LA BÚSQUEDA DE LA NATURALEZA: UNA PASIÓN QUE SE REPITE

Julián Moral

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El castañar de El Tiemblo (Ávila)

El afán de vida retirada, de comunión con la naturaleza, se ha plasmado históricamente a través de artistas, poetas, filósofos… En general, era un deseo que llevaban a la práctica relevantes figuras de las clases dirigentes de la Antigüedad; un ideal de vida de gentes cultivadas que buscaban en el alejamiento de las urbes el equilibrio y la serenidad para la creación. Ilustres varones (Catón, Escipión Censorino), filósofos (Séneca, Platón), emperadores (Antonio Pío, Diocleciano) dejaron imperios, consulados, gobiernos, palacios y ciudades y se instalaron en casas de campo y aldeas en busca de una vida reposada y quieta.

Algunas de las más influyentes corrientes filosóficas de la Antigüedad (estoicos, epicúreos) veían en el campo el ámbito ideal para la vida del sabio, alabando las ventajas de la vida retirada en una simbiosis de estoicismo (desprendimiento de lo superfluo o artificial) y epicureísmo (espacio natural donde realizar el ideal). Hay que tener presente que muchos de estos hombres cultos y refinados venían de las clases dirigentes, que, a su vez, sustentaban su posición de clase dominante sobre la posesión de la tierra: antiguos labradores y ganadores que alternaban el arado y la espada eran las togas del Ágora o el Senado. Había, pues, una disposición nostálgica, digamos ancestral, y una valoración positiva del campo derivada, a su vez, de una valoración negativa de la ciudad y sus problemas. Teócrito de Siracusa (s. III a.C.) en sus Idilios pastoriles retrata el bullicio de Alejandría, y sus protagonistas se quejan amargamente de lo insoportable que les resulta la ciudad. Y es el mismo Teócrito, que traslada estas vivencias urbanas, quien inventa la ficción literaria pastoril, cuyos motivos campestres en mosaicos y frescos de villas y palacios atestiguan el gusto por lo rural de las clases altas del mundo greco-latino.

Fue en la cultura helenística, pues, cuando comienza a producirse el fenómeno de trascendencia a lo literario de esa suerte de utopía que ve el campo como lugar ideal y a la naturaleza como el ámbito o escenario de compenetración entre ser humano, paisaje y animales. Posteriormente, Virgilio, Ovidio, Calpurnio… son los modelos literarios a la búsqueda de una geografía-orografía que admite, en principio, cualquier manifestación que escape (ya en expresión posterior) del “mundanal ruido”.

Esa añoranza de ese otro ámbito vital que representa la naturaleza y el paisaje campestre ha seguido teniendo una vigencia ininterrumpida a lo largo de la cultura literaria occidental. El tema bucólico pervive en el siglo III (Nemesiano), y la literatura cristiana, ya con la impronta de la nueva fe (s. IV-V), nos ofrece también el género (Severo). En la Edad Media latina la bucólica pervive adoptando ejemplos de las Sagradas Escrituras con un objetivo laudatorio y apologético-religioso. A finales del Medievo y como precursores del Renacimiento italiano, Dante, Petrarca y Boccaccio nos aproximan también al mundo utópico-pastoril. Ya en pleno Renacimiento, la Arcadia de Iacopo Sannazaro (1504) pone plenamente vigente la temática campestre-pastoril recreando de nuevo todos los tipos y tópicos de Teócrito y Virgilio, mientras que Ronsard, Garcilaso, Cervantes o Montemayor lo hacen fuera del mundo propiamente latino.

Eakins,_Thomas_(1844_-_1916)_-_Arcadia_-_ca._1883En el inicio del Proemio de la Arcadia, Sannazaro ya señala ese profundo sentimiento que embarga el espíritu al contemplar la naturaleza, lo no contaminado, retocado, adulterado…: “los altos y espaciosos árboles, creados por la natura en los hórridos montes, suelen, a menudo, agradar más a quien los mira que las cultivadas plantas expurgadas por doctas manos en los adornados jardines”. El teatro renacentista dio también ámbito al tema campestre (Torcuato Tasso), así como el teatro del Barroco (Lope, Calderón) y la lírica (Carrillo Sotomayor, Góngora) y ya, con un cierto agotamiento, Samaniego y Jerónimo Pérez de la Morena en el siglo XVIII. El Neoclasicismo también crea algunas composiciones pastoriles (Juan Arolas, por ejemplo) con ecos virgilianos y de Garcilaso. El Romanticismo busca la comunión con la naturaleza por otros caminos literarios y critica la tradición neoclásica de imitación bucólica; y ya en el s. XX algunos poetas del 27 flirtean con el bucolismo, o incluso más tarde, un enamorado de Virgilio como García Calvo resucita el espíritu bucólico de algunos poemas.

Por otro lado, el pensamiento religioso-filosófico-moral de la Baja Edad Media que se inserta en las obras bucólicas siempre tiene una fuerte connotación moralizante y edificante: aldea-monasterio-virtud, corte-ciudad-pecado y buena parte del Renacimiento-Barroco (Tomás Moro, Giordano Bruno…) se apoya en un humanismo de amor a la vida y contemplación de la naturaleza. La Ilustración hará suya la conexión: “naturaleza-virtud-salud” que ya en el s. XVI tenía predicamento en los relatos caballerescos.

Pero en esta búsqueda, en esta pasión que se repite, en este misticismo del contacto con lo natural, cabría preguntarse: ¿qué paralelismo hay (si lo hay) entre la antigüedad y la actualidad, cargada ésta de “neorruralismo”, naturalismo mediático, deportes de aventura, vinculación del tiempo libre a los espacios abiertos, “dominguerismo”?

