¿FUE JESÚS REALMENTE UN MESÍAS PACÍFICO?

Julián Moral

La mayor parte de los cristianos, cuando los Evangelios hablan de batallas, fuegos, espadas…, piensan en algo metafórico referido a algo espiritual. Por ello, para tratar de dar luz y sentido a la pregunta de la actitud de Jesús de Nazaret con respecto a la forma de materializar su mensaje del Reino de justicia y utópica igualdad cósmica es necesario analizar los textos testamentarios, intertestamentarios, evangélicos y escritos de historiadores (coetáneos de Jesús esencialmente), enmarcándolos en el contexto histórico y social de la época y vida del profeta nazareno.

Podríamos señalar que de este análisis se desprende un trasfondo de violencia en el que se insertan los dichos, hechos y actitudes de la secta (herejía) de los nazarenos, como se califica en Hechos 24-5por Tértulo, portavoz del Sumo Sacerdote Ananias. El movimiento nazareno era una más de las múltiples sectas que pululaban y competían en la Palestina revuelta del siglo I para imponer su estrategia contra la dominación romana. La esperanza de la venida de un Rey de la casa de David, un Mesías que instauraría un reinado eterno en Israel, planeaba sobre las conciencias y actitudes más o menos belicosas y revolucionarias de las diferentes corrientes político-religioso-nacionalistas en los años de inestabilidad que llevaron a la guerra total de los años 66-70 contra los romanos: un claro escenario de tensión y agitación en el que política, religión, dominación romana y mala situación económico-social se mezclaban en un todo revolucionario.

La tradición militar-mesiánica, con especulaciones apocalípticas continuamente renovadas por los profetas, era una constante en el mundo judío. Flavio Josefo en las Guerras de los judíosseñala cinco o seis mesías militares entre los años 40 a.C. y 73 d.C., sin incluir a Jesús ni Juan el Bautista, aunque, en varias alusiones, se refiere a otros mesías o profetas que no nombra, pero a los que califica de “canallas estafadores y embusteros, menos criminales por sus actos que por sus intenciones, que causaban tanto daño como los asesinos”.

Muy esquematizado, este era el contexto en el que se desarrolla la vida y muerte de Jesús de Nazaret y en el que posteriormente se escriben los primeros documentos evangélicos. Y no olvidemos que la vida y predicación del Nazareno se sitúa, principalmente, en Galilea: la región de la Palestina de los siglos primeros (antes y después de Cristo) más conflictiva y con más levantamientos armados. La vida de Jesús y sus seguidores se encontró en el ojo del huracán del terrorismo de los sicarios zelotes y de una guerra de guerrillas de diferentes grupos que terminó en una guerra total contra el Imperio Romano.

Una vez analizado el contexto, para encuadrar el asunto que nos ocupa, habría que centrarse en tres aspectos relevantes: I) el mensaje social de Jesús en los Evangelios y sus antecedentes testamentarios; II) el radical mensaje escatológico primitivo del Reino Mesiánico y III) el cambio de paradigma tras la crucifixión, la guerra contra Roma y la caída de Jerusalén con la destrucción del Templo.

Con respecto al primer punto, adelantamos una cita de Karen Armstrong (Historia de la Biblia), que señala que “algunos estudiosos han llegado a sugerir que sería posible redactar un evangelio entero a partir de las Sagradas Escrituras hebreas sin citar una sola de las palabras de Jesús”. Es opinión bastante generalizada que los evangelistas y la exégesis cristiana primitiva, a través del tamiz de las antiguas escrituras, construyeron un relato con un continuum de citas bíblicas (sobre todo de la llamada época del Segundo Templo), sin ninguna conexión histórica entre sí, y sugeridas o directamente copiadas con ligeras variantes en muchos de los versículos del Nuevo Testamento. Por ejemplo, el mensaje ético de amor y respeto al prójimo ya estaba en el Antiguo Testamento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Posiblemente, en su momento, eran mensajes en clave interna de cohesión tribal-nacional-social y muy apropiados también para consumo interno dentro de las distintas comunidades judeo-cristianas y cristiano-gentiles primitivas. También, ya en el siglo primero, el gran sabio fariseo Hillel decía: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan. Esa es toda la Torá, lo demás es solo comentario”.

