A LA ESPERA DEL ANTICRISTO

José Guadalajara

Esta figura de la escatología cristiana, personificación absoluta del mal en los últimos tiempos, es una creación de los primeros siglos de nuestra era. En su formación, además de un ancestral sustrato dualista, ha intervenido el influjo que ejerció la apocalíptica judía, que tuvo entre los siglos III y I a.C. un momento de importante desarrollo.

El término propiamente aparece utilizado por vez primera en dos cartas del apóstol Juan, en donde se advierte la ambigüedad y el escaso grado de concreción que, en relación con su posterior evolución significativa, posee aún esta palabra de origen griego. Sobre fuentes bíblicas, aplicadas ya al personaje desde la temprana exégesis cristiana, se fue configurando este modelo apocalíptico. Son fundamentales en este aspecto –ya que toda la tradición recurre constantemente a ellos- determinados capítulos del libro del profeta Daniel, la segunda carta atribuida a Pablo y que éste dedicó a los tesalonicenses, el apocalipsis sinóptico (Mt. 24, Mc. 13 y Lc. 21) y, por supuesto, el Apocalipsis de Juan. Otros escritos de la Biblia, como algunos pasajes de Ezequiel o de Isaías, fueron usados también para completar algunos rasgos o modos de su actuación.

A partir de estas fuentes originales, a las que habría que sumar diversas influencias iconográficas y textuales añadidas durante la Edad Media, se formó la leyenda del Anticristo. Una auténtica biografía del personaje, configurada en el medievo como una vita Antichristi, desarrolló todos los componentes de su identidad. Ya en el siglo II, Ireneo de Lyón se refirió a su origen judío en la estirpe de Dan y, basándose en el profeta Daniel, fijó la duración de su reinado en tres años y medio. Hipólito de Roma, en el  III, le dedicó ya un libro completo en el que recogió casi todos los  fundamentos de esta tradición[i].

La biografía esencial difundida en la Edad Media lo presentaba como hijo de Satanás (sobre sus posibles progenitores se hicieron los alardes más imaginativos, como creerlo fruto de la relación de un obispo y una monja, de un padre con su hija o de un íncubo y una doncella, entre otras fabulaciones); su nacimiento se creía que iba a tener lugar en la ciudad de Babilonia –símbolo de corrupción en la Antigüedad- y que sería criado en Corozaín y Betsaida, localidades próximas al lago Genesaret.

Desde un primer momento se destacaron sus portentosas cualidades y poderes, que un autor español, compilador de esa tradición en un incunable del año 1496, simbolizó en los cuatro cuernos de la serpiente cerasta: saber y persuasión, poder taumatúrgico, seducción por medio de la concesión de riquezas a sus seguidores y capacidad de infligir tormentos y martirios a sus detractores[ii]. Su fingida santidad, como émulo de Cristo, arrastrará a todos hacia el pecado y el abandono de la fe, si bien en esos tiempos de tribulación dos enviados celestes –Elías y Enoch- predicarán contra él y sus discípulos.

REINADO Y MUERTE

Las diversas tradiciones, que marcan el comienzo de su reinado en el mundo cuando haya cumplido los treinta años, se refieren también al momento de su muerte, que, según los autores, provocará el propio Cristo o el arcángel San Miguel. Durante cuarenta o cuarenta y cinco días –reservados a la conversión de los pecadores- se sucederán los avisos del fin del mundo que una divulgada tradición cifró en el cumplimiento de quince señales portentosas (ascenso y descenso de las aguas, nivelación de las tierras, terremotos, sudor sanguíneo de los árboles, aves que hablan y lloran, resurrección de muertos, etc.). Tras esto se producirá la combustión del mundo y se celebrará el Juicio Final.

Como puede observarse, no faltan ya en esta biografía elementos imaginativos que rodean la figura del Anticristo. Uno de los aspectos que atrajo siempre la atención fue la posible fisonomía del personaje. El capítulo XIII del Apocalipsis suministró, junto con el VII de Daniel, los rasgos básicos para configurarlo, como contrafigura del mal, con una imagen grotesca y monstruosa que se difundió no sólo dentro de los escritos y profecías que se le dedicaron, sino especialmente en la iconografía, muy bien representada por las miniaturas de los códices denominados Beatos y por otra serie de libros que, como las Biblias moralizadas, enciclopedias espirituales y apocalipsis, suelen recoger su figura entre sus ilustraciones. Este repertorio se completa con los innumerables tapices (como los de Angers o los de La Granja de San Ildefonso), mosaicos, vidrieras, esculturas, pinturas, etc., que, bajo diversas formas, trataron de plasmar su hipotética apariencia.

