MISTERIOS DE UN CUADRO EN LA REINA DE LAS TRES MUERTES

José Guadalajara

poetas_contemporaneosEntre el 30 de octubre de 2007 y el 20 de abril de 2008 se expuso en las nuevas salas del Museo del Prado –edificio Moneo- una colección de pintura del siglo XIX cuyos fondos, a raíz de las obras de acondicionamiento del Casón del Buen Retiro, habían permanecido almacenados en los sótanos del Prado durante años. Entre los cuadros expuestos había una nutrida representación de pintura de historia con los autores más significativos del género: José de Madrazo, Eduardo Rosales, José Casado del Alisal, José Moreno Carbonero y Antonio Gisbert, entre otros. El impresionante cuadro de este último, El fusilamiento de Torrijos, ocupaba un lugar central en la exposición.

En un sitio más modesto, y no excesivamente destacado, se encontraba también un célebre lienzo del sevillano Antonio María Esquivel (1806-1857), pintor de cámara de la reina Isabel II. Esquivel, que había intentado suicidarse varias veces a causa de un herpes que le había provocado la pérdida de la vista –y que recuperó un año después-, frecuentó el trato de los más notables literatos, pintores, actores y políticos del Madrid romántico. En sus cafés, entre los que descolló el celebérrimo de El Parnasillo, se relacionó con Espronceda, Patricio de la Escosura, Julián Romea, Hartzenbusch, Mesonero Romanos, Zorrilla, Ventura de la Vega, Campoamor, Madrazo, Villamil… Ese ambiente, y muchos de sus protagonistas, es el que recoge en el cuadro que se expuso en el Museo del Prado ya hace casi un año: Los poetas contemporáneos, también conocido como Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor. 

Rodeados de cuadros, con la figura central de Zorrilla leyendo un manuscrito, el estudio del pintor aparece completamente abarrotado de hombres que, de pie o sentados en sillas, asisten a la lectura del poeta. Hay un total de cuarenta y dos artistas y políticos de la época, a los que se deben sumar los retratos de Espronceda, ya fallecido, y del duque de Rivas. El propio Esquivel, con levita marrón, se ha pintado a sí mismo con pincel y paleta de colores en las manos frente a un lienzo en ejecución.

Antonio_Maria_Esquivel_portraitEste cuadro de Los poetas contemporáneos fue realizado en el año 1846, el mismo de la boda de Isabel II con Francisco de Asís de Borbón. Un periódico de la época, El Heraldo, recoge una noticia referente al mismo el 24 de septiembre del citado año:

El lunes se abrió la exposición de pinturas en los salones de la Academia de Nobles Artes de San Fernando. Hasta ahora son pocos los cuadros que se han presentado, y casi ninguno notable de artistas conocidos, si se exceptúa uno magnífico del Señor Esquivel, que representa una reunión en que se encuentran los escritores más conocidos de nuestra época, oyendo un drama que lee el Señor Zorrilla. Es admirable el perfecto parecido que se nota en la multitud de personas que están retratadas y figuran en los diversos grupos de este cuadro.

Hoy en día, al contemplar sus rostros, ese “perfecto parecido” al que alude el periódico se nos escapa, algo lógico, a no ser que, como el periodista de El Heraldo, hubiéramos conocido en vida a los hombres en él representados. Ahora ni siquiera llegamos a diferenciar su identidad, salvo que hayamos reconocido su fisonomía gracias a la contemplación previa de otras pinturas que estuvieran asociadas con sus nombres.

Por fortuna, el 8 de enero de 1899, Eusebio Blasco publicó en La Ilustración Española y Americana un breve artículo en el que identificaba a todos los representados en el cuadro de Esquivel. Así lo señala Blasco, periodista, autor de comedias, versos y novelas:

Los personajes son de 1846, y para mí son generación anterior, porque yo comencé en el 61 mi vida madrileña: pero a casi todas las figuras de ese cuadro histórico las conocí vivas y ya entradas en años.

Resuelto así el enigma, desfilan ante nuestros ojos figuras tan conocidas como Juan Eugenio Hartzenbusch (el más bajito junto al ventanal de la izquierda), Juan Nicasio Gallego (sentado a la izquierda en primer término), Manuel Bretón de los Herreros (el tercero en esa misma fila), Manuel José Quintana (de pie, entre el actor Julián Romea y el menos conocido José María Díaz, ambos delante del cuadro de Espronceda a la derecha) y Ramón Mesonero Romanos (también a la derecha, girado el cuerpo y apoyado en el respaldo de una silla), entre otros.

Menos familiares resultan algunos como Antonio Ferrer del Río (el primero a la izquierda), Tomás Rodríguez Rubí (a continuación de Harzenbusch), Cayetano Rosell (en lo más alto, con un libro en la mano), Francisco González Elipe (apenas visible, tratando de coger ese libro), Manuel Juan Diana (junto a la chimenea, a la derecha) y Eusebio Asquerino (delante de él).

Todos ellos formaron parte de los círculos intelectuales y artísticos del romanticismo, con muchas obras y proyectos a sus espaldas. Por desgracia, el tiempo ha borrado sus cuerpos físicos, pero nos ha dejado, gracias al arte de Esquivel, las imágenes de quiénes fueron un día hace ya 162 años.

Probablemente, no estuvieron todos juntos en esa lectura de Zorrilla, pero el pintor sevillano los reunió a todos en su estudio para otorgarles el don de la perdurabilidad. Uno se los imagina en ese salón amplio de la casa de Esquivel en la madrileña calle de Santiago, tal vez en un día de otoño o en una fría tarde de invierno, con el brasero y la chimenea encendidos. La imaginación los sobrevuela y trata de penetrar en sus gestos, en sus palabras, en sus sentimientos y sensaciones. ¿Qué libro tendría Cayetano Rosell entonces en su mano? ¿Qué otros libros habría encerrados en la vitrina acuartelada de la que lo ha sacado? ¿Y de quién es el rostro difuso que aparece al fondo, a la izquierda, entre otros dos rostros? ¿Es el del conde de Toreno, como afirma Blasco en su artículo? ¿O es el de Ramón Nenclares Mayo, escritor de novelas históricas, como cree Laura Ferrer? ¿Qué quién es Laura Ferrer?

¿Qué nos queda hoy de este célebre estudio de pintura de Esquivel?

9788415551409Este mundo de enigmas y misterios es el que he recogido en la primera parte de LA REINA DE LAS TRES MUERTES (Neverland, 2009; e-Leer, 2013), inspirado en este lienzo, aunque mucho más allá, también, de este primer germen literario. Así comienza mi novela:

Una voz de fantasía resonaba en el gabinete de pintura.

A su vez, una mano enguantada se estiraba con lentitud para recoger el libro que otra mano había sacado del armario.

El grueso volumen, encuadernado en piel de becerro y con una marca dorada sobre la cubierta, había sido tomado cuidadosamente de su anaquel. Medio giro de una llave de bronce había bastado para abrir una de las dos vitrinas acuarteladas.

Había allí otros muchos libros, viejos y más recientes, libros de todos los tamaños, en cuarto y en octavo, pequeñas miniaturas primorosas, libros de materias diversas: de historia, de viajes, de anatomía, de botánica, de pintura, de poesía, de teatro…

Realidad y ficción: las dos cáscaras que envuelven la esencia de una novela histórica.