APRENDICES DE BRUJO (II)

Julián Moral

LA  ALQUIMIA: LA PIEDRA FILOSOFAL: Cualquier diccionario define la alquimia (con ligeras variables) como la rama de la filosofía natural que investiga  las  transformaciones físico-químicas de la materia para conseguir transmutar los metales en oro. Sebastián de Cobarrubias nos dice en su Tesoro de la lengua castellana (1611): “Alquimia, aunque tiene el artículo arábigo, es nombre griego y parece proceder del verbo “chimo”, fundo, por lo de fundición”. La palabra subyuga, porque tras ella se esconde una perpetua ambición, un sueño ligado al simbolismo del oro y su poder: el poder que implica no solo su posesión, sino, y es lo más importante, su creación. Tenemos ya una de las variables que determinan, o más bien determinaban, esta actividad: la alquimia como experiencia creadora.

Una leyenda dice que los ángeles caídos de los que nos habla la Biblia, depositarios de este saber, se habrían ayuntado con las hijas de los hombres dando lugar al nacimiento de los gigantes, primeros poseedores de los secretos alquímicos. Igualmente, en algunos estudios y reflexiones, se indica que los Argonautas no llevaron consigo realmente un vellocino de oro, sino el secreto de fabricar el noble metal que se hallaba escrito en una piel de cordero. Tenemos, pues, un componente mítico del fenómeno alquímico.

El gran depositario de los secretos alquímicos del Antiguo Egipto habría sido Hermes Trimegisto (tres veces grande). Un conjunto de textos atribuidos a Hermes constituyen la primitiva  fuente del  hermetismo alquímico. En el siglo III  a. c.,  en Alejandría, y apoyándose en los fondos de su riquísima biblioteca, aparece una suerte de sincretismo que integra las tradiciones griegas (Empédocles y sus cuatro elementos básicos: tierra, fuego, agua, aire), las técnicas, tabúes y ritos de los artesanos primitivos y las experiencias esotéricas egipcias. La teoría hermética se basa en una ley: la unidad de la materia,  que es una, pero que toma formas diversas combinándose y produciendo  nuevos cuerpos pero sin dejar de ser una. La materia primigenia: simiente, sustancia y caos.

La alquimia tiene una doble naturaleza, o, si se quiere, dos tendencias u objetivos. Una externa o exotérica: la alquimia como disciplina o técnica cuyo objetivo  sería la obtención de una sustancia (la piedra filosofal) que actuaría  sobre los metales inferiores (plomo, zinc, cobre, hierro y mercurio) para transmutarlos en oro o plata. La otra naturaleza, la alquimia oculta o esotérica, entiende que la transformación de los metales es sólo un símbolo de la transformación, o mejor, transmutación interior del ser humano. Una y otra, exotérica y esotérica tenían para el alquimista un desarrollo paralelo; así el lugar de trabajo para la mayoría de los alquimistas medievales (Ramón Llull, Arnau de Vilanova, Santo Tomás de Aquino, Paracelso, Avicena)  era a la vez laboratorio y oratorio. Nueva variable: la alquimia como experiencia mística.

Habría que destacar, pues, la relación que la alquimia presenta con las técnicas arcaicas, su simbolismo y misticismo: el mineral como embrión, el horno o el molde la matriz. La transmutación sería una victoria del trabajo humano en el proceso de perfeccionamiento de la materia y la Naturaleza. Esto es, algo parecido a la creación.

Por otro lado, la Alquimia también tiene su vertiente oscura, heterodoxa y herética.  Plinio se refiere en su Historia natural a los fenómenos alquímicos con el nombre de “magia”, entendiendo ésta como algo fraudulento, y Dante, en el canto XXIX del Infierno (Divina Comedia), cuenta que dio con las almas condenadas de Griffolino d’Arezzo y de Capochio di Siena, ambos alquimistas. Sin hablar de las famosas sátiras de Quevedo a los locos alquimistas. Una vez más la incomprensión, el rechazo social, el anatema y, cómo no, el castigo divino. Y no olvidemos que Hefesto, depositario de las habilidades de la manipulación de los metales por el fuego, guarda una relación estrecha con la tradición alquimista de los antiguos artesanos y, como ya se apuntaba anteriormente, forja las cadenas que aprisionan a Prometeo.

