FRASES Y FRASECILLAS EN EL HABLA

José Guadalajara

moldearNo es tarea fácil manejar el idioma. Está hecho de una pasta moldeable que requiere manos expertas para extraer de él todas sus formas y brillos. Naturalmente, con esa arcilla primigenia pueden fabricarse desde comunes jarras para el vino hasta hermosas obras de arte. En realidad, no sé para qué escribo estas cosas que todo el mundo sabe.

Sin embargo, aunque manos diferentes obtengan distintos resultados, hay en el idioma “retintines” molestos y tópicos gastados y burdos que uno debiera evitar. De sobra es conocido el empobrecimiento idiomático de nuestros días, manifiesto sobre todo en el plano oral de la lengua. Así, no digo nada nuevo si insisto en la pobreza del lenguaje televisivo, de los políticos, de la misma calle en su totalidad.

Una de las manifestaciones tradicionales de esa pobreza es el uso constante de tópicos y frases hechas con las que uno se despacha a diario. Se oyen por todos los sitios y a todas horas. Hay muchas. Algunas me incomodan especialmente.

Dejo a un lado errores morfológicos como el abusivo “ves” en vez de “ve” en expresiones como “venga, ves y me traes la cartera que he dejado en la mesa”; el “la” disonante como complemente indirecto en  lugar de “le” (“la dije que no me gustaba”); la superflua e incorrecta “s” del pretérito perfecto simple (“llegastes anoche”) o la horrible concordancia con el verbo “haber” en frases como “hubieron muchos comensales que cenaron tarde”.

Y dejo también al margen la tendencia a hablar sin hablar de nada, como las socorridas conversaciones sobre meteorología cuando uno se encuentra en el portal con el vecino del tercero o las largas peroratas en las que cada contertulio habla de sus dolores y enfermedades para contárselas al otro, que apenas lo escucha, porque lo que de verdad desea es hablar cuanto antes de su dolor de rodilla o de sus molestias urinarias.

En general, todos estos encuentros verbales están llenos de tópicos lingüísticos y frases repetidas que producen bostezo y vacío de estómago. Pero, en fin, dejémoslos estar porque, al fin y al cabo, la lengua no sirve solo para transmitir información, sino para permitir la convivencia y las relaciones sociales. Casi todos los escolares de segundo de la ESO saben esto y conocen el nombre de esta función lingüística. ¿A alguno le suena la denominación de función fática?

Vayamos al caso.

Y el caso, en esta ocasión, es el empleo de una fórmula que, aunque no sea incorrecta, me produce una desazón continua cuando la oigo utilizar, pues es tan persistente que, en labios de algunos, se convierte en ineludible cada vez que abren la boca. Aunque está extendida en todos los ámbitos, se ha aclimatado, casi como planta autóctona, en el terreno del deporte.

De sobra es conocido que muchos interlocutores, cuando son preguntados o deben iniciar un discurso, emplean socorridos “báculos lingüísticos” en los que se apoyan para dar rienda suelta a sus palabras. Viejos son el “bueno” y el “pues”, sobre todo el primero, que andaba y anda en boca de los colegiales cuando les preguntaban o preguntan — si es que todavía algunos maestros lo hacen— la lección: “Bueno, Cervantes escribió el Quijote y obras de teatro…; bueno, también escribió poesía…; bueno, nació en Alcalá de Henares”.

Estos “pueses” y “buenos”, a los que están nerviosos o a los que no saben cómo empezar a decir lo que tienen que decir les han ayudado mucho. Es como el pistoletazo de salida o la señal de alarma que pone en acción, a veces como el amigo que acompaña a uno en su soledad retraída ante el que lo escucha.

A estas “muletillas” de la lengua se les ha sumado desde hace años una insufrible moda que se ha convertido en comodín irremediable, sobre todo de deportistas, cuando, tras ganar alguna competición, son entrevistados in situ por la prensa o la televisión. Se observa su empleo en tenistas, ciclistas, futbolistas, atletas y baloncestistas, que suelen ser los más entrevistados en los medios españoles.

¿Alguien intuye ya a qué “muletilla” me estoy refiriendo? Yo, sin ir más lejos, se la oí repetir hasta la saciedad al ciclista Pedro Delgado cuando aún iba encorvado sobre la bicicleta; se la volví a escuchar constantemente cuando se convirtió después en comentarista de televisión para transmitir el Giro, el Tour y la Vuelta… y ahora, después de llevar tantos años vibrando con el Mortirolo, el Tourmalet o el Angliru, parece que su vicio verbal ha remitido un poco.Pero ahí están sus discípulos, aunque él también lo fuera —porque las fórmulas se maman del ambiente­—, que, después de tantos años, no se cansan de repetirla. En verdad os digo que es vicio cansino y pernicioso para el oído.

— La verdad es que ha sido un partido complicado y ha podido ganar cualquiera.

— ¿Y crees que ha sido falta la jugada del primer gol?balon-y-campo-de-futbol1

— La verdad es que yo estaba lejos y no he podido distinguirlo.

— ¿Y ahora qué le espera al equipo?

— La verdad es que aún nos queda pelear mucho por el primer puesto.

— Tú, desde luego, has hecho un partido magnífico.

— La verdad es que, bueno, ha jugado bien todo el equipo.

La verdad es que estos deportistas españoles podrían, además de lanzar la bola, lanzar también algo mejor las palabras. Este vicio lingüístico, como se aprecia, es feo y deplorable, tan feo o más que “pegar a un padre con un calcetín sudao”.  Y no reniego del uso de la expresión, sino de su reiteración abusiva y empobrecedora. Y conste que, aunque en los deportistas parece ser moneda habitual de cambio, también la oímos con frecuencia en diversos medios culturales, artísticos, políticos…

El empleo constante de la frasecilla, cada vez que un interlocutor abre con ella su respuesta a una pregunta, causa molestia y retrata ipso facto al usuario. El habla es el estilo y, como escribió el naturalista Buffon en el siglo XVIII, el estilo es el hombre.