IVANHOE

Pedro Centeno Belver

Te invito, querido lector, a accionar esta nuestra máquina del tiempo que, construida sobre el blanco papel con selectas hebras de tinta, nos va a transportar, una vez más, a los años oscuros. Habremos, sin embargo, de hacer un alto en el camino, siquiera sólo por quitarnos el sombrero ante, por qué no decirlo, el autor que permite que esta Página electrónica, homenaje a la historia y la literatura, sea hoy una realidad.

Nacido en Edimburgo, en 1771, Sir Walter Scott iniciaría su periplo por el mundo de las letras como poeta; hombre culto y políticamente conservador, hoy en día se le conoce principalmente por su obra en prosa, en la que destaca con honores la novela que esta vez nos ocupa, Ivanhoe. Acuciado por las deudas, el autor de las novelas de Waverley –como se conoce el ciclo de novelas históricas ambientado en su Escocia natal- se vio obligado a buscar fórmulas para atrapar al lector y apartarle de la literatura -principalmente de terror, sensacionalista o devota- que acompañaba a las damas y lectores de la época. Este motivo, según él mismo reconoce, le hace mudar por Inglaterra el escenario inicial de su producción novelística con el fin de no agotar la fuente de ingresos –léase el interés de los lectores que tanta estima le había tomado.

Sin embargo, esta serie de fórmulas o innovaciones no se limitan al aspecto puramente temático, sino que también nos encontramos con una técnica elaborada que, si bien hace pensar en muchas ocasiones que estamos ante un “contador de historias”, no deja de presentar interesantes elementos, sean narrativos –como diferentes cuadros de acción en capítulos distintos que transcurren en un mismo tiempo-, sean funcionales –como la caracterización de los personajes, que, en cierto modo, se hace más social. De aquí que se le atribuya en ocasiones la progenitura de la novela moderna como tal, más allá del epíteto de histórica.

No cabe duda de que el éxito fulgurante de sus novelas contribuyó a hacer del escocés un gigante entre las letras universales, figura que se ha ido achicando levemente con el paso del tiempo, entre otras cosas porque tampoco ha sido ajeno a las embestidas de otros autores, principalmente del siglo XX, que le acusan de superficial, en ocasiones desordenado y, en fin, de arqueólogo. Uno de ellos fue E. M. Forster; casi un siglo más tarde, el londinense produjo interesantes novelas bastante alejadas de la temática de nuestro escritor como Una habitación con vistas que, paradójicamente, finaliza con un capítulo intitulado “El fin de la Edad Media”.

Hoy por hoy, podríamos discutir si las acusaciones sobre Scott son más o menos fundadas, pero si es cierto que la técnica de Forster es más compacta, mejor trenzada y más elaborada, no lo es menos que su novela cumbre adolece de una afectación victoriana que, como en los casos referidos del escocés, podrían ser tan virtuosas como vilipendiosas. Obviamente, los méritos de uno y otro son muy distintos y, por ello, cualquier comparación se hace imposible.

Llegados, pues, a este punto, disponemos de la armadura y armas necesarias para adentrarnos en el Medioevo de Walter Scott, menos oscuro que atractivo, inspirado en valores puros y alejados de la vida cotidiana de cualquier ciudadano decimonónico; abreviando, un Medioevo romántico.

La ambientación histórica de Ivanhoe –la novela­- es, sencillamente, excepcional. Parecería ingrato decir que ésta parte fundamentalmente de los escenarios cerrados, pero hay que señalar que es en los salones, los castillos, las cámaras, donde Scott despliega toda su erudición sobre la época. No en vano acompaña sus novelas de notas referentes a las costumbres, instrumentos y herramientas propias de las épocas. Es difícil eludir del recuerdo los apéndices de Lope de Vega a sus novelas, tan gustoso de florilegios o del singular Mamotreto de los que se instruía. Pero lo que en el madrileño partía como muestra de sabiduría en el escocés se muda en afán de veracidad. Y, en efecto, no habría motivos para tales inclusiones tras la abrasadora crítica de Cervantes a semejantes costumbres. Este afán arqueológico, tomado en un sentido que nunca fue negativo, es el que realmente hace que podamos hablar de esta obra como relato histórico, llegando a plasmarse en el propio lenguaje empleado por los personajes, pues aunque nunca llegan a adoptar la lengua de Chaucer –ya que el lector, si no “pronto estará dispuesto a olvidar el libro por desesperación”-, constantemente hacen referencia, en tonos arcaizantes, a leyendas y mitos sajones y normandos.

