EL IDEAL DE BELLEZA: DE LA ANTIGÜEDAD AL RENACIMIENTO

Julián Moral

escultura-venus-miloLa conciencia que refleja el goce estético y su expresión verbal o plástica tienen un desarrollo lento a través del tiempo histórico. La evolución en las creencias, las ideas, las corrientes de pensamiento y la evolución histórica en general determinan en cada tiempo una diferente visión en el concepto amplio de belleza, y, dentro de él, sobre el ideal de belleza femenino: de lo que hemos dado en llamar “LA MUJER SOÑADA”, cuyos cánones estéticos, en cada momento, tienen que entenderse sobre la base de condiciones históricas variables.

El examen iconológico de una obra de arte, según E. Lafuente Ferrari, comporta el análisis y conocimiento del espíritu de la época y de sus modos, modas y símbolos. A partir de esta idea, me aproximaré al motivo central de esta reflexión, esto es, cómo han evolucionado los cánones de belleza femenina, haciéndolo a través de lo que creadores y eruditos definen como las “altas representaciones del espíritu”: pintura, escultura, literatura… Bien entendido que, salvando los contextos culturales, una vez más, seremos cómodamente eurocentristas.

Comenzaré diciendo que, a pesar de su transcendencia, ninguna categoría de belleza femenina puede atribuirse únicamente al puro deseo, a la pura percepción o pulsión sexual. El deseo sexual es una necesidad natural encaminada a la función reproductora. Cuando este deseo, por la vía de la experiencia-inteligencia, se hace consciente y selectivo al fin y al objeto, les pone formas deseables y surge el modelo (en este caso de belleza femenina) que responde mejor a las expectativas del fin y el deseo.

Por ello pienso que el ideal de belleza que nos ocupa se conforma y sustenta a través del tiempo histórico y del contexto situacional y el cambio social permanente sobre tres ejes interrelacionados: la procreación, la satisfacción sexual y la satisfacción estética o conjunto de vivencias culturales asociadas o incorporadas por el ser humano. El desplazamiento de la relevancia de cada uno de estos factores en cada momento histórico implica un cambio (en el día a día quizá imperceptible) en el modelo de belleza femenina.

fryne_przed_areopagiemEnmarcaremos el análisis en las grandes etapas históricas relacionadas a su vez con las grandes corrientes de creación estética, a conciencia de que cualquier evolución nunca es un salto sino un continuum.                                                                 

Las vivencias del hombre primitivo eran directas, sin espacio para que la posterior reflexión y representación en la conciencia se depurase de la inmediatez. Por ello el simbolismo primitivo contempla la realidad y su representación (forma y contenido) como un todo. El pensamiento trata de atrapar en la imagen lo que más le interesa: la caza, la pesca, la lucha… y, en el caso de la representación femenina, las formas que a través de la experiencia ha comprobado que son las más idóneas para el fin que más le preocupa: el crecimiento y supervivencia del grupo, horda, tribu…, esto es, el receptáculo de la gestación en una genético-natural-simbólica representación como son las VENUS DE LA FECUNDIDAD: de Villendorff (Austria), Sesplugue (Francia), Grimaldi (Italia), etc.  La obsesión por la creación se traduce en una representación, en un modelo en el que predomina la magnificación de la gestación: la exuberancia de pechos, caderas, vientre como receptáculo del ser, simbolizando la fuerza generadora; lo demás es informe y secundario. No obstante, pienso, que al margen de la esfera mágico-natural, las intenciones mágico-religiosas y las posteriores ético-religiosas a las que se pueden atribuir actitudes estéticas, la necesidad humana (individual y colectiva) de ver la vida más hermosa de lo que ofrece la realidad, también está en la base de la evolución en la concepción de la belleza de los cuerpos. Por ello cabe preguntarse: ¿fueron creadas con propósito de función estética las primeras representaciones prehistóricas? ¿Qué pensamientos había latentes en el artífice a la hora de plasmar la imagen?                                                          

VenusOfWillendorf2El sexo en la forma primaria necesitaba ser ennoblecido por la belleza, estilizado en las formas de los cuerpos que participaban-propiciaban el ritual del goce y del deseo. En la liturgia cada vez más compleja de la selección natural de un ser humano cada vez más social, civilizado y refinado, han cedido los impulsos y necesidades absolutamente básicas y los cambios sociales, culturales, etc., producen modificaciones en las formas de representación y expresión del ideal de belleza femenino. Ya no sólo juega un papel predominante la capacidad de gestación. El concepto de belleza ha incorporado elementos subjetivos del proceso civilizador; las representaciones de la mujer (exuberantes matronas) nos ilustran de la importancia de la maternidad, pero también nos ofrecen una visión selectiva, un cuerpo de mujer perfilado,  acabado y armónico; sano, fuerte, equilibrado y rotundo en su conjunto, natural para su función y sensual para su goce y disfrute.

