú:

Y es de notar que todos traen buenos dientes y muy blancos. Esto será del poco uso que dellos hacen, porque no tienen mucho que comer. Y tienen poca barba y las narices anchas en desmesura por lo que son buenos oledores, y los labios gordos más que es menester, con los que dan muy cumplidos besos. Y las mujeres jóvenes tienen más tetas y más enhiestas que las blancas así como caídas para arriba, y los hombres tienen, como queda dicho, su miembro más largo y esto debe ser porque desde que son niños lo llevan más suelto y volandero y no tapado y frazado entre paños como por discreción solemos llevarlo los cristianos y sobre ello más ligeramente hacen uso dél, siendo gente grosera y dada al fornicio y no sujeta al temor de Dios.