Además, Sir Walter Scott nos lleva a una época concreta: a los tiempos de las Cruzadas y de la disputa del trono entre un confinado Ricardo I Corazón de León y su hermano Juan. Abandonamos así los tiempos ahistóricos de la caballería de Amadís para adentrarnos en un mundo que nos recordará perennemente los parodiados orígenes de la obra cumbre de la literatura española. Sería difícil saber si, disfrazado con su sotana, Cervantes salvaría de la quema nuestro libro, pues los méritos de éste son muy diferentes de los que el alcalaíno valoraba, pero es cierto que Ivanhoe posee puntos débiles en su genialidad.

Y sometemos a esta cuestión nuestra novela porque el parentesco con las novelas de caballerías –las antiguas, se entiende, pues todo otro es evidente- se hace muy próximo en ocasiones. Los combates a los que asistimos en ella, los valores que rigen a los héroes –más adelante habré de justificar este epíteto-, y parte de la ambientación, junto con el manuscrito encontrado, El manuscrito Wardour, nacen de esa literatura. No encontramos a la cierva herida más que en la mención de Rebecca, ni tampoco el río que, tras cruzarlo, transporta al protagonista a un mundo del que, si vuelve, todo habrá cambiado y se quedará sin ninguno conocido; algunos leit motives se desechan por el afán de veracidad –haciéndola, lógicamente, más creíble-, por ello tampoco aparece puer senex alguno que con nueve años mate nueve gigantes de un golpe. Finalmente, cierto es que el caballero ama, pero no enloquece de amor –o por mejor decir, se vuelve furioso- aunque se mencione, desde el narrador, a Ariosto.

…Y también come… Sin duda, sería difícil imaginar las gestas de Aquiles sin sus disputas dialécticas con Agamenón al frente de la mesa. Así, también nuestros protagonistas se encuentran en diversos momentos frente a los manjares propios de la mejor sangre de Inglaterra. Athelstane representará las rudas costumbres de los sajones con su apetito voraz y el mismo Rey Ricardo, en ese momento Caballero Negro o Le Noir Faineant, solicitará asilo al desvergonzado monje del bosque. Porque, como Tirante necesita y Sancho recomienda, los personajes de Ivanhoe comen y beben sin desvirtuar su valor y prestigio.

No obstante, esta necesidad en concreto, la de Ricardo Plantagenet de recibir asilo y buenos manjares y licores, parte del folclore. En efecto, la leyenda del fraile Tuck, pícaro e irreverente, arranca de versos medievales para proseguir su andadura en diversas obras hasta consolidarse en esta de Scott. Aún faltan años para que Pyle dé entidad suficiente como para protagonizar una novela a Robin Hood –antes lo harían Pierce Egan y Alejandro Dumas-, pero tanto éste como los personajes que lo rodean ya circulaban en boca de los juglares antes de que en el siglo XIV se plasmara por primera vez “sobre blanco” en baladas. De su legendaria figura, la de Locksley, como también se hace llamar, bebe esta novela, haciendo más natural su ubicación temporal al acercar a los lectores a un personaje que ya conocen perfectamente.

El escenario, por tanto, se decora con sumo esmero, la ambientación es, más que realista, mágica; pero mágica en el sentido de que es capaz de evocar una época con pinceles de diferente grosor con tal maestría que sumerge al lector, aún el moderno, sin dificultad alguna.

Por lo que respecta a la acción, ésta se vertebra en tres acontecimientos principales tras la presentación de los personajes en la hacienda de Cedric el Sajón, a la sazón padre de Ivanhoe. En efecto, el torneo, la batalla del castillo y el juicio a Rebecca son los núcleos desde los que parten los radios de acción. Tan importante es la división en tres partes que también podemos organizar en ternas los agentes actuantes. Así, los héroes del lado de Ricardo serán Locksley, Ivanhoe y Le Noir Faineant -el propio Ricardo-, pero los aliados de Juan son De Bracy, Bois-Guilbert y Front The Boeuf. También las mujeres: Rebecca, Rowena y Ulrica; los personajes cómicos: Wamba, Gurth y Tuck; etc.

