LA MUERTE DE HITLER

Sergio Guadalajara

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Interior del Búnker de la Cancillería

Hace ya sesenta y tres años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Alemania fue vencida de nuevo por los aliados y la mayor parte de su población acabó muerta tras seguir a un hombre, Adolf Hitler, hasta las últimas consecuencias.

Fue en abril de 1945 cuando este fatídico dictador murió en su búnker de Berlín, pero, ¿cuál fue el desenlace de uno de los personajes más malvados que ha pisado este planeta? Algunos dicen que consiguió escapar hacia Sudamérica y que gozó de una longeva vida, pero la versión más sólida y justificada defiende que se suicidó cuando Alemania ya había sido derrotada.

La situación en el búnker de la Cancillería no era demasiado agradable. Junto al acabado líder del Partido nazi se encontraban su esposa, Eva Braun; sus seguidores más fieles, como Goebbels o Martin Borman (su secretario); además de los miembros del servicio y de los pocos soldados que quedaban en la ciudad. Reinaba un ambiente de melancolía y tristeza acompañadas por el estado de pesimismo y enfermedad que el político alemán acarreaba desde hacía ya bastante tiempo. La repugnancia que causaba por su lamentable estado físico en los moradores de aquella mole de hormigón y de hierro era tal que éstos no podían evitar taparse las narices cuando Hitler pasaba cerca, pues sufría de halitosis, lo que le confería a su boca un desagradable olor. Además, estaba exageradamente encorvado y apenas vocalizaba cuando hablaba.

El último día de la vida de Adolf Hitler fue el 30 de abril. Ese 30 de abril de 1945 el Führer fue despidiéndose personalmente de cada uno de sus acompañantes hasta que se retiró a las tres y media de la tarde junto a Eva Braun a su habitación. Los presentes estaban impacientes, pues pasaban los minutos y no escuchaban ningún ruido que indicara el suicidio. Decidieron entrar en la estancia. El matrimonio estaba sentado en un sofá. Podían percibir un olor a almendras amargas que delataba el uso del cianuro como el método empleado para terminar con sus vidas. A los pies del dictador había una pistola que, al parecer, éste había empleado para dispararse en la sien y quitarse la vida.

Siguiendo las órdenes que previamente les había encomendado Hitler, varios miembros de las SS junto al jefe de las Juventudes Hitlerianas recogieron los cuerpos y los sacaron al exterior para incinerarlos. Aprovechando un cráter que una bomba había dejado en el suelo, depositaron los cadáveres y comenzaron a empaparlos con gasolina. Tardaron un rato hasta que se consiguió que la pira funeraria comenzara a arder y, cuando lo hizo, todos los presentes se apresuraron hacia el interior del búnker, pues los proyectiles rusos ya caían muy cerca.

Unos días más tarde, cuando los rusos ya se habían apoderado de la capital germana, un grupo de soldados del Ejército Rojo encontró dos cuerpos en un cráter que parecían ser los del dictador nazi y su esposa. Cuando Stalin se enteró de la noticia hizo que el cuerpo del supuesto Hitler fuera sometido a pruebas para comprobar su identidad, cosa que se confirmó a los pocos días.

Hitler animando a las Juventudes Hitlerianas, poco antes de suicidarse.

Hitler animando a las Juventudes Hitlerianas, poco antes de suicidarse.

Mientras tanto, los Aliados preguntaban a Stalin el paradero de Hitler, pero éste únicamente contestó que le era desconocido y que posiblemente había conseguido huir hacia España o algún país sudamericano. El general Zhukov, que comandaba los combates en Berlín, tuvo la valentía de afirmar en una rueda de prensa que no habían encontrado los restos de Hitler y que era probable que hubiera escapado en un submarino. Todos estos intereses en no descubrir la verdad tenían un objetivo: poder dejar tropas soviéticas en Alemania para “evitar un resurgimiento del nazismo”. Esto, evidentemente, era una burda excusa que inventaron los altos mandos del Ejército Rojo para que la presencia de los soldados rusos en Alemania estuviera justificada y para controlar la situación ante Estados Unidos.

El cuerpo del dictador fue enterrado en el campamento del III Ejército ruso, pero como éste se trasladó un mes después a otro lugar de Alemania, el cadáver fue sacado de las entrañas de la tierra y transportado junto con el material bélico de los soviéticos hasta que se volvió a enterrar en un bosque. Ahí permaneció hasta 1970, cuando el dirigente del KGB, Andropov, decidió que lo mejor era destruir los restos mortales para evitar que los nostálgicos pudieran rendirle honores. Fueron incinerados y arrojados a al río Ehle.

Tras la desaparición de la URSS, y concretamente en el año 2002, se permitió a un experto forense alemán, Mark Benecke, el estudio de lo poco que quedaba del cuerpo de Hitler para desentrañar los enigmas que rodeaban su muerte. Comenzó su trabajo por el fragmento de cráneo que aún se conservaba en los archivos del KGB (como curiosidad, sepan los lectores que este trozo de la calavera de Hitler estaba guardado en una pequeña caja de las que se usaban antes para guardar disquetes). A continuación examinó la dentadura (guardada durante años en una caja de puros) para autentificar la pertenencia de estos dispersos restos a Adolf Hitler. Se pudo realizar gracias a la existencia de una radiografía de la boca del Führer que databa de 1944. En la radiografía aparecía un implante metálico y varios dientes de oro que coincidían con la muestra que poseía el investigador, además, ésta se encontraba en mal estado por culpa del mal cuidado al que Hitler sometió su boca. Las conclusiones que pudo sacar Benecke tras su estudio son claras: el líder nazi murió de un disparo procedente de la zona inferior del mentón. Afirma también que a la vez que apretaba el gatillo, Hitler mordió una cápsula de cianuro para asegurase la muerte.

Caída de Berlín, 1945.

Caída de Berlín, 1945.

Aquel disparo que el dictador nazi realizó para acabar con su vida no solo hizo que el desenlace de la Segunda Guerra Mundial fuera tan precipitado, sino que también propició que una de las figuras más odiadas y admiradas de la Historia se derrumbara junto con su característico carisma e ideas racistas propias de los locos. A los pocos días de la caída de Berlín, la Segunda Guerra Mundial estaba llegando a su fin, pero comenzaba otra etapa en la Historia de la Humanidad: la Guerra Fría. Rusos y americanos peleaban dentro de la capital germana por rapiñar obras de arte, dinero y tesoros; pero también se espiaban recíprocamente ante el recelo que se tenían entre sí.

Así fue la muerte de una de las personas más malvadas y despiadadas de la Historia. Tal vez su fallecimiento no fuera demasiado cruel, pero, por lo menos, los restos que quedan de su cuerpo están condenados a permanecer en el lugar más profundo de la casa de su odiado enemigo: el corazón de Moscú.