UNUM TRIBUS MUNDI

Sergio Guadalajara

Representación de cómo debió ser el Hospital de Santa Cristina

Representación de cómo debió ser el Hospital de Santa Cristina

Testimonio roto del pasado esplendor del camino jacobeo, el hospital de Santa Cristina coronaba el duro ascenso al Summus Portus, hoy puerto de Somport, una de las principales vías de paso para los peregrinos medievales entre el reino de Francia y los reinos hispánicos.

Su ubicación no es, desde luego, casual. Dos son las rutas principales para llegar desde Francia y, por lo tanto, desde la práctica totalidad de Europa, hasta Santiago de Compostela: la que entra a España por Roncesvalles procedente de Paris, Vezelay o Le Puy (se unen en Saint-Jean Pied de Port), o la que lo hace por el puerto de Somport procedente de Arlés y Toulouse. La última opción (el camino aragonés), que es la que nos ocupa, es más larga que la primera (el camino francés propiamente dicho) y más dura en su tramo inicial debido, por supuesto, al puerto de Somport.

Para ascender los 1640 metros sobre el nivel del mar con que cuenta el Summus portus, el peregrino había de caminar por abruptos caminos rodeados por interminables y frondosos bosques, desde donde podían ser atacados por algunos de los muchos animales que allí habitan. Si se presentaban condiciones climáticas adversas, el asunto se complicaba aún más, especialmente durante el invierno, cuando toda la zona sufre constantes nevadas y ventiscas, potenciadas por el frío intenso de la zona. Sirva de ejemplo para tomar conciencia de éste que en Candanchú, apenas a un kilómetro del Somport y zona en que se encontraba Santa Cristina, la temperatura media en enero es de -9°C y la máxima, de -1°C. Se han llegado a registrar temperaturas cercanas a los -30°C. Frío de verdad.

Si a esto se le une el basto equipamiento que existía en la época, o el tipo de peregrino que se dirigía a Compostela (no sólo iban personas jóvenes y fuertes: abundaban los enfermos que buscaban la curación a sus males y los ancianos), podemos imaginarnos el exigente esfuerzo que habría que padecer para superar el Somport. En lo alto, a partir aproximadamente del año 1100, esperaba el hospital de Santa Cristina.

De hecho, no se conoce con exactitud la fecha en que fue fundado. La mencionada arriba es la primera en la que aparece el hospital de Santa Cristina citado en un documento en el que el rey Pedro I le otorga unas donaciones. Se sabe con certeza que el diploma es auténtico. Hay otra alusión en un documento anterior, de 1078, pero, según indican los historiadores, es falso. Así pues, debemos contentarnos con saber que en el 1100 ya estaba construido y en pleno funcionamiento.

El fundador del hospital también se esconde tras la bruma perdida de la Historia. Durante los últimos quinientos años, muchos han sido los estudiosos que han dado su versión. El dominico fray Escriche (1618) defiende que fue edificado por orden del mítico rey visigodo Wamba, por lo tanto, entre los años 672 y 678. Por su parte, Pierre de Marca, arzobispo de París en 1639, otorga la fundación al vizconde Gastón IV el Cruzado, que vivió a comienzos del siglo XII. Para fray Ramón de Huesca, los hechos toman un cariz mucho más legendario y religioso: dos caballeros de nombre desconocido decidieron ayudar a «los muchos pasajeros que perecían en aquel sitio (Somport) espantoso y lleno de peligros, especialmente en el invierno, por las muchas nieves que allí caen, y los vientos repentinos y tempestuosos que ciegan y sepultan en las ventiscas a los pasajeros». Debe de ser que los dos citados caballeros, a pesar de haber tomado la determinación de fundar el hospital para el provecho y disfrute de los peregrinos, no sabían muy bien dónde construirlo. Por ello, Dios, siempre tan diligente, les envió una paloma blanca, la emisaria más veterana que posee (conviene recordar que este animal del orden de los columbiformes trabaja asiduamente como ayudante del Espíritu Santo). La citada y pluriempleada paloma llevaba en el pico una cruz de oro. Con tan impresionante ingenio topográfico, les señaló a los dos desorientados caballeros el lugar preciso en que debían empezar a construir el hospital.

Restos actuales del Hospital, en lo alto del Somport

Restos actuales del Hospital, en lo alto del Somport

No obstante, en un documento redactado entre los años 1108 y 1115 por orden de Alfonso I el Batallador, éste vuelve a conceder unos privilegios a Santa Cristina, lo nos lleva a situar la fundación ca. 1100 y a considerar a Pedro I como su fundador. De todos modos, la más famosa mención que se hace durante el medievo del hospital de Santa Cristina es la que hizo el clérigo  francés Aymeric Picaud en su Liber Sancti Iacobi, insertado en el Codex Calixtinus.

Este maravilloso y único ejemplar, joya del siglo XII (fue escrito hacia 1140), consta de cinco libros: una carta introductoria del Papa Calixto II que precede al libro de las liturgias, una recopilación de milagros realizados por Santiago, después, una descripción de la traslación del cuerpo del apóstol a la ciudad, a la que sigue una narración de la entrada de Carlomagno en los reinos hispánicos y, por último, el librillo de Picaud. Es éste de singularísima naturaleza si se tiene en cuenta su contexto histórico y es considerado, de hecho, como la primera guía para el viajero de la Historia. Incluye útiles descripciones del recorrido que espera al peregrino, recomendaciones, consejos y anécdotas vividas por el propio clérigo. En varias ocasiones, hace mención del Hospital de Santa Cristina, al que califica de Unum tribum mundi, es decir, como uno de los tres mejores hospitales del mundo (los otros dos se encontraban en Jerusalén y en el Gran San Bernardo, en plenos Alpes).

Los servicios que ofrecía el hospital al exhausto peregrino lo hacían, desde luego, merecedor de tal distinción. En cuanto alguien llegaba a sus puertas, éste podía quedarse por tres días para reponer fuerzas con descanso y comida de calidad. Por supuesto, si se encontraba enfermo, este periodo se alargaba hasta la total curación.

El centro alrededor del cual se organizaban las demás dependencias era la iglesia, un templo de pequeñas dimensiones (treinta y seis metros de largo por diez de ancho) construido entre los siglos XII y XIII. Al lado se encontraban, por una parte, las estancias monacales, en las que vivían los monjes encargados del cuidado de los peregrinos y, por otra, la gran sala del hospital. Afuera, un cementerio acogía las sepulturas de aquellos que se quedaron, para siempre, sin besar el manto esculpido del Santo Apóstol.

Ahora, en una pradera que está justo encima de un puente que hay en las afueras de la estación de Candanchú, reposa el esqueleto de piedra de nuestro querido hospital. Hoy el antiguo camino jacobeo pasa lejos de Santa Cristina, relegado casi a ser el patio trasero de un inmenso y moderno bloque de viviendas para esquiadores. El esplendor ya no reviste sus muros, tampoco hay ya hay frailes que reciban al cansado viajero, pero, al menos, aquel Unum tribus mundi seguirá presente para todo aquel que se acerque a él con ánimo de presentarle los honores que merece, por todas las vidas que salvó, por todo lo que aportó a la cultura de España…