Así pues, para bastantes historiadores y exegetas se construyó una narración de forma proyectiva y retrospectiva, mezclando viejos mitos con viejas profecías –éstas siempre anunciadas de forma retrospectiva- para construir unos relatos más teológicos que históricos, algo, por otro lado, nada nuevo en la tradición literaria hebrea:  hablar del pasado desde el presente encajando las profecías de éste con las de aquel.

Respecto del segundo aspecto a analizar, el radical y eminente mensaje del Reino, hay que señalar de principio que los Evangelios oscilan entre el particularismo nacional-étnico-religioso  y el universalismo de Dios y la salvación para todos.

Dicho esto, hay que resaltar el anuncio de la inminente venida del Reino como tema central del mensaje del Nazareno asociado a las Bienaventuranzas como ideario social, solidario y revolucionario que suponía trastocar el orden político vigente e implicaba una evidente confrontación. El entusiasmo escatológico del Reino y su reiteración en los Evangelios indican su relevancia.

En Juan el Bautista y Jesús, la eminencia y proximidad del Reino ya se enmarca en un proceso político-social, religioso-escatológico y revolucionario que, en gran medida, violentaría las conciencias.

Violencia de las conciencias, violencia social, violencia nacionalista y revolucionaría, aunque hay cierta ambigüedad de los Evangelios en este tema. Ambigüedad que reflejamos de forma esquemática contraponiendo algunos de los enunciados evangélicos pacíficos con los más beligerantes: “Bienaventurados los que hacen obras de paz”, (Mt:5,9). “No os imaginéis que vine a poner paz sobre la tierra; no vine a poner paz, sino espada”, (Mt:10,34). “Y habiendo hecho un azote de cordeles, echó a todos del templo (…) y desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas” (Juan:2,15).

Por otro lado, Jesús, en determinados pasajes, se nos manifiesta como un profeta radical, exigente y desafiante en palabras y hechos: pone a sus correligionarios por encima de sus familias: Mc:3,31-35 y Lu:14,25-27; se muestra exigente con la actitud militante: Lc:11,23 y Mt:6,24; anticipa y asegura la ruptura social y la discordia entre padres, hijos, hermanos: Mt:10,21 y Lc: 4,25-27y 12,51-53; y, en fin, nada comprensivo con los que no aceptan su mensaje: Mt:10,11-15. Son versículos todos ellos que enmarcan la lógica de un conflicto civil. Hay un versículo al respecto en Lucas (en el marco de una parábola con referencias en Sal:21,8-9), claramente beligerante y nada pacifista ni bondadoso: “y también aquellos mis enemigos, que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y degolladlos delante de mí (Lu:19,27).

También se desprende de varios versículos que Jesús y su círculo más cercano vivían en una suerte de clandestinidad que sugiere algún tipo de confrontación con el poder (romano y judío) y una violencia subyacente. Los discípulos del Nazareno, en varias ocasiones, muestran miedo y están asustados; son conscientes de que pertenecen a un movimiento que se enfrenta con el poder, si no directamente con las armas, si con ideas y actitudes que dan cobertura a los grupos armados rebeldes. Además, estaría fuera de lógica pensar o afirmar que en el contexto judío del momento y con una visión político-religiosa que resultaba en gran medida prerrevolucionaria, tanto para nazarenos, zelotes, esenios, galileos e, incluso fariseos radicales, estaría fuera de lógica digo, que no existieran una serie de relaciones de conocimiento, cercanía, solidaridad y, en su caso, colaboración –y también, como no, de duros enfrentamientos entre los distintos grupos religiosos-mesiánicos y militaristas. El Evangelio de Lucas: 6,15 y los Hechos de los Apóstoles: 1,13, hacen referencia a Judas Galileo, jefe del levantamiento armado contra el censo de Cirino en el año sexto y a Simón el Zelote (éste discípulo de los Doce); y es evidente que Jesús sabría lo que era y pensaba Simón el Zelote cuando lo elige discípulo. También hay autores que sugieren que Judas Iscariote podría tener conexiones más o menos claras con los zelotes.