Sobre ellos recaen las críticas y elogios de esta novela. Como siempre, lo más probable es que el término medio sea la justa medida y no podemos amonestar alegremente determinadas cuestiones. Es cierto –y mucho- que los personajes parecen de cartón piedra, si es que es posible esta comparación. Ivanhoe reacciona por inercia, hace simplemente “lo que debe”, no duda, no piensa. El personaje queda tan hueco que ni siquiera el narrador puede penetrar en sus pensamientos más que en un par de consideraciones sobre Rebecca, una de ellas al concluir la novela. Por si fuera poco, Rowena, la amada y amadora de Ivanhoe es el personaje más vacío de toda la novela, no ya porque responda llorando a las trovadorescas palabras de De Bracy -reacción lógica, por cierto- sino porque no presenta iniciativa alguna y se limita a ser mera comparsa. Esta actitud contrarresta con la presentada por Rebecca y Ulrica, a su vez opuestas la una a la otra. La voluptuosidad que consigue crear Scott sobre la judía apenas se puede comparar con el carácter que le imprime; resuelta antes a morir que a caer por la fuerza en las manos de un hombre, es firme en sus creencias, respetuosa con sus antepasados y demuestra todo el carácter del que la prometida de Wilfred de Ivanhoe adolece.

Es reseñable que Scott no cae en un maniqueísmo exacerbado, los personajes que pueblan la novela tienen defectos y virtudes, de modo que, como los héroes griegos, se ven empujados a determinadas decisiones. Bryan de Bois-Guilbert, el templario, pese a los signos de maldad que presenta, se presta a renunciar a prestigio, comodidad y principios –recordemos que Rebecca era judía- por amor. Es, junto con la hija de Isaac el único personaje que muestra una psicología un tanto elaborada.

Ahora bien, precisamente este tratamiento de los personajes es el que permite el desarrollo dinámico de la acción. Una vez comienza la novela, los acontecimientos llevan en volandas al lector hasta su conclusión, efecto permitido por la antes mencionada sensación de ser un cuento, un relato. Criticar esto es no comprender que en la Historia –con mayúsculas- hay muchas historias, y que éstas se pueden contar de muchas maneras cuando de literatura hablamos. En el número anterior de esta revista veíamos cómo precisamente Mújica Láinez profundizaba en la psicología del duque Orsini, quizá en exceso; ahora podemos comprobar cómo ambas novelas responden a necesidades distintas.

De este apartado, lo más destacable es la aparente imparcialidad del narrador a la hora de “contar” los hechos. Ciertamente, el judío aparece como avaricioso, el templario como cruel, Ricardo como el más justo y generoso e Ivanhoe como valeroso y leal, pero cada uno de ellos se presenta con sus virtudes y defectos, realzados, sin duda por esa bidimensionalidad del cartón-piedra, si se nos permite la ironía. Los personajes son despreciados simplemente por tener una condición social y éstos la reconocen –brillantemente en el caso de Rebecca- asumiéndola y ganando la compasión o respeto del enemigo –a veces no tanto- por demostrar su injusticia. De ahí que a Scott se le atribuya el origen de la novela social.

Denostado, pues, por argumentos tan débiles, Scott ha sido, sin embargo, degradado al ámbito de la novela juvenil. Es cierto que nos movemos en un universo de marionetas, pero también que detrás está el óleo más hermoso. Sus historias no son verdaderas, pero sí verosímiles y aún capaces de recuperar el añejo color del pasado iluminando nuestra imaginación. Por todo ello, y por todo lo que debemos a Scott, desde estas páginas invitamos a su lectura o relectura. Puede que hoy sean tomadas como infantiles por su mayor énfasis en el cuento que en los personajes pero ¿a quién no le gustaría volver a ser, unas horas, un niño?