EL HEREJE

Pedro Centeno Belver

Todavía Valladolid llora la muerte de uno de sus hijos predilectos cuando a nuestra página traemos el particular homenaje que tanto el escritor como tan insigne ciudad merecen. En efecto, sin llegar a atribuir apelativos panegíricos, muy sinceros en la prensa los días siguientes al deceso, pero acaso desproporcionados o, quizá, sumidos en un hondo (y natural) pesar, del tipo “Miguel Delibes es el mejor escritor español (o, “en español”) del siglo XX”, sí que podremos afirmar sin empacho que, efectivamente, Delibes es una de las mejores plumas de nuestras letras de la pasada centuria.

El virtuosismo del pucelano, autor de algunas de las obras más representativas de la novela de posguerra, se deja ver en El Hereje con una prosa elegante y sencilla a la par, sin excesivas florituras pero un léxico muy amplio que enriquece tanto la narración, como la propia historia al ganar en precisión y ritmo. Evidentemente, la presencia de diálogos con marcados tintes realistas nos devuelve a la rural sobriedad de aquel disputado voto del señor Cayo y el ímpetu brutal de algunos personajes y sus necesidades físiológicas a los trazos brutos de Los santos inocentes. Sin embargo, la ambientación histórica en el siglo XVI no deja de ser magnífica, atraída, quizá por esa esencia tradicional de la que tanto gustó siempre Delibes y que hunde parte de sus raíces precisamente en este periodo. En definitiva, las páginas de nuestra novela huelen a leña y humo del renacimiento vallisoletano, pero también de los pueblos.

Uno de los mayores aciertos de Delibes siempre fue la capacidad de trasladar su pensamiento a los personajes, su gusto por la tradición, por aquello que está bien porque siempre se ha hecho así y así hemos llegado a ser lo que somos. Las páginas de sus novelas rezuman sus ideas hechas historia y conseguimos, tras las líneas, dialogar con él. Así, el casi mayéutico señor Cayo al que antes hicimos alusión (en un momento histórico en el que todo invitaba a creer en la democracia, pero cuya crítica a la propaganda populista bien serviría de ejemplo redentor a las sociedades occidentales) o a la maravillosa viuda de Mario. En esta novela, basada en otro tiempo, pero pensada también en la actualidad, no podíamos esperar otra cosa, de manera que, cuando se habla de religión, oraciones, actitud ante el pecado o, quizá, la bondad -o no- de las personas, en realidad asistimos a una especie de viaje interior que realiza nuestro autor hacia el descubrimiento de sus propias -y hondas- creencias.

Es así que, por ejemplo, cuando vemos en el joven Cipriano, ese muchacho temeroso de su padre, por cuyo odio necesita confesarse cada sábado, a un muchacho que necesita la Fe para poder encontrar sentido a sus sentimientos, en realidad vemos a un vetusto Delibes que ofrece su consejo. No en vano llegará a la conclusión de que debe conocer lo que está bien y lo que está mal para luego poder elegir a su voluntad.

Esta misma ejecución del libre albedrío la vimos en novelas precedentes de nuestro autor y, ciertamente, libertad (la contraportada de nuestro libro afirma que El hereje es un canto a la libertad -razón no le falta-) que también se toman los personajes, según afirmó el propio don Miguel cuando fue consultado sobre su técnica literaria. La evolución de los personajes es, pues, no solo coherente conforme va avanzando la novela, sino que transcurre deliciosamente como si estos realmente tuvieran vida propia. Sus reacciones, sus pensamientos, la lubricidad del padre de nuestro protagonista a los pocos meses de quedar viudo y la propia timidez del “pequeño parricida” nos parecen características no solo realistas o verosímiles, sino hasta naturales.

Tal vez por este crecimiento interior transcurren tantas páginas antes de encontrarnos a Cipriano maduro y consagrado en su oficio. Una especie de reminiscencia naturalista que trata de hurgar por los orígenes de aquella familia de posición cómoda, con aires de grandeza y que busca escalar en una sociedad que se abre a nuevos modelos económicos; una explicación, en fin del carácter de nuestro protagonista antes de comenzar a frecuentar lugares “inadecuados”.

Pero la evolución de las ideas no solo crece con el personaje. El lector, desde las opiniones del respetado tío de Cipriano, también puede ver cómo se van desbrozando pequeñas pinceladas que, menudas, abren la mente hacia las ideas menos ortodoxas; es decir, poco a poco se va haciendo mención a las ideas luteranas y, con ellas, se produce un giro, una vez más, hacia la libertad (quizá, con este, interior).

En consecuencia, encontramos en El hereje una fantástica novela histórica, muy bien engarzada y cimentada en un ambiente histórico magníficamente construido. Sin embargo, lo que más grande hace a nuestra obra es que parece como si fuera una pequeña colección de pequeños detalles que la hacen deliciosa. Ese ligero aroma a leña y humo al que hicimos referencia, los guiños a la sociedad de la época desde personajes que, como la celestina, aparecen accesoriamente; incluso el espíritu del propio don Bernardo, visceralmente humano y pasional, rudo, pero que aspira a una posición social, o el de don Ignacio, todo un señor, instruido y de gran prestigio. Pero también, cómo no, el crecimiento de la propia ciudad y su transformación en ese periodo histórico tan importante para España.

Así pues, El hereje es una lectura más que recomendable para el amante de la novela histórica y, en general, de aquellos que gusten de la buena literatura, de los libros bien escritos y de la prosa con sentido. Que esta obra nos llegara de un escritor ya muy maduro, con un estilo muy definido y que es capaz, en parte, de superar con la nada despreciable tarea de una novela histórica, no hace sino engrandecer una obra que, de por sí, ya merece la lectura. De modo que, amable lector, no dudes en tomar su libro entre tus manos y disfrutar de un más que placentero homenaje.