EL ACELERADOR DE PARTÍCULAS (LA PARTÍCULA DE HIGGS). En la tradición judeo-cristiana el principio tiene origen divino: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Génesis 1. 2.). La tradición mitológica griega señala el caos o Caos como la personificación del vacío, en unos casos; de mezcla informe, en otros. Es anterior a todo, pero no concebido como creado de la nada ni como algo siempre existente. De él surgen la Tierra, el Tártaro, Eros, las Tinieblas y la Noche. Hay otras filosofías y religiones que combinan igualmente naturaleza, mitos y divinidades para dar una explicación de dónde estamos, venimos y para qué: las eternas preguntas.

Desde el punto de vista estrictamente científico (aunque no hay que olvidar el componente metafísico que la ciencia incorpora para muchas voluntades y sensibilidades desde la Ilustración) el principio, o comienzo, según la más extendida y aceptada teoría, sería el momento de la gran explosión: el Big-Bang. Esto es – y de una forma muy simplista-  grandes cantidades de materia y energía concentradas y comprimidas que terminan explosionando y expandiéndose  formando el Universo, el Caos primigenio, que, según esta teoría, sigue en expansión,  aunque no se descarta que esa expansión invierta el proceso y vuelta a empezar. Y esto sin cuestionar si el proceso es autónomo en sí o por sí mismo por estar sometido a la voluntad ordenada y caprichosa de la divinidad.

Pero, con independencia de las grandes preguntas, las grandes dudas y las grandes respuestas, el ser humano está ahí, jugando a aprendiz de brujo y, como en los casos anteriores, tratando de llegar al momento cero y encontrar la Piedra filosofal que le permita entender ese momento y crear: crear para entender, dominar y controlar. Estamos hablando del Acelerador de Partículas, llamado Gran Colisionador de Hadrones (L.H.C. por sus siglas en inglés), ubicado en el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN). No estamos hablando del sueño romántico  de transmitir el hálito vital a la materia muerta y crear un ser: el hombre-monstruo del Doctor Frankenstein que, por cierto, utiliza la energía eléctrica de la tormenta para dar hálito a su criatura.

Estamos hablando de una técnica que la comunidad científica, desde el apoyo institucional, pone en marcha para hacer realidad la mayor máquina científica jamás fabricada: un anillo de veintisiete kilómetros por el que circulan en sentido contrario dos haces de partículas a una velocidad próxima a la de la luz para chocar en el centro de unos detectores. En esos impactos se generan nuevas partículas cuyas propiedades estudiarán los científicos a la búsqueda de la génesis del microcosmos. “Una partícula especial, predicha teóricamente, la partícula de Higgs, que debe explicar el origen  de la masa de las demás partículas, es uno de los objetivos del L.H.C.”: la nueva Piedra filosofal (datos de El País, 21 de septiembre de 2008, Alicia Rivera).

Pero, al igual que con la energía de fusión, que sigue siendo o pareciendo una entelequia como la transmutación de los metales en oro, este nuevo gran reto de la humanidad puede ser un nuevo sueño fallido (actualmente el L.C.H. está averiado y parado el proyecto). Si el proyecto avanza con resultados positivos aparecerían nuevas variables que, inevitablemente, pondrán en escena el viejo problema de la utilización y su control/descontrol. Pero nada ni nadie podrán evitar que el ser humano, una vez probado el fruto prohibido del “árbol de la ciencia del bien y del mal”, lo siga saboreando.

Confiemos en que sus errores, nuestros errores, no nos terminen arrojando con una nueva “espada de fuego” de este Paraíso, de este Planeta Azul.