Apenas rebasado el siglo XV, Luca Signorelli terminó de pintar los frescos de la capilla de San Bricio en Orvieto, una de las muestras pictóricas más espectaculares  sobre el ciclo del apocalipsis, compuesta por numerosas escenas de impresionante vivacidad. En una de ellas, el Anticristo, de aspecto humano, aunque con dos retorcidos cuernos que salen de sus sienes, ya no es el ser deforme y bestial de otras figuraciones, sino el término medio entre éstas y aquellas otras que, como los mismos Beatos o los libros xilográficos del siglo XV, habían representado al personaje como un hombre de traza normal.

CUESTIÓN DE FECHAS

Todas estas imágenes constituyeron durante la Edad Media una de las facetas de la leyenda del Anticristo que gozó de más popularidad, a la que debemos añadir sin duda otra vertiente no menos significativa: la predicción del momento en el que este hijo de perdición (es una de sus denominaciones tradicionales) debía de iniciar su reinado en el mundo.

A esta tarea se entregaron con auténtica convicción muchos visionarios e incluso algunos teólogos, que aseguraban –y no sólo motivados por lo que yo denomino “terror didáctico”- que el fin del mundo y la llegada del Anticristo estaban próximos. La famosa expresión romance de fray Vicente Ferrer “aína e mucho aína e muy mucho aína” (aína significa pronto, deprisa) lo expresa con entera perfección. Esta necesidad de creer en la cercanía de estos terribles acontecimientos era un modo de clamar contra el deplorable estado social y religioso que presentaba el mundo, además de un medio de corrección moral que, a través del temor, quería hacer reflexionar a las conciencias sobre la brevedad y vanidad de esta vida. La literatura piadosa no se cansaba de repetir esta máxima, presente en todo momento, difundida sin descanso por los escritores eclesiásticos y los predicadores. El éxito alcanzado por el De contemptu mundi, obra escrita en el siglo XII por el papa Inocencio III, es tan sólo un ejemplo de esta aseveración.

Sin embargo, como he dicho más arriba, no todo se debía al deseo de aterrorizar con la proclama apocalíptica, sino que, según lo demuestra la actitud de muchos autores, ellos mismos estaban convencidos de la realidad de sus predicciones: Beato de Líébana, al parecer, creyó que el fin se produciría en el año 800; Wulfstan, que vivió en el siglo XI, pensó que llegaría en su época; Joaquín de Fiore estimó que el magnus Antichristus ya había nacido; Juan de Roquetaillade que éste moriría en 1370; Arnau de Vilanova lo vaticinó para el año 1376 y fray Vicente Ferrer, obsesionado con esta idea, no dudaba en 1411 que el Anticristo había cumplido entonces 8 años. La nómina podría prolongarse de manera indefinida e incluso podríamos llegar a encontrarnos con alguna que otra sorpresa. Así sucede, por caso, en una curiosa carta escrita en castellano, en la que un ficticio rey de Armenia proclama que el 25 de enero de 1465 ha nacido “un niño mucho obscuro et tenebroso”, que no podía ser otro que el Anticristo[iii].                                            

VISIONARIOS Y PROFECÍAS APOCALÍPTICAS

“El hoy aquí está; el mañana, ¿quién lo verá?”, dice un refrán castellano al que sin duda no prestaron mucho respeto los innumerables autores de textos proféticos de la Edad Media. No todos, sin embargo, se olvidaron de él, pues conforme al pasaje  evangélico “de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt. 24.36) el fin del mundo y la venida del Anticristo, tal como lo creía, por ejemplo, Agustín de Hipona, eran acontecimientos incuestionables, pero en modo alguno predecibles.

Se han conservado infinidad de escritos apocalípticos, muchos de ellos anónimos, aunque una buena parte con identidad de autor. En este listado habría que incluir también a aquellos que “escribieron” sobre la piedra, el lienzo o el cristal.

En cuanto a los primeros, sus textos se inscriben dentro de diferentes géneros o modalidades literarias: tratados, opúsculos, sermones, cartas, comentarios, poemas, dramas, etc. Entre los que los compusieron hay nombres que reverberaron con luz propia. Sería imposible, en este espacio, iluminarlos a todos.

Antes del año 800, en la Liébana, vivió un monje que se hizo famoso por la exégesis que redactó sobre el Apocalipsis de Juan. Con su nombre, el de Beato, se designan hoy día unos códices que contienen espléndidas miniaturas sobre los pasajes de ese texto y los del profeta Daniel. Otros, antes que él, realizaron también este tipo de comentarios, como Ticonio, Primasio, Victorino de Pettau y Apringio de Beja; después, vinieron otros muchos: Ruperto de Deutz, Ricardo de San Víctor, Berengario d´Auxerre, Pedro Olivi, etc.