Tratando de ser concreto comenzaré señalando que en la búsqueda de la naturaleza siempre se da una componente de idealización de la geografía-orografía, una tendencia, un ansia, una terca imaginación de un mundo idílico de imposible realización en la rutina diaria. Y es que, como decía Unamuno –y este sí es un punto de encuentro entre el antes y el ahora- el sentimiento de la naturaleza, el amor al campo, es uno de los más refinados productos de la civilización y la cultura.

También de antes y de ahora es el rescoldo de sensibilidad de nuestro pasado rural, de nuestro sentirnos naturaleza, de nuestro tratar de encontrarnos con una rica cultura rural, desafortunadamente arrumbada como algo fósil. Seguramente de antes y de ahora será también una cierta necesidad de utopía del ser humano de ir contra los tiempos presentes, proyectando un espacio ideal alternativo a la rutina que, si nos reafirma a veces, las más nos destruye por su alienante realidad diaria. Y como no, de antes y de ahora, la ciudad, la gran urbe, es el escenario de la lucha por alcanzar un estatus social que exige y obliga e implica soportar una forma de vida en la que, con frecuencia, se degradan las relaciones y valores; una experiencia vital que termina añorando unas relaciones más cercanas, no corrompidas por el desarraigo, la deshumanización y, actualmente, el consumismo. Escapar de la política, el trabajo alienante o los negocios se encuentra en la base de la búsqueda de antes y de ahora de lo abarcable, de acortar la distancia entre lo humano y lo natural, de encontrarse –consciente o inconscientemente- con uno mismo en un entorno de belleza natural.

et_in_arcadia_ego_by_meisl-d5gsz4zPorque la ciudad, sobre todo en la actualidad y más en sus periferias de desarraigo y miseria, incomunica, disgrega, agobia y enajena al ser humano de su natural: la Naturaleza, su primera fuente de comunicación e información. En la gran urbe el ser humano tiene apagado el sentimiento de ser de un lugar, máxime si se vive en una de nuestras ciudades dormitorio donde la calidad de vida es una entelequia y se viene, además, de otras raíces culturales (rurales) relativamente cercanas más humanizadas. La búsqueda del retiro de entonces, la gran escapada del fin de semana de ahora, tienen muchas connotaciones de liberación de un medio hostil: escapar-escapando.

Quizá esta ansia de naturaleza tenga algo o mucho que ver con lo que señala Joaquín Araujo en su libro XXI Siglo de la Ecología: “Desde Platón somos los mismos. Seguramente porque todo lo mirado está incluido en nosotros mismos que fuimos alguna vez tierra, árbol, animal y que todavía somos en no poca medida agua, aire, vegetal, carne común”.

Pero ese deseo del ser humano, históricamente transmitido en la obra artística y literaria, de vivir en comunión con la naturaleza, tiene en la actualidad sus características propias. Actualmente (seguimos a J. Araujo) más del 50% de los humanos existentes residen en las ciudades. Se ha producido un impresionante fenómeno de concentración urbana que implica degradación ambiental y degradación de la comunicación con el medio natural. El urbanita, alejado del espectáculo de la naturaleza, de la prosaica rutina de la contemplación día a día, tiende a forjar en su pensamiento una visión del campo idealizada, llena de añoranzas (consciente e inconscientemente) poéticas, creándose una necesidad de evasión de la realidad cotidiana urbana. No cabe duda de que, actualmente, en la sociedad de los excesos y la competitividad hay una consecuencia perversa en esta pasión que se repite desde la búsqueda de la naturaleza y que arrastra al urbanita al exceso del atasco en la carretera persiguiendo una compensación efímera y muchas veces descorazonadora en un medio natural que ya tampoco controla, pero que lo llama como las sirenas de Ulises.

luthien¿Una moda, un producto más de consumo teledirigido? Quiero pensar que también hay una búsqueda consciente e inconsciente de sensaciones y efectos primitivos, de multiplicidad de mensajes sensoriales, culturales…, solapada con una más prosaica atenuación de la influencia perversa que los excesos de la gran urbe imponen en la experiencia vital de sus habitantes. Se produce así (recordemos el estoicismo-epicureísmo) una cierta identificación de lo natural, lo espiritual y lo prosaico: la búsqueda en la naturaleza de la “chispa”, el éxtasis, la emoción (un paisaje, un atardecer, un vuelo), la descarga del estrés a través de los sonidos y las sensaciones de “baja intensidad” de la naturaleza.

Quiero pensar también que el ser humano actual (me refiero al primer mundo) ahíto de continuos deseos, quiere escapar-escapando de la perversa y anodina realidad a la búsqueda de lo que opinaban Azorín, Unamuno y Ortega y señala Araujo en la obra citada “tener paisaje es uno de los componentes básicos de la salud, de un equilibrio entre nuestra parte natural y la racional”. Y es que, efectivamente, la contemplación, y en su caso admiración de la naturaleza, libera o resarce –aunque casi siempre será de forma inconsciente- de la falta de sensibilidad y del mal gusto de la sociedad de consumo, y ejerce de lenitivo contra la ansiedad y falta de referentes culturales.

La forma de vida del urbanita se ha alejado tanto de sus raíces, y en el primer mundo está tan inmersa en la sociedad de consumo, que por ello quiero, una vez más, citar a J. Araujo como una suerte de invocación a la utopía y la esperanza: “Frente al estéril proyecto que supone el creer que ya nuestras necesidades, aspiraciones y deleites puedan ser satisfechos al margen de la naturaleza, ésta se nos muestra todavía como placenta maternal, cobijo de silencio, albergue de casi todas las bellezas (…) Salirse de Ella, vivir sin entorno es renunciar a sustanciales porciones de nuestra inteligencia y creatividad”.