ROBIN HOOD

Juan Angulo Serrano

 

La crítica no la ha tratado muy bien. Siempre esperan de este director otra obra maestra, como Alien, Blade Runner o Thelma y Louise. Y yo me pregunto si es que no tiene derecho a realizar cine de evasión y comercial dentro de una calidad que, curiosamente, nadie le discute. Otros como Coppola o John Houston realizaron también películas alimenticias y bastante peores que ésta. Curiosamente, ya es la quinta que dirige sobre temas históricos (véase mi artículo sobre El Reino de los Cielos en el número II de 10/2007 en esta Página). ¿No será, por su apellido, descendiente del ilustre creador de la novela histórica?

Este personaje es uno de los que más veces ha sido tratado por la gran pantalla. Pero casi siempre contándonos sus peripecias en el bosque de Sherwood o sus peleas con el sheriff de Nottingham y sus secuaces. Aquí, sin embargo, se nos presenta a Robin desde sus orígenes como un simple arquero de Ricardo Corazón de León a su vuelta de las Cruzadas. Y termina precisamente donde empiezan las demás, es decir, como proscrito de Juan sin Tierra y en el bosque con sus amigos, su carcaj y sus flechas. A lo mejor es que nos prepara una segunda parte.

Hay que reconocerle una vitalidad extraordinaria para, a sus 72 años, abordar una superproducción con miles de extras y escenas de acción tan colosales. Y la osadía de retomar este mito después de Robin Hood, príncipe de los ladrones, con Kevin Costner, que obtuvo un importante éxito de público.

Como era de esperar del director de Gladiator, la puesta en escena es impecable, recreando con todo detalle tanto los palacios como los poblachos y cabañas en donde malviven los súbditos. Destacaría sobre todo el castillo en ruinas del patriarca sajón del clan Loxley -un Max von Sydow, impagable como siempre, que lleva ya a sus espaldas ¡133 cintas!, a sus 81 años, casi todas interesantes y algunas obras maestras-.  Curiosamente, para el utillaje y atrezzo de los numerosos extras consiguieron recuperar una gran parte de los usados en la ya referida El Reino de los Cielos, que transcurría en la misma época.

La acción no decae. Destacaría algunas escenas, como la toma del castillo por Ricardo; la pelea en el bosque, donde es abatido el caballero Loxley;  pero, sobre todo, el desembarco de los franceses en las playas de Inglaterra que parece estar inspirado en Salvar al soldado Ryan, de Spielberg, aunque aquí los invasores van en dirección contraria, como así me hizo observar mi amigo Antonio González, presidente de una asociación de veteranos con el que la vi y que, al igual que yo, pasó un rato entretenidísimo. Porque el ritmo, gracias a un adecuado montaje, está bien controlado, intercalándose perfectamente las escenas de acción con las reflexiones –que alguna hay– y los escarceos amorosos de nuestro protagonista con Lady Marian.

Y aquí tengo que detenerme. Solo por disfrutar de la actuación de Cate Blanchett merece la pena verla. Impresiona. Y el Sr. Scott, consciente de su calidad, se recrea con ella en todas las escenas en que aparece. Su deambular por el castillo de Loxsley –filmada como casi siempre en contrapicado –  transmite una elegancia, dignidad y dominio de la situación que no esperas encontrar en una “peli de aventuras”.  Por el contrario, te la crees totalmente cuando, como una villana más, ordeña o recolecta los campos. O aquella otra en que la cámara va rodeando su rostro, que ocupa toda la pantalla, como si se tratara de una escultura griega. Me gustó tanto o más que como Galadriel, reina de los elfos, en El señor de los anillos, o  como Isabel I, reina de Inglaterra, en Elizabeth (1998) con la que el cine la recibió por la puerta grande papeles relativamente similares a éste. Es una de las mejores de su generación. Comparable sin lugar a dudas a Katharine Hepburn, pues, al igual que ella, sin ser especialmente bella, subyuga con su mirada, su rostro anguloso, sus gestos  y su presencia física. Tanto es así que Martín Scorsese la eligió para encarnarla en El aviador (2004) interpretación que le valió un Oscar. Por si fuera poco, está muy bien doblada al castellano.

Russell Crowe, solvente como casi siempre y, pese a que ya está madurito –46 “tacos”  y australiano como la anterior -,  resuelve con nota las múltiples escenas de lucha y tampoco se le da mal utilizar el arco. Resulta interesante comentar que se trata de su cuarta colaboración con Ridley Scott. Esta simbiosis de actor/director se está dando mucho últimamente. Véanse los casos de Martín Scorsese y Leonardo di Caprio; David Fincher y Brad Pitt; Tim Burton y Jhonny Deep; o James Gray y Joaquin Phoenix.  (Por cierto, y aunque no sea histórica, recomiendo su última colaboración en Two lovers, drama romántico espléndido, de los que se ven pocos).

 Robin Hood, al igual que el Rey Arturo (tratado en el nº XIII de esta Página, 8/2009) pertenecen a los mitos y leyendas sajonas, con algunos visos históricos, y que forman parte de la memoria colectiva mundial. Sobre nuestro arquero, la Historia reconoce no a uno sino a varios personajes reales, casi todos nobles rebelados contra el poder. Literariamente, aparece por primera vez en 1377, con la novela Pedro el Labrador, de William Langland, y en 1459 en la de Wyrkyn de Wade La pequeña gesta de Robin Hood. Y, por supuesto, en Ivanhoe de Walter Scott, muy querido y recordado por nuestro editor en su fenomenal novela La reina de las tres muertes.

 Que nadie busque rigor histórico. Aunque se nos presentan personajes reales como Ricardo Corazón de León, su hermano Juan sin Tierra, la madre de ambos, Leonor de Aquitania – espléndida Eileen Atkins – o Felipe II de Francia, los anacronismos y tergiversaciones son numerosos.

 Sobre este personaje se han rodado cerca de 80 películas. Las más recomendables son Robin de los bosques, de 1922 con Douglas Fairbanks; con el mismo título la emblemática de Michael Curtiz de 1938 con Errol Flynn y su inmortal traje verde ajustado aunque, por entonces, creo que no se utilizaba la lycra; Robin y Marian (1976, Richard Lester) con Sean Connery encarnando a un Robin crepuscular y Audrey Hepburn en uno de sus últimos roles. Interesantes también son Las locas aventuras de Robin Hood (Mel Brooks 1993), desternillante parodia, y la versión en dibujos animados de los estudios Disney de 1973. Son incontables las novelas, cómics, series de televisión, videojuegos, etc. que le tienen de protagonista.

Por lo tanto, recomiendo verla sin prejuicios, con la mentalidad de nuestros años infantiles y adolescentes, pues se trata, nada más y nada menos, que de una “peli” de aventuras históricas.

 (Innegable la influencia del cine en la sociedad. Termino de escribir esto el lunes 24 de mayo de 2010, día en que casi toda la prensa y  políticos no paran de referirse a nuestro héroe, Robin Hood, ante las declaraciones del Gobierno de que: “…va a subir los impuestos a los más ricos…” ¿Utilizarían este símil si la película no estuviese en cartel?)