LICANTROPÍA: LA LEYENDA DE LOS HOMBRES LOBO

Julián Moral

Black WolfLa palabra licántropo (lycanthropus), del griego lycos: lobo y anthopos: hombre, designa a una de las leyendas más antiguas de Europa, presente en numerosas culturas y geografías y con sus correspondientes paralelismos en otros continentes (hombres hiena, leopardo, tigre, jaguar…) generalmente asociados –como en el caso del lobo en Europa- con las fieras más temidas en los respectivos lugares, en particular por ganaderos y gentes del mundo rural.

La mitología, la leyenda (o sucesivas y locales leyendas), el folclore, tratados filosóficos y religiosos, estudios antropológicos o psicoanalíticos y recreaciones literarias recogen, a través de más de 2500 años, la numerosa casuística por la que un ser humano se convierte en hombre lobo: ingerir carne humana o ciertas drogas, rituales mágicos o diabólicos, cubrirse con la piel del lobo, dormir desnudo a la luz de la luna… y les atribuyen una serie de características: fuerza, ferocidad, astucia, aspecto bestial, etc. Igualmente, su muerte tendría que producirse por decapitación o bien arrancando el corazón con un cuchillo o bala de plata, entre otras formas.

Las primeras fuentes sobre licántropos se encuentran en los textos greco-latinos a partir del siglo V a.C., y para llegar a ella se dio un proceso de recopilación y recreación del mito y la leyenda. Quizá la primera referencia escrita sea la que habla de Licaón, rey de Arcadia, que sacrificaba seres humanos en honor de Zeus Licio, al que invitó a un banquete y le sirvió la carne de un niño. Zeus descubrió la naturaleza del alimento y condenó a Licaón y a su descendencia a convertirse en lobos.

Herodoto en los Nueve libros de la historia, IV, 105, describe el territorio de Escitia y señala que en sus regiones más alejadas se asientan los Neuros con fama de magos y de transformarse en hombres lobo: “Dicen que ninguno hay de los Neuros que una vez al año no se convierta en lobo por unos pocos días, volviéndose después a su primera figura”. No obstante, Herodoto se muestra bastante escéptico sobre la realidad de estas transformaciones. El historiador griego Diodoro de Sicilia (siglo I a.C.) señala en su Biblioteca histórica a Osiris como el primer hombre lobo. Por su parte, el geógrafo Pomponio Mela (siglo I) redunda en lo dicho por Herodoto.

Jorge Fondebrider en su obra Licantropía señala que “el grueso de las historias de hombres lobo tiene lugar en un escenario particular: Arcadia (…)”, apuntando que allí se realizaban sacrificios humanos que pudieron durar hasta el siglo IV a.C., combinados con prácticas de canibalismo. Curiosamente, la Arcadia fue el lugar idílico de los primeros poemas pastoriles (Teócrito 314-260 a.C.), cuyo principal continuador, Virgilio (70-19 a.C.), alude a la licantropía: Égloga VIII, 98, relacionándola con “hierbas y venenos” como mecanismo de transmutación en hombre lobo. Y es que, en realidad, la bucólica Arcadia era una orografía áspera, salvaje, agreste y fragosa, y, en el mundo arcaico, con costumbres ancestrales cargadas de barbarie que pervivieron durante mucho tiempo.

Hombre_LoboPlinio el Viejo (27-79 d.C.) en su Historia Natural, Libro VIII, 23/34, 81, habla, citando a Euanthes, de transformaciones en hombres lobo en Arcadia de los del linaje Antei, aunque, como Herodoto, se muestra bastante escéptico. También el griego Pausanias (siglo II) retoma la leyenda y, al igual que los anteriores, relaciona sacrificios–antropofagia–hombres lobo. También desde un plano marcadamente literario ya se habla de hombres lobo en el Satiricón de Cayo Petronio (año 60), donde Nicerote cuenta –en la cena de Trimalción– una historia de un soldado valentón que se convierte en lobo en una noche de luna llena.

Ya en el cristianismo, el lobo –animal odiado por antonomasia en las zonas rurales– se convirtió en una verdadera representación del mal, encarnado con frecuencia en la figura del diablo. Las leyendas de transformaciones pasan, en este contexto, a considerarse intervenciones diabólicas. San Agustín, sin embargo, en De espíritu y alma y La ciudad de Dios, ya acota la leyenda de las transformaciones en animales, y muy en concreto la que nos ocupa, distinguiendo entre lo que puede hacer creer el diablo y la imposibilidad de crear por la metamorfosis “una nueva naturaleza”. La conexión que a partir de San Agustín establece la Iglesia entre supersticiones del antiguo paganismo y demonología hace que la leyenda de los hombres lobo tome una dimensión herética a medida que avanza la Edad Media. La teología y su brazo represor, la Inquisición, se asentaban en el corazón de la leyenda con sus secuelas de persecución, tortura y muerte en numerosos procesos inquisitoriales. Pero, a pesar de la tremenda represión, la leyenda de los licántropos, como otras supersticiones, se mantiene con fuerza en la Edad Media, con representación del mal en el lobo, que pasó a formar parte de muchos Bestiarios.

En los siglos XIV y XV, numerosos tratados (Malleus Maleficarum, principalmente) y casos concretos juzgados por la Inquisición, relacionan ya, abiertamente, las supuestas transformaciones en hombres lobo con la brujería. Estos tratados continuaron abundando en los siglos XVI y XVII.

