SOBRE LA HISTORIA DE LA MISANDRIA

Julián Moral

“Misandria” (odio al varón) es el reverso de misoginia (odio a la mujer), aunque la Real Academia Española de la Lengua aún no contemple el primero de estos términos. Sí contempla androfobia (miedo u horror al varón), pero conviene distinguir y no confundir miedo u horror con odio.

Al igual que con la misoginia, no me centraré en la “misandria” como posible problema patológico o neurosis individual, sino como fenómeno cultural que se desarrolla a partir de actitudes aprendidas en escenarios culturales o sociales, y no partiré del supuesto de que son el hombre o la mujer como sexo quienes determinan la dominación y sometimiento de unos sobres otros, (aunque puede ser claro el agravio comparativo histórico que sufre la mujer), sino las condiciones estructurales, económicas, sociales y culturales. También rastrearé (no de forma exhaustiva) en las referencias escritas que nos aproximan, de forma didáctica, a las creaciones ideológicas (míticas-religiosas, poéticas…), producto de ese indudable proceso dialéctico generado por los cambios en la estructura y organización social.

La misoginia y la “misandria” están directamente relacionadas en sus orígenes con la dialéctica matriarcado-patriarcado, recogida ya en las grandes creaciones mítico-literarias griegas con sus luchas entre dinastías olímpicas que se correspondían con posicionamientos sociales de apoyo o rechazo a las nuevas formas de organización social que propiciaba el patriarcado emergente. Estas creaciones mítico-literarias, que nos hablan de venganzas, incestos, crímenes de sangre… apoyaban a unas determinadas formas de organización social y les daban cobertura ideológica. Pero al igual que el rearme ideológico masculino derivó y deriva en muchos casos en misoginia, el rearme ideológico femenino derivó y deriva, también en muchos casos, en una actitud de odio al varón a la que vamos a intentar seguir el rastro.

En el prefacio a la cuarta edición de su obra El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado F. Engels hace referencia a la obra de Bachofen Derecho materno (1861), señalando las principales tesis de éste, que resumo en el continuum: promiscuidad sexual-línea de sucesión materna-dominio femenino (“ginecocracia”)-ningún derecho individual de un hombre sobre la mujer-monogamia igual a transgresión de la anterior norma.

Seguimos a F. Engels, que señala que para Bachofen el paso de lo que llama impropiamente “heterismo” a la monogamia y del derecho materno al paterno se produce entre los griegos con la introducción de nuevas divinidades que representan ideologías nuevas en relación al grupo de divinidades tradicionales de la época anterior de dominio del matriarcado. A partir de esta idea, Bachofen interpreta la Orestiada de Esquilo como un ejemplo de confrontación entre el derecho materno en retroceso y el derecho paterno emergente: Clitemnestra mata a Agamenón, su marido, y Orestes, hijo de ambos, venga al padre quitando la vida a su madre. Orestes es perseguido por las Erinias, que protegen el derecho materno, pero Apolo y Atenea, que representan el derecho paterno, defienden a Orestes.

Pero acerquémonos más en profundidad a la tragedia de Esquilo en la tercera parte de la trilogía: Euménides (las propicias), nombre que reciben las Erinias cuando ya han cedido a las razones de Atenea y Apolo en defensa de Orestes, y escuchemos el coro de Erinias que hablan como una sola voz femenina en su disputa con aquéllos: “¡Hay dioses nuevos! ¡Habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡Me le habéis arrebatado de las manos! (a Orestes). Pero yo, la miserable, la desgraciada, encendida en cólera, arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta todo el veneno que gotea mi corazón (…)”. Y el coro de Erinias remarca su odio haciendo la admonición de que este veneno de odio “no perdonará a los hombres”, volviendo a insistir cuando Atenea les ofrece (contando con la aquiescencia de Zeus) honra, reconocimiento y primicias: “¡Yo sufriré esto, cielos! (…) ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho!”.

Odio, furor, despecho contra la posición emergente del patriarcado, contra los hombres; odio personificado en este caso en la figura masculina de Orestes: “misandria” producto de esta dialéctica matriarcado-patriarcado determinada por las condiciones reales de existencia y por un reflejo religioso que no dejaba de ser un rearme ideológico para defender o afirmar situaciones de poder y prestigio social.

Otro rastro mítico-literario relevante de ese odio y rechazo hacia el varón lo encontramos también en la mitología griega, las Amazonas: legendario pueblo de mujeres guerreras, cuyo nombre parece tener origen en la costumbre de cortarse un pecho para que el manejo del arco o la lanza fuese más desahogado (su nombre en griego significaría sin senos). Las Amazonas se gobernaban, sin la intervención de los varones, por una reina (Hipólita, Pantasilea, Calafia…) y se unían una vez al año con extranjeros para perpetuar la especie, pero solamente conservaban con vida los hijos de sexo femenino. Aparecen en varias leyendas de la Antigüedad que las relacionan con Heracles, Teseo, Peleo… y durante la guerra de Troya, con Pantasilea como reina, muerta por Aquiles, como aliadas de los troyanos. Herodoto incluye en el libro IV de su Historia (Melpómene), las costumbres y orígenes de este pueblo mítico.

