LA NATURALEZA EN EL MUNDO ORIENTAL

Julián Moral

El esquema histórico que utiliza Occidente: Antigüedad, Edad Media, Tiempos Modernos, no tiene apenas bases que se correspondan con los tiempos del mundo oriental; por ello, nos acercamos a su visión de la naturaleza de una forma mucho más general, de aproximación y con el objetivo, también, de excusar, aunque sólo sea en parte, nuestro tantas veces reiterado eurocentrismo.

Para comenzar señalaré que los humanos del mundo antiguo oriental, igual que los occidentales y quizá antes que éstos, personalizaban, en forma de dioses, los cielos, la tierra, el sol…, así como objetos, fenómenos y fuerzas naturales. No obstante, y dicho esto, si analizamos religiones, filosofías, historia, culturas, etc., observaremos que el acomodarse a la naturaleza y respetar sus ritmos ha sido una actitud poderosamente influyente en buena parte del mundo oriental. Tanto en su mística religiosa como en su complejo pensamiento filosófico, desde Asia Central a China, India o Japón, surge el pensamiento y  se remarca la actitud natural de las cosas: “El hombre perfecto se aplica a la tarea de no hacer nada y de enseñar callando”, filosofaba Lao-Tsé (aprox. S. VI a. C.) un exégeta de Tao.

El quietismo es un principio que no pone en contradicción el confucionismo y el taoísmo. Chuang-tzu (s. III a.c.) exégeta de Lao-Tsé, si bien criticaba las estructuras del confucionismo y todo su complejo ritual social, apelando a la espontaneidad naturalista recomendada por el TAO, coincidía en la actitud quietista con aquél como prueba este pasaje tomado de Carmelo Elorduy: Dos grandes maestros del taoísmo: “Tzu-Kung pregunta ¿cómo ese mundo en que ellos se mueven?” (se refiere a los peces). “Confucio contesta: a los peces que viven en el agua, les basta cavar un pozo y allí tienen asegurado su sustento. Del mismo modo, a quien vive en el TAO, sin hacer nada tiene asegurada su vida”. (Chuang-tzu: NAN-HUA-CHING).

Conviene también señalar que la mística occidental helénica de la vuelta a la inocencia primitiva y su nostalgia de la “Edad de Oro”, entronca o tiene referentes en el taoísmo. Chuang-tzu deploraba en el siglo IV a. C. la extinción de la “Edad de la virtud perfecta” en que “los hombres vivían en comunión con los pájaros y las bestias”, coincidiendo a su vez con visiones místicas medievales occidentales que estigmatizaban los inventos mecánicos. “Oí decir a mi maestro: los que se sirven de aparatos mecánicos ciertamente, tienen tareas mecánicas; quien se ocupa de tareas mecánicas tendrá un corazón mecanizado”.

Las  tradiciones religiosas nutren ampliamente los hábitos sociales en Oriente. Pero al contrario que en Occidente, esa actitud activa frente a la naturaleza propia del helenismo cristianizado y, sobre todo, del posterior cristianismo reformado, no forma parte de las religiones y filosofías orientales. Tanto en la mística panteísta-cosmogónica védica (brahamínica, budista, jainista y de posteriores divinidades como Siva, Visnú, Krishna) como taoísmo, confucionismo, zoroastrismo persa o sintoísmo japonés, subyace la tradición de un mundo terminado, de lo que se desprende con frecuencia en el mundo oriental esa actitud pasiva ante la naturaleza que determina una especial impronta en la relación ser humano-medio.

Aunque las escuelas filosóficas independientes o de menor orientación religiosa que se dieron en Oriente tuvieron también su influencia en un sentido menos místico, terminamos topándonos con esa actitud tan arraigada en el mundo oriental, por ejemplo, en una de las más influyentes, la yoga, fundada por Patandjali, que contrapone la contemplación a la ciencia, la inacción a las obras. De nuevo el quietismo oriental modelando el pensamiento y la acción y condicionando la actitud social a través del tiempo histórico de Oriente. Además, las diferencias metafísicas entre los sistemas monoteístas y las visiones religiosas típicamente orientales, más místicas e intimistas, imprimen a la relación hombre-sociedad-medio una dinámica, si no radicalmente diferente, sí con unas características propias. Por ello, en general, se asegura que la religiones y filosofías orientales, llenas de especulaciones cosmogónicas e impregnadas de la idea del eterno retorno (tan opuesta a la concepción lineal del tiempo en Occidente) influyeron en las acciones y en la forma de relacionarse con el medio, debido a este pensamiento cíclico, a esta idea tan oriental de la futilidad de la existencia.

