PALABRITA DE CORRECTOR

Isabel Sinovas

buena-ortografia¿Quién dijo que la falta de ortografía no es bella?

La falta ortográfica, como la tipográfica, es agradable y necesaria. ¡Cómo no! Que nos lo digan a los humildes correctores que comemos de ella. Hemos aprendido a quererla, y la mimamos y agasajamos como se merece.

En los papeles salen miles de palabras mal tratadas que conforman el colorido universo de las erratas. Yo las clasifico por sabores. Me permito el capricho de decir a qué me saben. Las uves de “javalí” y “absorver” o la y de “haya la raíz cuadrada…” me saben a tortilla de patata. Un contundente cocido me repite toda la tarde cuando engullo latinajos fallidos como “esproceso”, “a ex puertas”, “ac hod”, sin renunciar a los manjares que nos proporcionan los okupas de la informática o de la mercadotecnia, por no hablar de “esquisiteces” con el aroma francés de “en base a”, o nuestros ibéricos “adversión”, “avalanzarse”, mientras un buen reserva de acentos riega la página con el jesuita que te dió pié a ésto y ya no llega “como”, “donde” y “cuando” queríamos preguntar los demás. Variedad para los postres tampoco falta. Yo tengo debilidad por las enchocolatadas comas entre sujeto y verbo, o las que, sin venir a cuento, parecen haber sido colocadas por un asmático. En definitiva, todo un festín con el que me sacio metiendo tinta en los márgenes de la página, con anotaciones a modo de glosas.

A modo de glosas, pero al contrario de aquellas que inventaron el castellano a fuerza de transcribir el latín callejero, estas de hoy son frenazos contra la avalancha de incorrecciones lingüísticas, falsos amigos y palabras perezosas, o simples antídotos para los lapsus ortográficos del autor o a las malas pasadas del diccionario corrector del procesador de textos. Nada de guiños y excentricidades que atenten contra nuestra santa madre RAE y su normativa vigente, o vayan más allá de sus recientes implantes. Y el objetivo de estos apósitos marginales es dejar correctos los textos con una invisible impronta que mantenga el sentido y el estilo del autor. Difícil tarea a veces cuando para entender al creador no nos queda otra que poner patas arriba la frase: pasamos la pasiva a activa, cambiamos las preposiciones y ajustamos las referencias pronominales, amén de rebuscar nuestro verbo de acción que elimine los tienes y hayas. Pero no siempre es tan fácil, sobre todo cuando detrás del texto no figura un único autor de carne y hueso que te pueda aclarar qué es lo que quiere decir. Me refiero a casos como este:

El empresario está obligado a facilitar una formación práctica y adecuada en materia de seguridad e higiene a los trabajadores que contrata, o cuando cambie de trabajo o tengan que aplicar una nueva técnica que pueda ocasionar riesgos graves para el propio trabajador o para sus compañeros o terceros, ya sea con servicios propios, ya sea con la intervención de los servicios oficiales correspondientes.

Primera_ortografia_academicaParece que se trata de un empresario como hay pocos: cierra el negocio, enseña al trabajador y le consigue un nuevo trabajo sin pasar por el paro. Por si las moscas (otro modo de llamar a las erratas) me decido a desarmar el sujeto de “tengan” para armarlo después. Por un lado está omitido por su referencia inmediata; después se expresa como indirecto (“para el propio trabajador”, sin meternos aún con los “servicios propios con la intervención de los servicios oficiales”. No parece fácil de digerir este revuelto de setas y puerros para el pobre corrector que, si contara con el beneplácito y la firma del autor, dejaría de la siguiente manera:

El empresario facilitará a los trabajadores una formación práctica y adecuada de seguridad e higiene, cuando cambien de actividad dentro de la empresa o tengan que aplicar una nueva técnica que pueda ocasionar riesgos graves a ellos mismos o a otros, (a través de los servicios que deban efectuar).

Mientras planteamos al del comité de turno si hemos mutilado o tergiversado la información, éste nos resuelve el problema: no se puede tocar el Estatuto. A callar y a volver al primer texto, y esperemos que no venga el empresario a quitarnos el boli para colocarnos el arnés y subirnos a una antena.

Volvamos a aquel autor que dejó en nuestras manos el original. Somos su lazarillo para ver lo que sus ojos no vieron. ¡Cuidadito con pasarnos, porque nos podemos llevar un buen pescozón! Aquel ciego ya nos lo advirtió: “Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré”. Y así iremos consumiendo apasionadamente sus páginas, para llegar al final cuanto antes; no por saber cómo termina el libro, sino para cumplir con la fecha de entrega.