Hay a través del tiempo una persistencia y recreación del viejo mito amazónico, sobre todo en la Edad Media y el Renacimiento, enriquecida la herencia griega por la tradición germánica, las leyendas orientales, los relatos de viajeros medievales (Marco Polo), la conquista de ultramar, etc. Hay obras importantes sobre el tema: Historia de la destrucción de Troya de Guido delle Colonne; Sumas de historias troyanas escrita por Leomarte. Hay también ejemplos en que los objetivos literarios se pretenden solapar con objetivos históricos, por ejemplo, la Crónica General de Alfonso X El Sabio, que atribuye la intervención de mujeres guerreras en la toma de Valencia por el Cid. También las novelas de caballerías recogen el mito amazónico; Rodríguez de Montalvo en su obra Las sergas de Esplandián las sitúa en la batalla por la toma de Constantinopla al mando de la reina Calafia. Después las Amazonas se implantan en la fantasía de los descubridores-conquistadores de ultramar: Colón habla de ellas en sus diarios; Diego de Velázquez dirigiéndose a Hernán Cortés (1518); Cortés dirigiéndose a Carlos V (1522). Nuño de Guzmán dirigiéndose a Carlos V (1531) escribe… “y que entre estas provincias hay una de mujeres que no habitan con hombres ni los consienten sino en cierto tiempo del año, y de lo que paren, si es hembra, lo dejan consigo, y si varón, dicen que lo matan…”

Como vemos, a través del tiempo, el mito amazónico repite y repite la primitiva caracterización: gobierno de las mujeres (ginecocracia), odio a los hombres, belicosidad, reproducción para conservar la población femenina; en fin, “misandria” reflejada en un mito intemporal que surgió en el principio de la Historia, seguramente cuando la primitiva organización gentilicia (gens) comenzó a expulsar a los descendientes femeninos a la “gens” del padre del miembro femenino, quedando así abolida la filiación femenina y el derecho hereditario materno.

Otro mito que recrea la literatura, a través de los romances, la lírica tradicional y el teatro, son las leyendas de las serranas: la mujer montaraz, la mujer vengadora de su honra, la mujer selvática…, que aún antes de Juan Ruiz en El Libro de Buen Amor, ya trataban los poetas medievales y cuya fusión de procedencias indica la variedad de fuentes y lugares de estas leyendas y su sustrato más o menos real. Centrándonos en la literatura española tenemos a Luis Vélez de Guevara y a Lope de Vega con sus serranas de la Vera; a J. de Valdivielso y su serrana de Plasencia; a Tirso de Molina con Antona García y La dama del Olivar…

Pero los tipos literarios de estas obras no se mueven ya en la dialéctica anterior (matriarcado-patriarcado), sino dentro de unas instituciones marcadas por normas y leyes represivas claramente inclinadas en perjuicio de la mujer, sometida no solo socialmente sino sexualmente. Gila, la mujer vengadora de su honra en la obra de Vélez de Guevara, no permite que su padre vengue la ofensa; ella misma lo hará tratando de demostrar que tiene condiciones para organizar su estado social: “No quiero ver que nadie me sujete/ no quiero que ninguno se imagine/ dueño de mí; la libertad pretendo.”

No cabe duda de que este tema literario tiene una cierta implicación con la “misandria”: mujeres apartadas en despoblado, aguerridas, que no renuncian a refocilarse, pero tampoco a su independencia y no dudan en quitar la vida a los hombres con los que se ayuntan. Todo ello enmarcado en una sociedad dominada por los hombres, que somete a la mujer a una reducción injusta y a la renuncia de su propio yo.

Alejándonos un tanto de los mitos y leyendas y ajustándonos al espacio y alcance de esta reflexión, nos situamos ya en los siglos XX-XXI, no tanto para seguir el rastro de la “misandria”, que lo hay, sino para tratar de ver cómo evoluciona y por qué. En su ensayo Una habitación propia basado en dos conferencias dadas en octubre de 1928, Virginia Woolf, hablando sobre las mujeres y la novela, señala las ingentes dificultades de éstas, aún en las clases adineradas, para desarrollar sus cualidades intelectuales. Encontrar en el siglo XVI o XVII a una mujer en “estado mental” de escribir es para Virginia Wolf evidentemente imposible; y señala: “Pero sí cabía esperar que algo más tarde, alguna gran dama aprovechara su relativa libertad y confort para publicar alguna cosa (…) Pero también cabe suponer que debieron de perturbar su mente emociones impropias como el temor o el odio y que huellas de estas perturbaciones deben de advertirse en sus poemas”. Se refiere a Lady Winchelsea, nacida en 1661, que escribía: “¡Qué bajo hemos caído! Caído por reglas injustas, necias por educación más no por naturaleza”.

Esto es uno de los grandes iconos del feminismo (V. Woolf) ya señala un germen de temor, resentimiento, amargura, odio a los hombres porque tienen el poder de impedir a las mujeres realizarse plenamente.

Pero, ¿qué está pasando en la actualidad, cuando ya la mujer, al menos en el llamado primer mundo, se desenvuelve (teóricamente) en igualdad de condiciones sociales, políticas y jurídicas; que tiene independencia económica, social, sexual; que escribe, lee, estudia, opina, legisla; que ve crecer su prestigio social y laboral en una sociedad en la que florecen “brotes” de matriarcado: mujeres que optan por la maternidad sin vínculo de pareja, poliandria intermitente, porcentaje a su favor de la custodia de los hijos por divorcio o separación, inseminación artificial…, en fin, reforzamiento de la línea de sucesión materna?

Esto es, a pesar de que la escolarización obligatoria desde los tres años reduce en gran medida la función maternal, la noción de superioridad potencial de la mujer se comienza a percibir y difundir desde determinados posicionamientos y puede provocar reacciones de rechazo, haciendo surgir una nueva misoginia que más que reafirmación masculina, es de resistencia al cambio o a los cambios y un feminismo que trata de dar contenido ideológico a ese ascenso femenino y que en su vertiente más radical y “misándrica” tiende a convertir a los hombres en los culpables de todos los males sociales y a las mujeres en víctimas.