No obstante, deberíamos huir de encasillarnos en una visión monolítica del pensamiento filosófico-religioso de las civilizaciones orientales. Por ejemplo, en el siglo II a.C. el pensador Hsun-tzu contradice la concepción taoísta y confuciana; para él no basta con dejar a la naturaleza desarrollarse por sí misma: hay que corregirla para que no se extravíe. En el pensamiento persa predomina la metafísica y la mística más que la reflexión ética; no obstante hacia 650-600 a. C. el zoroastrismo (Zaratustra o Zoroastro) plantea el viejo conflicto ético: agricultura-sedentarismo o ganadería nomadismo (Caín-Abel). El jainismo (India) es una doctrina que tiene punto en común con el budismo (ausencia de deseo, renuncia, liberación de la dependencia de las cosas), y en relación con el medio natural habría que destacar que los jainistas practicaron (y practican) un fervoroso respeto a los animales.

En general, se puede señalar que la tradición oriental respecto al medio se vio poco alterada o influida por el Islam a pesar de la máxima mahometana de que el hombre es vicerrey de Dios. También en el mundo islámico hubo una tendencia a la mística especulativa, sobre todo en el sufismo iraní. Juan G. Atienza señala puntos de conexión entre la mística cristiana medieval (preservación de la obra perfecta de Dios) y el misticismo sufí de Najamuddin Kubra, el Mayor: “Este maestro lo mismo que el santo Asís, tenía –según dice la leyenda- una gran influencia sobre los animales. Incluso se cuenta de él un prodigio paralelo al del lobo salvaje que domesticó San Francisco con sólo la fuerza de la mirada”.

De lo expuesto podríamos deducir que en el pensamiento oriental no predomina la idea del hombre como fin de la existencia de los demás seres, como ocurre en el pensamiento occidental; lo que a la hora de analizar supuestos ecológicos sustentadores de comportamientos sea inevitable encontrarnos con la dicotomía: conquista de la naturaleza/contemplación y abandono de esa naturaleza, o lo que es lo mismo: quietismo oriental/acción occidental. En general, las visiones religioso-filosóficas orientales (excluido el judaísmo) no animan a la transformación del entorno, inclinándose a la integración armónica del hombre con la naturaleza: el hombre no estaba al margen y la naturaleza era sacralizada; el código ético ser humano-medio impulsaba las acciones en general, con ritmos y objetivos diferentes de Occidente. Desde una perspectiva más economicista, K. Marx en algunos ensayos sobre la India británica habla sobre la idea de un “modo de producción asiático” y M. Weber analizó la “ética económica” específica de la religiones orientales señalando cierta falta de “racionalismo económico” en dicha ética.

Lo expuesto no quiere decir que sociedades que tenían por sagrada la naturaleza no la hayan destruido o modificado radicalmente; la ignorancia o la  codicia suelen ser tan dañinas o más que el avance tecnológico. Japón en la actualidad (que no tiene por qué ser un caso de ignorancia o codicia), a pesar de su tradición de culto a la naturaleza en sus santuarios sintoístas, es uno de los países ecológicamente más alterados. Pero quizá, ese respeto excesivo a la sabiduría superior de los ciclos de la naturaleza –con independencia del modelo o modelos de producción señalados por Marx y Weber- avocó a Oriente a un cierto atraso secular que se vio obligado a abandonar en la medida que la presión occidental se hizo patente. Con la llegada del influjo occidental: las cruzadas, los primeros viajeros (Pian del Carpine, Guillermo Rubrick, Marco Polo, R. González de Clavijo) el comercio, el colonialismo…, ocurren en Oriente importantes cambios en los esquemas morales.

La llegada de los portugueses (Vasco de Gama) a la costa Malabar (1498) significó una nueva relación entre Europa y Asia. En India la decadencia y desintegración del Imperio mogol acaba propiciando la posición como potencia dominante de la Compañía de las Indias Orientales (1757-1800). Se produce una aceptación paulatina de las ideas y valores del mundo occidental y, en relación con el medio, se adopta la tesis hegeliano-marxista de que la naturaleza es una potencialidad que aguarda la iniciativa creadora del ser humano. Según C. Marx, la gran influencia civilizadora del capital residía en el abandono de la deificación de la naturaleza; y no cabe duda que la geografía y la realidad oriental se impregnaron, con el paso del tiempo de la realidad occidental.

En China el neoconfucionismo (960 aprox. d.C.), que logró absorber las ideas taoístas y budistas, conservó la supremacía ideológica hasta el siglo XX en que es sustituida por el marxismo. A partir de la revolución, el nuevo régimen chino introduce –con su peculiar retórica maoísta- los modos y pensamiento occidentales: “los pensamientos del presidente Mao nos guían en nuestros tiempos sobre la naturaleza”.  Las viejas tradiciones y la vieja concordancia ser humano-medio natural, tan propias del pensamiento chino, se enfrentan a partir de entonces (y especialmente en la actualidad presente) con la certeza de que deben tomar de la actitud occidental su afán de lucha y vocación de progreso.

En fin, tanto Occidente como Oriente, con la misma visión de aldea global que caracteriza al mundo actual, encaran la relación ser humano-medio natural y la degradación evidente del planeta desde la perspectiva de unos hábitos mentales que pueden coincidir en los diagnósticos, pero que se resisten a converger a la hora de aplicar soluciones para evitar el desastre.