SEPULCROS REALES

Sergio Guadalajara

Jaime I recibiendo al obispo Vidal de Canellas

Jaime I recibiendo al obispo Vidal de Canellas

No lo podía haber imaginado. Un aragonés del siglo XIII no habría creído posible que el hombre más poderoso al que había conocido acabara haciendo guardia en las puertas de un monasterio. Eso es lo que le sucedió a la momia de Jaime I el Conquistador, en el monasterio de Poblet. No fue el único que sufrió la apertura de su tumba después de cientos de años desde su muerte.

Jaime I había sido enterrado con todos los honores propios de su condición bajo un espléndido panteón que, más tarde, sería ampliado por sus sucesores en la Corona aragonesa. Desgraciadamente, el monasterio de Santa María de Poblet fue saqueado en numerosas ocasiones durante el siglo XIX. El primer saqueo lo realizaron las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia a su paso por el cenobio en 1809. Por suerte, respetaron las sepulturas reales. Unos años más tarde, en pleno Trienio Liberal, hubo otro ataque al monasterio. Numerosas dependencia y objetos de gran valor como el coro del siglo XVI, los altares y el órgano, entre otros, fueron quemados. De nuevo los regios enterramientos salieron indemnes.

Sin embargo, su suerte cambiaría cuando, tras el abandono forzoso del conjunto monástico en 1835, vecinos de los alrededores decidieron entrar en el cenobio en busca de los tesoros que creían que habían dejado escondidos los monjes. Al no encontrar nada, abrieron y profanaron las tumbas de los antiguos reyes de Aragón por si en su interior podían rescatar algunas joyas u objetos valiosos. Los restos de Juan I el Cazador, Pedro IV el Ceremonioso y los de sus esposas acabaron esparcidos por las desiertas salas de Poblet. La momia de Jaime I sufrió, como ya he dicho anteriormente, un destino algo peor: fue colocada en la puerta con un trabuco entre sus manos para que hiciera guardia.

Los restos de todos estos reyes fueron recuperados y llevados a diversos lugares para evitar acciones similares. Los de Jaime I el Conquistador no volvieron al monasterio de Poblet hasta el 3 de junio de 1952, procedentes de la Catedral de Tarragona.

Otro caso de profanación curioso tuvo lugar en el monasterio de Santes Creus, en la provincia de Tarragona. Allí se hallaban los restos mortales de Pedro III de Aragón y de su hijo, y también rey, Jaime II.

Cuando murió Pedro III, su sucesor Jaime II dispuso que se erigiera un sepulcro para su padre en el lugar en el que éste había deseado ser enterrado. Junto a él se construyeron también otros dos: uno para él mismo y otro para su esposa Blanca de Nápoles. No obstante, el de Pedro III era de mayor riqueza decorativa: el material que se utilizó era el pórfido rojo; además estaba cubierto por un baldaquino y unas tracerías de mármol blanco.

En 1835, mientras se estaban desarrollando las Guerras Carlistas, un destacamento de migueletes (unidad militar propia de Aragón)  llegó al monasterio. Una vez allí, decidieron, en un demostración de sabiduría infinita, que lo mejor que podían hacer era dedicarse a abrir las tumbas de sus antiguos reyes. Tiraron la momia de Blanca de Nápoles a un pozo del que no sería sacada hasta casi veinte años más tarde. Los restos de Pedro III, gracias a la resistencia del pórfido de su sepulcro, no sufrieron ningún daño y, gracias a ello, se han mantenido hasta la actualidad como los únicos de un rey de Aragón que nunca han sido profanados. Por desgracia, consiguieron abrir la tumba de Jaime II para después quemar sus restos. Se cree que no todos fueron calcinados.

Ruinas de San Benito de Sahagún

Ruinas de San Benito de Sahagún

¿Cómo podrían haber creído todos estos poderosos reyes que tantos años después de su muerte sufrirían tales humillaciones y destrozos? Para ellos habría resultado increíble, y más teniendo en cuenta que se encontraban descansando en lugares sagrados, considerados como “la casa de Dios”. ¡Qué lástima que la estupidez del hombre llegue a tales límites!¡Habríamos podido conservar tantas cosas!

Por lo leído hasta el momento en este artículo, el lector podría pensar que únicamente se han realizado profanaciones o destrucciones de regios cadáveres en lo que antes era conocido como la Corona de Aragón, pero nada más lejos de la realidad.

Alfonso VI de León recibió sepultura en el monasterio de San Benito de Sahagún. Allí se mantuvo hasta que en 1810 llegó la guerra hasta él. Dentro del monasterio se atrincheraron soldados franceses. Los españoles, para hacerlos salir, incendiaron el monasterio, que fue destruido. Lo que quedó de los restos del rey Alfonso VI y sus esposas fue guardado en unas cajas que permanecieron hasta 1835 en el archivo del monasterio. Ese mismo año fueron entregadas a un pariente de un religioso del cenobio. Estarían en poder de su familia hasta 1902, año en el que fueron encontradas por un catedrático. Hoy en día se conservan en el monasterio de las benedictinas de Sahagún.

Ni que decir tiene que éstos son tan sólo una pequeña muestra de lo que han sufrido los numerosos sepulcros y enterramientos, no sólo de la realeza, para llegar a nuestros días. Como último ejemplo, a pesar de no haber sufrido saqueo alguno, querría mencionar  los restos de Alfonso X el Sabio. Su corazón se encuentra en la catedral Murcia, ciudad que conquistó siendo infantejo; y lo demás se halla sepultado en otra catedral, la de Sevilla, en la que transcurrieron sus últimos días.

¿Dónde estarán todos ellos dentro de doscientos años?