La licantropía relacionada con la brujería y procesos inquisitoriales fue muy común en Francia en el Medievo y siglos posteriores. Si seguimos a Jorge Fondebrider, en los siglos XVI, XVII y XVIII el fenómeno fue muy elevado a tenor de relatos y procesos recogidos por cronistas, historiadores y literatos, y la mayoría se focalizaron en una geografía (Franco Condado) y orografía montañosa, boscosa, salvaje, con gran cantidad de lobos y eminentemente pastoril. Según el mentado J. Fondebrider, los datos sobre licántropos en la documentación de la Inquisición española son escasos y poco fiables. Antonio de Torquemada refiere algunos del noreste peninsular en su obra Jardín de flores curiosas (siglo XVI).

Por otro lado, desde principios de la Edad Media parece ser que fue normal entre los anglonormandos atribuir rasgos de la ferocidad de los lobos a los guerreros y príncipes caracterizados por su crueldad, su fuerza o su poder. Gervase de Tilbury (siglos XII y XIII) escribió ampliamente sobre leyendas de estos hombres feroces transformados en lobos. Una vez nos apoyamos en J. Fondebrider que, a su vez, se apoya en W.R.S. Ralston, que estudió leyendas y canciones del folclore eslavo que recogen un cierto culto al hombre lobo en relación con la naturaleza, el vitalismo, la lucha y dominación de los elemento. Una sensibilidad que entronca con la vida del primitivo cazador, el totemismo, los grandes hombres–héroes, etc.: “Volch sabe transformarse en animal, pasea vestido de lucio, va a cazar pájaros bajo la forma de halcón y a cazar animales del bosque bajo la forma de lobo gris (…), es un hechicero y un lobo rabioso”. También nos da noticias sobre hombres lobo El cantar de las huestes de Igor: “el príncipe Vseslav juzgaba a las gentes. Como tal gobernó las ciudades, y por la noche como un lobo rondaba”.

105044511051loboEn los siglos XII, XIII y XIV se rompe en parte el paradigma de absoluta maldad del hombre lobo y así tenemos una serie de romans (El roman de Guillaume de Palerme, s.XII; Arturo y Gorgalón, s.XIV entre otros) que, a partir del modelo del Lai de María de Francia, s.XII, Bisclavret (nombre bretón que significa hombre lobo) nos presentan un prototipo no perverso, ni antropófago e, incluso justiciero, víctima de su metamorfosis y normalmente indultado.

Si seguimos una obra de gran repercusión en la tardía Edad Media y el Renacimiento, e incluso el Barroco, Historias de las gentes septentrionales, del sueco Olao Magno, el mito de los hombres lobo guarda relación con ciertos rituales en honor del dios Odín, que tenía al lobo como representación simbólica, en los que sus seguidores se disfrazaban de lobos en el solsticio de invierno: “Se congregaba tal abundancia de hombres transformados en lobos que se ensañaban con inusitada ferocidad (…)”, XVIII, 32. Aunque Olao Magno nos da una pista, el posible hechizo en forma de brebaje que provocaba tal transformación era la ingesta masiva de cerveza.

Cervantes, posiblemente documentado en el libro de Olao, hace referencia a la licantropía en Los trabajos de Persiles y Segismunda y, ciñéndose a la ortodoxia católica, cree que estos fenómenos son producto diabólico y de encantamiento: “Como cristiano que soy católico no lo creo (…) eso de convertirse en lobos algunas gentes destas septentrionales (…)”, aunque posteriormente describe con gran realismo las atrocidades de los hombres lobo tachándolos de enfermos: “Los médicos llaman manía lupina”. Como vemos en Cervantes, la licantropía en esos siglos y posteriores comenzaba a ser para relevantes tratadistas y hombres de ciencia una enfermedad que tenía que ver más con procesos psicóticos (humores) que con pactos con el diablo; en concreto, el humor que propiciaba la melancolía. Así Tomaso Garzoni escribía en 1586: “Entre los humores de la melancolía, los médicos ubican una especie de locura que los griegos llamaban Lycantropia, término que los latinos convirtieron en Insania Lupina o furia de los lobos”.

Capítulo aparte en la leyenda merecerían los llamados “loberos” (con referencia en numerosos lugares de Europa), una especie de especialistas en lobos para darles muerte o capturarlos y exhibirlos por los pueblos y aldeas: “Limosna para el santo lobero”, decían en Extremadura. Pero además, en muchos casos, estos hombres controlaban, domesticaban o dominaban a los lobos y eran, en ocasiones, objetos de sospecha e investigación por la Inquisición.

El exotismo del romanticismo, con su pasión por lo sobrenatural y misterioso y por la sensibilidad popular, impulsa a una dimensión eminentemente literaria la leyenda de los licántropos. Los hermanos Grimm (1785-1863 y 1876-1859) recopilan mitos y leyendas folclóricas y dan a la luz muchos de los relatos infantiles más famosos del mundo occidental, en los que no faltan los hombres lobo. De Alemania proceden gran cantidad de leyendas populares hasta bien entrado el siglo XX. En Francia, donde ya vimos la abundancia de la tradición licantrópica, se dieron casos y relatos de niños salvajes asociados a la licantropía.

Pero a medida que el mito del licántropo es más difícil de asimilar desde una perspectiva racional, comienza a proliferar desde el primer tercio del siglo XIX –arrumbando las tradicionales crónicas, tratados, relatos folclóricos, etc.- una extensa literatura de ficción: Maupassant, George Sand, Dumas padre, Stevenson, Kipling…, y ya en el siglo XX la producción es numerosísima: Pirandello, Tolkien, Stephen King, etc.

Y así llegamos a la actualidad, más o menos cercana, a lo que J. Fondebrider define como “banalización” del mito a través de novelas rocambolescas (salvo excepciones), pobres producciones cinematográficas y series televisivas (también con excepciones), videojuegos, juegos de rol, etc., que termina, en buena medida, por contaminar la fuerza cultural del mito y la leyenda hombres lobo. En una próxima reflexión intentaremos profundizar en lo que serían las claves el mito y la leyenda.