UNA DECISIÓN DE FELIPE II

Sergio Guadalajara

Felipe II

Felipe II

A partir del siglo XIV la importancia de Madrid fue creciendo en el ámbito peninsular. Su posición en el centro de la Península le otorgó grandes beneficios económicos, ya que la comunicación entre el norte y el sur y, por lo tanto, el tránsito de mercancías y ganado trashumante tenía, forzosamente, que atravesar Madrid. La ciudad creció hasta alcanzar los cinco mil habitantes durante el siglo XV, cifra que hoy en día puede parecer muy escasa, pero que en la época era bastante significativa.

Como ejemplo de la importancia que, año atrás año, iba adquiriendo Madrid, basta con mencionar su presencia en las Cortes de Castilla desde que Alfonso XI la incluyera en 1348 en la lista de las veinticuatro ciudades con derecho a representación. Aún cuando Juan II redujo ese cupo a dieciocho, Madrid conservó su estatus.

La relevancia que Madrid tenía durante los siglos XIV y XV fue mucho mayor de lo que puede aparentar. En primer lugar, Madrid no era un señorío ni dependía de un noble o de cualquiera de las órdenes militares que había en la Península, como era habitual en las territorios más meridionales. Era, tal y como aparece recogido en la Carta de Otorgamiento dada por Alfonso VII de León en una fecha tan temprana como 1123, una villa de realengo. No obstante, esto que acabo de afirmar no es del todo cierto, ya que Madrid sí que fue, aunque por muy poco tiempo, un señorío. Exactamente, tuvo tal condición entre los años 1383 y 1392, cuando Juan I así la nombró por otorgársela a León V, rey de Armenia en el destierro. Los vecinos de Madrid y de otras ciudades afectadas protagonizaron algunos levantamientos que obligaron a Juan I a asegurarles que volverían a ser villas de realengo cuando León V muriera o partiese, tal y como ocurrió. Tras este breve devaneo, Madrid volvió a su condición de villa de realengo para siempre.

Implica, como no puede ser de otra manera, que era una ciudad libre, autogobernada por  órganos municipales. Sólo dependía de la corona. Además contaba con un amplio alfoz que le permitía abastecerse con relativa facilidad, siendo fiel al modelo de las comunidades de villa y tierra, bastante extendidas por la orografía castellana. El fuero de la ciudad fue otorgado por Alfonso VIII en 1222, diez años después de la trascendental batalla que tuvo lugar en las Navas de Tolosa.

“Milagro de la Virgen de Atocha en las obras de construcción de la Casa de la Villa", obra anónima, ca. 1650

“Milagro de la Virgen de Atocha en las obras de construcción de la Casa de la Villa”, obra anónima, ca. 1650

No terminan aquí los vínculos que unieron a Madrid con los Trastámara, es decir, la familia real, la familia que gobernaba Castilla y, por ello, la más poderosa del reino. Los monarcas Enrique III, Juan II y Enrique IV solían frecuentar la ciudad por sus reconocidas reservas cinegéticas y, además, pasaban temporadas en ella de forma habitual. Las Cortes castellanas se reunieron tres veces en Madrid bajo la administración de la dinastía Trastámara. No era, por lo tanto, una ciudad sin influencia. Madrid se estaba preparando para su futuro más próximo. Era realmente premonitorio.

Por todo esto, no debe extrañarnos el hecho de que Felipe II, más de una centuria después, decidiera establecer definitivamente a su Corte en Madrid. La ciudad estaba habituada a la estancia de los monarcas entre los lienzos de sus murallas y, de hecho, lo fomentaba en la medida en que le era posible, ya que la permanencia de la Corte en la ciudad implicaba que llegaran a ella más comerciantes, más productos, más alimentos y que los ingresos de los vecinos se incrementasen considerablemente. Tener a los cortesanos en la ciudad era muy provechoso.