LOS CRUZADOS DE LA CAUSA

Pedro Centeno Belver

La obra de Valle Inclán siempre ha estado marcada por varias peculiaridades que la hacen específica o, por decirlo de otra manera, suya. Puede considerársele un excelente dramaturgo y, sin embargo, asistiendo solamente a los teatros a presenciar sus obras estaríamos perdiendo parte fundamental de sus dramas y, sin embargo, a la par, limitarse a leerlas, al estilo del más puro teatro simbolista, es perder una parte importante de la misma, pues, podríamos decir, no solo de acotaciones vive el género. Del mismo modo, en su poesía y en su novela trasciende los temas, géneros y posibilidades dando un toque peculiar en el que su firma campea con precisión cruda, a veces cruel, por cada palabra que suscribe.

Tampoco la novela histórica, en este caso, es una excepción y acaso pudiera ser tildado de simplista por asignar tal rúbrica a una novela como Los Cruzados de la Causa, que es la que nos ocupa este mes, pero cualquier excusa es buena -y, con toda seguridad, no será la primera vez que la utilicemos- para invitar a este gran autor a visitar nuestra página y a nuestros lectores a descubrir -o redescubrir- las suyas.

En primer lugar, deberíamos tratar de integrar esta primera novela de la serie La Guerra Carlista en el subgénero histórico. No estamos ante la sucesión de hechos reales mezclados con otros ficticios, ni tan siquiera se recrea un hito puntual, puesto que la narración se centra en dos argumentos principales: por un lado, la llegada del Marqués de Bradomín a sus dependencias para reunir dinero y armas con que defender “la causa”; por otro el frustrado envío de fusiles con el mismo fin. No obstante, este aparente estatismo que, sin duda, lo desmarcaría de la novela histórica, se encaja siempre en un fin y una mentalidad -la de los personajes- que tienen su correlato real.

Y son precisamente estos motivos los que articulan esta pequeña obra de arte. Valle Inclán se adscribió en su momento -posteriormente variaría- a la causa carlista, pero quizá fue siempre desde un punto de vista estético como, por otra parte, una buena parcela de su controvertida faceta pública. Así, la estética se convierte en el vehículo narrativo de nuestro libro, pero también, recuperando muchos de los aspectos de las bellísimas Sonatas, en el vehículo formal.

Es cierto que no son tantos los momentos casi pictóricos que inundan Los Cruzados de la Causa en comparación, sobre todo, con la Sonata de Primavera, pero sí aparecen pequeñas perlas que adornan permanentemente un desarrollo, por otro lado, bastante dialógico. Es destacable cómo la pluma de Valle no tiembla a la hora de retratar el estado de ánimo de los personajes, transmitiendo al lector sentimientos con tan solo dos palabras -algo casi reservado a los genios-, rasgo propio de su técnica modernista pero también de su interés por lograr efectos que van más allá del mero placer estético.

De hecho, en esta ocasión cita a varios personajes recurrentes en toda su obra -en el sentido amplio-: el propio Marqués de Bradomín, Cara de Plata o Don Juan Manuel Montenegro. En la actuación e interrelación de estos personajes podemos apreciar la diferencia real entre nuestra novela y otras de la producción de Valle tildadas como modernistas -evidentemente, dejamos de lado cuanto en el futuro daría lugar al esperpento-; el Marqués aparece en plena decadencia -más allá del romanticismo de su propia caracterización- y, salvo Cara de Plata, la mayor parte de la pléyade de personajes que aparecen son una suerte de aristócratas, hombres o mujeres de iglesia de avanzada edad con el fin común de defender la causa, pese a conocer la dificultad de la misma. Las intrigas amorosas se desplazan y ni tan siquiera el hermoso joven descendiente de Don Juan Manuel se detiene en conquistas amorosas -aunque sí se mencionan algunas relaciones.

Hay varios puntos álgidos en la novela que, de por sí, merecerían un hueco en cualquier antología de textos castellanos. Aquellos que hayan disfrutado de una lectura relajada y placentera de la primera de las sonatas evocará su florida prosa al alcanzar el cuarto capítulo; creo imposible eludir un cierto espíritu nostálgico -como el que invadiría al escritor en su redacción- al descansar la vista sobre el reencuentro con su prima recurriendo, entre otras cosas, además de los motivos, a frases que se inmortalizaran en el paladar del lector.

Otro momento cumbre se produce con el asesinato de un joven, hecho que impacta en el corazón del viejo Don Juan Manuel dando lugar a una profunda reflexión sobre su actitud ante la guerra. Además, las imágenes conseguidas con la joven novia del Capitán del navío o la frustración común tras el fracaso en el embarque de las armas, que induce a alentarse a un nuevo intento, son breves perlas que sugestionan con extraordinaria eficacia.

Así pues, el poder de la palabra cobra todo su sentido cuando nos centramos en la obra de Valle. Es complicado explicar cómo un manejo tan eficaz y, a la par, completo del castellano, con tanta riqueza léxica, aparenta tal sencillez. La sintaxis es eficiente, sin excesivos recursos, en períodos no excesivamente largos ni prolijos en anacolutos; y sin embargo, estamos ante una hermosa obra desde un punto de vista formal.

El tiempo y el espacio, aunque perfilados, no son tan nítidamente desarrollados como en otras novelas de corte histórico. Me refiero, lógicamente, no al tiempo y espacio que se configuran en la novela propiamente dicha, sino a los espacios físicos visitados por nuestros personajes. El palacio, el pueblo, el monte están presentes, pero no hay traslados latentes ni transcurso de jornadas históricas reales.

Así pues, estamos ante una breve obra (apenas llega a las 100 páginas según la edición de que se trate) que, sin embargo, gana su propio espacio en la obra de Valle Inclán. Evidentemente, no estamos ante la mejor novela de Valle Inclán, tampoco la mejor novela histórica -si es que acaso se me permitiera enjuiciar tal cosa-, pero la innegable calidad de su prosa, el preciso bisturí del escritor gallego para adentrarse en los sentimientos y emociones, hacen más que recomendable, si es que no necesaria, su lectura.