En el siglo X, hacia el 954, escribió Adso de Montier su epístola a la reina Gerberga, esposa de Luis IV de Ultramar, verdadera vita sobre el Anticristo que, en sus diferentes versiones se convirtió durante siglos en uno de los textos básicos sobre el personaje. Adso, moderado en sus ideas, consideró el famoso pasaje de Pablo en su segunda carta a los tesalonicenses como la pieza clave para saber cuándo habría de aparecer el Anticristo en el mundo. En aquella se había escrito: “que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía” (II Tes. 2.3), que Adso interpretó como la disolución del Imperio romano, la cual, según él, aún no se había producido porque los reyes francos eran entonces los continuadores de ese imperio.

VISIÓN HISTORICISTA

Sin duda, uno de los más reputados visionarios medievales fue Joaquín de Fiore, creador de un modelo histórico basado en la sucesión de tres edades o status. La edad del Espíritu, la última de todas, precedida por la actuación de un Anticristo, supondría una renovación total de carácter espiritual, un auténtico milenario de paz y amor, durante el que Dios habitaría en el corazón de los hombres. Tras esta etapa, que Joaquín de Fiore estimó que sobrevendría hacia el año 1260, aparecería el Anticristo último, seguido por el ocaso del mundo y el Juicio Final. Sus doctrinas las recogió en obras como la Concordia de los dos Testamentos y la Exposición sobre el Apocalipsis. Sus seguidores, conocidos como espirituales o fraticellos, cumplieron un destacado papel dentro de la orden franciscana a lo largo de los siglos XIII y XIV.

Un visionario de renombre en el siglo XIV fue Juan de Roquetaillade, conocido también como Rupescissa. Autor de numerosas profecías, mezcló en ellas las circunstancias de su propio tiempo con los designios apocalípticos, sin dejar de lado una severa crítica social. Estuvo encarcelado durante casi toda su vida. En Castilla, hubo algunos poetas que unieron su nombre al de Merlín, lo que representa un claro testimonio de la fama que habían alcanzado sus vaticinios. Predijo un tiempo de enorme tribulación para el período1360-1370, año éste en el sería destruido el Anticristo. Fue un convencido milenarista y profetizó la destrucción del mundo para el año 2370.

Una figura destacada del profetismo apocalíptico fue el valenciano fray Vicente Ferrer. Él mismo se consideraba un ángel del Señor, destinado, a raíz de la célebre visión que tuvo en Aviñón en el año 1398, para predicar la inminencia del fin del mundo. Esta creencia la propagó en muchos de sus sermones, como en los que pronunció en Toledo durante el verano de 1411. Estas mismas doctrinas se las comunicó en una carta a Benedicto XIII, el famoso papa Luna, lo que da una idea clara de hasta dónde llegaba su convencimiento de que el mundo apuraba ya sus años finales. Según se deduce de sus sermones, creía que el Anticristo había nacido en el año 1403, por lo que la combustión definitiva habría de producirse hacia el 1433.

La lista de visionarios rebasa con creces el marco de estas páginas. Habría que hacer bastantes huecos para dar entrada en ellas a otros muchos. Ahí están nombres como los de Hildegarda de Bingen, Telesforo de Cosenza, Arnau de Vilanova, Juan Unay y el autor anónimo de un texto en castellano al que yo mismo, por su contenido, he propuesto titular  Libro del conocimiento del fin del mundo. Al fin y al cabo, ese fue el último secreto que todos ellos trataron de desvelar.             

   

          

   

Notas

[i] Éste puede consultarse en Traités d´Hippolyte sur David et Goliath, sur le Cantique des cantiques et sur l´Antéchrist, versión francesa de Gérard Garitte, en Corpus scriptorum christianorum orientalium. Scriptores iberici, vol. 264, t. 16, Lovaina, 1965.

[ii] Este incunable, el Libro de Anticristo, obra de Martín Martínez de Ampiés, fue editado en Zaragoza en el referido año. En la B.N.M. se encuentra una edición de 1497 de este mismo libro, hecha en Burgos, de la que existe edición facsímil. Véase Ramón Alba, Del Anticristo, Madrid, Editora Nacional, 1982. 

[iii]Ha sido publicada por María Teresa Herrera, “Dos cartas apocalípticas en un manuscrito de la Universidad de Salamanca”, en Salamanca y su proyección en el mundo (Estudios Históricos en honor de don Florencio Marcos), Salamanca, 1992, págs. 637-643.