Por ello hay una importante corriente de pensamiento que opina que la crucifixión sería el resultado de la violencia explícita o latente en el mensaje mesiánico del Nazareno. Pretender que los romanos se dejaron embaucar por las èlites judías del Templo, que efectivamente presionarían para la muerte de Jesús, es presumir un cierto grado de estulticia en el poder romano que no se corresponde o que es difícil de conciliar con la realidad histórica. Pero es bien cierto también que si el mensaje del Nazareno –con su indudable carga mesiánico-revolucionaria– conectaba con la estrategia de los grupos integristas, su posición dubitativa y su evidente evolución mística pudo ir transformando el acercamiento en ruptura con los grupos radicales o de éstos con los nazarenos –sobre todo tras la crucifixión. Para muchos de los seguidores de Jesús esa estrategia no claramente definida y profundamente utópico-cósmica les ubicaba al margen, en una situación confortable: no tenían que participar activamente en la lucha de guerrillas ni, posteriormente, a partir del año 66, en la guerra total contra Roma.

Respecto del tercer aspecto a analizar (el cambio de paradigma del movimiento nazareno), los diferentes núcleos judeo-cristianos y gentil-cristianos primitivos con el paso del tiempo comenzaron a reinterpretar y revisar el mensaje y trasladar la eminente venida del Reino a un contexto de retorno o nueva venida (Parusía) de Cristo. Un Reino que ya se evoca inequívocamente celestial y alejado de la eminencia de los primitivos mensajes.

La imagen del Jesús pacífico, del simbolismo sacrificial del cordero expiatorio, de la resurrección y la transustanciación se comienza a perfilar en los escritos de Pablo de Tarso y se perfecciona en los posteriores Evangelios, sobre todo tras la caída de Jerusalén en el año 70. Hay que tener muy presente el tiempo transcurrido desde la muerte del profeta a la redacción de los Evangelios, no sólo por la propia problemática del recuerdo fiel de los hechos y dichos, y de los intereses de interpretación de los diferentes núcleos nazarenos primitivos, sino, y principalmente, porque en el tiempo transcurrido (unas cuatro décadas con el primer Evangelio) se ha generado un nuevo contexto desde el que se puede acomodar el pasado a las exigencias o situaciones de los distintos presentes de cada uno de los redactores de los Evangelios y el grupo.

Este cambio de paradigma se desprendía, esencialmente, de la experiencia práctica asumida de la imposibilidad de liberarse de la dominación del Imperio Romano; imposibilidad que tuvo su epílogo mesianista en los años 132-135 bajo el emperador Adriano: la rebelión y derrota de Bar Kochva venía a confirmar una vez más lo inútil de la lucha armada contra el Imperio y que la segunda venida de Cristo se aplazaba una y otra vez.

No se tiene certeza de si los dichos y hechos de Jesús de Nazaret pertenecen a él o a los redactores de los Evangelios y sus epígonos, pero es evidente que el grupo cristiano primitivo mejor organizado o jerarquizado   reescribió el mensaje y perfiló y divinizó la figura del profeta Nazareno. Pero los dichos, hechos y actitudes menos pacíficos no se terminaron de borrar del todo, ya que aún permanecía una fuerte tradición militar-mesiánica. El Apocalipsis (últimos del siglo I o principios del II ), que, por cierto, tuvo sus dificultades para ser añadido al canon evangélico, fue una construcción literario-teológica-escatológica, con pasajes muy violentos por cierto, para mantener la llama mesiánica y el ánimo escatológico, sobre todo de los grupos judeo-cristianos que seguían viendo en el Nazareno al Mesías guerrero y libertador y esperaban su segundo advenimiento.