VIEJOS MITOS: LA EDAD DE ORO

Julián Moral

Gullalderen

Lucas Cranach. La edad de oro

El mito de la edad de oro o edad dorada debe inscribirse en la utopía de una época de felicidad, respeto y abundancia y su pérdida en la percepción de la progresiva degradación del mundo a causa del mal, el pecado y la desobediencia  que llevan al ser humano a su privación: expulsión del paraíso, fin de la edad de la virtud, fin del estado de naturaleza, etc. Una utopía de la felicidad que se sitúa en un momento y lugares de tiempo y geografía imposibles y que en la antigüedad greco-latina, Renacimiento-Barroco (y aún después) se traduce en una referencia literaria que algunos autores incorporan y que, desde una perspectiva actual, el lector, cuando encuentra la referencia, se pregunta, cuando no por su realidad, al menos por su significado profundo y fundamentos históricos.

Si nos atenemos a las metáforas mitológico-literarias, la edad de oro empezaría inmediatamente después de que Dios, la Naturaleza, el Hado… pusieran en marcha la creación o la organización del caos o la división y distribución de las partes de la Tierra y, a su vez, la creación de los seres vivos. En esa áurea edad, según la mitología greco-latina, los dioses convivían  con los humanos. La rebelión, la desobediencia, el conocimiento (el fuego de Prometeo), el pecado, el castigo (expulsión del Paraíso) inauguran nuevas etapas. De seis nos habla Hesíodo  (s. VIII a.C.) en Los trabajos y los días, caracterizando a la de oro como el tiempo en que los humanos estaban libres de trabajos y aflicciones. Los poetas latinos Virgilio y Tibulo las reducen a dos: la edad de oro gobernada  por Saturno (el Cronos griego) en que los hombres eran buenos y felices, y la edad de hierro gobernada por Júpiter (el Zeus griego) en que la infelicidad y la maldad se enseñorean de la tierra.  Para el poeta beocio Hesíodo  –uno de los primeros que hace referencia a esta arcaica edad mítica –  él ya vive en la edad o raza de hierro de la que tiene una visión sombría: “¡Ojalá no me tocara vivir a mi vez entre los hombres de la quinta raza! ¡O muerto antes o nacido después!” (Los trabajos y los días).

La edad de oro termina para los greco-latinos cuando Zeus-Júpiter precipita en el Tártaro a su padre Cronos-Saturno. Ovidio (43 a. C.) describe en las Metamorfosis esta maravillosa edad perdida: “La tierra libre, y no tocada de los rastrillos ni hendida con el arado, producía todo género de frutos, y sus habitantes, contentos con sus naturales producciones, se alimentaban de madroños, fresas, cerezas y de la bellota, que sazonada caía de las encinas”.

El referente judeo-cristiano de la mítica edad áurea lo encontramos en la Biblia en el Jardín del Edén, donde tanto el hombre como las bestias vivían de verdura. Un trasunto de ésta se halla en la estatua del rey Nabucodonosor del libro de Daniel. Pero no sólo Occidente da noticia con nostalgia de esos tiempos míticos; en Oriente el taoísta Chuang Tsu (s. IV a. C.) habla de la extinción de la “Edad de la Virtud Perfecta” en la que los humanos vivían en comunión con los pájaros y las bestias.

Los creadores del mito de la edad de oro sitúan este momento en una etapa remotísima de la evolución humana, que no puede ser otra que cuando comienza a construirse la representación de la existencia de seres superiores (demoníacos o divinos) y la arcaica y metafórica fundamentación del Universo. Por ello, en el mito de esta edad áurea se esconde también una cierta dialéctica del poder. En las metáforas-creencias religiosas está siempre presente la idea del dios todopoderoso o los hombres-dioses-héroes civilizadores o los reyes, brujos, chamanes…, así como la idea de lucha entre el bien y el mal. Es ésta una antítesis presente en la India, Mesopotamia, Grecia…, en la mitología-teología semita, en las antiguas leyendas nórdicas y en las creencias de muchos pueblos menos evolucionados, aún en la actualidad. Por ello el mito de la edad dorada está indisolublemente entroncado con la relación dialéctica implícita en la conexión: sumisión-ignorancia, conocimiento-rebelión-pecado-castigo. Así, cabría situar en el tiempo la pérdida de la edad dorada, en ese momento del devenir humano en que los adelantos técnicos (conquista del fuego, manipulación de herramientas, conocimiento de semillas, domesticación de animales…) sitúan en una nueva dimensión el proceso de humanización.

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J.A. Dominique. La edad de oro

Pero los hombres-dioses o viceversa no quieren cambios; de ahí la prohibición y por ello las dos posiciones que se contraponen desde el principio de los tiempos. Una, la divina-conservadora para la que mejorar la obra de los dioses sería una actitud rebelde merecedora de castigo. Otra, la demoniaco-innovadora defendería la utilización y modificación de la naturaleza: agricultura, ingenio etc.  La primera implica continuidad, felicidad en la ignorancia-dependencia-tiranía de los dioses…; los humanos gregarios no tienen que pensar, preocuparse, innovar, ni transgredir lo reglado, el tabú; están condenados-premiados a la felicidad del rebaño: la mítica edad de oro. La segunda posición determina cambio, creatividad, acumulación, organización social, dependencia del ingenio, asunción de responsabilidades individuales: conciencia del bien y del mal, fin del estado de naturaleza, expulsión del paraíso, etc.