La Antigüedad Clásica desprende un aura sensual en su representación plástica y en su literatura mitológica y pastoril. Una sugerente impudicia y un ansia de equilibrio y armonía. El desnudo de la mujer es una exposición de belleza esencial que expresa una actitud emocional ante la alegría de las formas naturales y su equilibrio. Si seguimos a Hesiodo, la unión de fuerza-valor-belleza está simbolizada en Armonía, hija de Marte (fuerza, valor, pericia) y de Venus (la fuerza generadora de la naturaleza). Una suerte de fusión de fuerzas que equilibra el eje par procreación-satisfacción sexual.

En la Edad Media en general –pues evidentemente hay diferentes etapas- impera un espiritualismo conceptual religioso que busca la idealidad –espiritualidad en la belleza femenina. Una criatura bella participa de la naturaleza de la belleza divina y el cuerpo es bello si es adecuado a su fin. El pensamiento simbólico está cargado de idealismo platónico cristianizado y las figuras de la mitología antigua se interpretan de una forma moralista-cristiana, sobre todo, a través de Ovidio moralizado. Sto. Tomás de Aquino (Summa theologiae) reduce el concepto de belleza a las ideas de perfección (las cosas incompletas son por sí mismas feas), proporción (armonía, equilibrio) y claridad (son bellas las cosas con brillo y luminosidad). Pero no podemos dejar de recordar la gran influencia en los cánones de belleza femenina de la cultura erótica-cortés. El ideal de belleza femenina en la época de los trovadores (XII-XIII) representa la total aspiración espiritual de la sensibilidad medieval.

medieval_dressRègine Pernoud en su estudio sobre Eloísa y Abelardo señala “la literatura del tiempo abunda en comparaciones que evocan la belleza femenina, llena de esplendor y armonía: cabellos rubios luminosos como la seda, resplandecientes como el oro; frente blanca como la leche, (…) la rosa, el lirio, el marfil, la nieve se evocan por turno para hablar de la cara y del pecho; el cristal para la voz; para las piernas columnas de mármol”. Belleza sublimada; comparada con materiales nobles, puros; brillo esplendoroso…  El concepto de amor sexual se espiritualiza; en el Roman de la rose, 1ª parte de Guillaume de Lorris, se sustituye la realidad carnal de la mujer por una flor mística. En el “dolce stil nuovo” de Dante y sus contemporáneos el ideal de belleza femenina funde los elementos corteses con una sensualidad natural que había en los admirados modelos de la Antigüedad. La  relación reproducción-sexo se tiñe de espiritualidad y la belleza femenina se super-idealiza: una flor mística, un ángel para el “dolce stil nuovo”, algo sobrenatural como Beatrice para Dante, glorificada como  Laura en Petrarca…

Digamos que, en general, la Edad Media opone el elevado amor espiritual a la prosaica pasión sexual y esto se traduce en una concepción de la belleza femenina que trata de alejarla de las de las “bajas” funciones orgánicas. Ya en la última Edad Media, Domenico Ghirlandaio  (Retrato de Giovanna Tornabuoni, 1488) nos ofrece una representación que enmarca un concepto de belleza femenina cargado de ingenuidad, sin apenas atisbos de insinuación a los sentidos: espiritualidad sin erotismo y un fuerte sentido del pudor.

Si en la Edad Media hay una línea de pensamiento muy arraigada que tiende a convertir la actitud hacia las funciones del cuerpo en su contrario, lo somático como pecaminoso y sucio, en el Renacimiento se vuelve al mundo antiguo en una reinterpretación de los modelos clásicos y de los temas mitológicos paganos, adaptados a la tradición cristiana. Resurge una unión con el sentimiento de la naturaleza y se vuelve a reinterpretar  el desnudo de los cuerpos produciéndose un esfuerzo de síntesis entre paganismo y cristianismo. El Renacimiento se ve también muy influenciado por el neoplatonismo  esencialmente estético (belleza moral y física; armonía entre la belleza inteligible y la visible) de Piero de la Mirandola, Pietro Bembo, Baltasar de Catiglione… El platonismo cristianizado medieval así como el neoplatonismo renacentista resuelven o atenúan el conflicto entre los deseos sensuales (sexo) ilimitados y los escasos logros que la realidad concede: deleitarse en la contemplación-deseo de lo espiritual de la materia, del cuerpo; satisfacerse con la belleza visual. Lo que los neoplatónicos llamaban el “esplendor de la luz divina”. Para Pico de la Mirandola sólo el deseo que tiende conscientemente a la belleza es amor.

afroditaAsí, entre varias influencias que evolucionan, la imagen de la “mujer soñada” retoma en gran medida el modelo de la Antigüedad a través de los filtros mitológicos paganos y los cristianizados por el Medievo. Pero el sentimiento y sensibilidad humanista y la estética de integración con la naturaleza desplazan de nuevo el eje procreación-sensualidad desde la espiritualidad medieval hacia una concepción sensual humanista refinada que perfila un modelo estético en equilibrio entre belleza natural armónica y refinamiento sensual. Por ello, en el Renacimiento, las representaciones de la belleza femenina expresan, en general, una cierta tensión entre lo natural y lo espiritual: Ticiano: AMOR SAGRADO Y AMOR PROFANO; Botticelli: LA VERDAD DESNUDA.

Por llegar a la belleza de su alma

exploraré su cadena de adeene,

descifrado el mensaje que contiene

¡Qué gozo! Para mí será la palma.