Trocar los misterios de la naturaleza en problemas a resolver es la actitud que pone en marcha la disolución de la edad dorada, en la que quizá se viviría con intensidad el presente y el ser humano estaría libre de la codicia, quizá también de envidia, pero no de miedos. Después los humanos ganan el pan con “el sudor de su frente” y laboran impenitentes por la seguridad de la posesión y el acopio material. Y éste quizá sea uno de los motivos del surgimiento del mito áureo en las metáforas arcaicas y en la literatura de los viejos propagandistas. Siempre ha existido una corriente de pensamiento que ve la verdadera libertad en dejar la voluntad tutelada en manos de un dios, del cacique, el tirano, etc. Otro de los motivos sería, como señala Freud en Totem y tabú, la fuerte tendencia del ser humano a huir de una realidad poco satisfactoria o que no controla, para refugiarse en un mundo imaginario lleno de promesas.

Volviendo a Hesíodo, se puede señalar que el mundo que nos describe el poeta-agricultor beocio es diferente en buena medida al mundo homérico (además de posterior) que describe un mundo ideológico-político  y de epopeya ideal; Hesíodo, en cambio, nos muestra la realidad dura y penosa de un tiempo en el que Grecia asiste a la fiebre colonizadora, al gran impulso del comercio y el dinero; es un pesimista que añora el tiempo pasado, como ya vimos anteriormente. En la incertidumbre de un día a día que acelera los cambios, muchos piensan que se derrumban los fundamentos del mundo y echan de menos la tranquilidad y seguridad (mental) de los “bellos” tiempos pasados. Ya cerca del comienzo de nuestra era, en la Bucólica IV, Virgilio –con fines políticos y laudatorios- anuncia una profecía  dada por la Sibila de Cumas, que supuestamente predice  el comienzo de una renovada edad de oro, que coincidiría con el nacimiento de un misterioso niño. La Égloga tiene un cierto parecido coincidente con Isaías 7 – 11: “Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito y comerán juntos el becerro y el león, y un niño pequeño los pastoreará (…).” Virgilio hace coincidir esta nueva edad de oro con el consulado de Polión, su benefactor (año 40 a. C.) y, como vemos, es una muestra de la inextricable conexión entre edad mítica, exégesis mesiánica, crisis política, promesa de redención, etc.

El renacimiento periódico del mito de la edad de oro tiene mucho que ver con un rechazo, siempre latente, a la idea del ser humano como recreador de la naturaleza. Porque, si bien hay una actitud optimista que valora los adelantos de la técnica-ciencia, siempre se manifiesta la posición contraria de un moderado o exaltado pesimismo hacia todo lo que implique innovación, que tiene su plasmación literaria en la añoranza de esa supuestamente idílica edad dorada. El Renacimiento literario (y también el Barroco) y su dependencia de la literatura y pensamiento clásicos no ocultan una cierta nostalgia arcaizante de esa utopía humano-animal-paradisíaca, precisamente cuando triunfa el individualismo, el mecanicismo, la ética expansiva, la colonización del planeta… Recordemos de Sannazaro en La Arcadia los lamentos de Serrano, Opico y Selvaggio por la pérdida de la edad áurea; a Cervantes y su nostálgico-satírico lamento del capítulo XI de la primera parte del Quijote; al francés Ronsard y sus versos desgarrados; en fin, a toda esa literatura pastoril que describe a los humanos felices en ese mundo utópico, en esa época o raza áurea en la que, en realidad, el ser humano se consumía de miedos, angustias y terrores.

La ciencia y el progreso siempre se han visto, desde la perspectiva del poder mágico-mítico-religioso y sus entregados creyentes, como una herencia demoníaca siempre asociada al pecado, la transgresión, el caos; por ello, estas crisis vivenciales vinculadas a la añoranza por el pretérito y su reflejo literario, suelen producirse en momentos de cambios de los valores. Ya en el Siglo de las Luces, James Thomson poetizaba sobre la condición humana anterior a la caída  refiriéndose al hombre como “ignorante de las artes salvajes de la vida, / Muerte, rapiña, carnicería, hartura y enfermedad. /”. Como vemos, invirtiendo la realidad. Y es que los nostálgicos de la edad de oro de antes y de ahora tienden a pensar el mundo como algo acabado (pensemos en la actualidad en los más radicales  conservacionistas) que se contempla pero no se transforma.

530px-Nuremberg_chronicles temptation of adam and eveAlgo también del viejo misticismo mítico se da en un fenómeno literario muy actual que pretende  enlazar el mito de la edad dorada con supuestas culturas superiores portadoras de una “ciencia ancestral” transmitida a las culturas primitivas: “Ogo, el primer Nommo que descendió sobre la Tierra a bordo de un arca humeante para sembrar la vida en el planeta, pronto desencadenó el caos (…)”. Esto forzó a Amma (dios principal de los dogones) “a enviar  a tierras de África a otro Nommo para reparar los errores del primero. El elegido fue Q, al que Amma llamó el “Nommo del mar”, y que terminaría siendo sacrificado en virtud de un extraño plan divino para resucitar después con aspecto humano trayendo en su arca a los antepasados de los hombres. Fue así, después de esta familiar historia, como se inició la ancestral Edad de Oro de los dogones”, según cuenta Javier Sierra, En busca de la Edad de Oro.

La larga cita viene a  cuento por su paralelismo y posibilidad de cotejo con las que anteriormente hemos hecho referencia; no nos sorprende por tanto. Ahora bien, lo que si nos llama la atención, es que ese recurso de los primitivos humanos a relacionar fenómenos y poderes con la divinidad se extrapole en la actualidad en la literatura de este género a seres-dioses venidos en naves extrañas de galaxias posibles o imposibles. Y Javier Sierra no duda en afirmar al final de la obra citada, parafraseando a Hugo Reichenbach, que “es evidente, a la luz de todos los indicios aportados en este libro, que existió una Edad de Oro cuando el oro no existía”.