SACRIFICIO RITUAL Y ECOLOGÍA HUMANA

Julián Moral

A lo largo de la historia, el ser humano ha practicado comportamientos aberrantes y llenos de crueldad, sobre todo si se los cataloga desde nuestra actual escala de valores y nivel de proceso civilizador. Ahora bien, conviene tener en cuenta que los comportamientos que adopta el ser humano en un lugar y tiempos concretos para el objetivo de la supervivencia de la especie no son atemporales, pues hay que contemplarlos en un contexto evolucionista, ya que varían con el paso del tiempo, bien por presiones internas (agotamiento de recursos, escasez de rendimientos, presión demográfica, cambios en el medio cultural…) bien por presiones exógenas que terminan imponiendo nuevos comportamientos, soluciones e innovaciones.

Muchas actitudes y modelos, aparecidos en sociedades o momentos concretos, vienen determinados primeramente por restricciones ecológicas ambientales y prácticas socioculturales de la base productiva, sin que debamos olvidar los esquemas psicológicos individuales y colectivos adquiridos o inducidos que empujan a los seres humanos a pensar y actuar con pautas predeterminadas por la tradición, la costumbre, los tabúes, los mitos o las religiones. Esto es, los fenómenos socioculturales como el que analizamos brevemente ni están sujetos a determinismos metafísicos ni dirigismos ideológicos, sino que son más bien el resultado de la interdependencia de variables biotecnológicas, económicas, demográficas y ecológicas en un tiempo y lugar concretos.

Ya centrados en el tema que nos ocupa, interesa señalar, en principio, que las élites religiosas monopolizan el sacrificio ritual con aporte de proteínas cárnicas en los más diversos lugares y momentos históricos. El sacrificio de animales y el consumo de carne se encuentran a través de la historia enmarcados en un progresivo proceso de ritualización: los druidas en Europa, los brahmanes en la India, los levitas en Israel…, estaban al cargo de los sacrificios rituales. Las proteínas, señala el antropólogo Marvin Harris, “ocupan una posición central en redistribuciones eclesiásticas, en festines honoríficos y entre los comestibles consumidos por las clases altas”. La necesidad y preferencia de proteínas proporcionadas por la carne indica una costumbre en el ser humano o, si se prefiere, una “cultura alimentaria” que, para el antropólogo, tiene “valor de adaptación”.

Pero nos centraremos en un caso y lugar concretos de ritual sacrificial humano, que no es único, pero sí especial, porque se da una estructura social y política relativamente avanzada. Un caso singular por sus límites morales extremos (antropofagia), delimitado en un marco ecológico de alta presión demográfica, basado en la agricultura del maíz y condicionado por la escasez de caza y la ausencia de animales herbívoros susceptibles de ser domesticados y aprovechados como aporte proteínico y fuerza de trabajo en la agricultura.

Señalan gran cantidad de etnógrafos, arqueólogos, antropólogos e historiadores que la práctica del canibalismo estaba muy extendida en Mesoamérica antes de las conquista de los aztecas del Valle de Méjico, formando parte de un ritual sacrificial con prisioneros de guerra y esclavos. Ritual propiciado por las élites político-guerreras y religiosas para el consumo de proteínas. Señala una vez más Harris, así como Michael Harner, entre otros, que esta costumbre que practicaban algunos pueblos expansionistas fue poco a poco abandonada, en un proceso de interacción en la economía propia de las poblaciones conquistadas.

Pero los aztecas siguieron practicando esta costumbre hasta la llegada de los conquistadores españoles. A principios del siglo XVI, según estimaciones, había un consumo en la capital del Imperio –Tenochtitlán- que oscilaba entre quince mil y veinte mil individuos por año, datos testimoniados por Hernán Cortés, fray Bernardino de Sahagún y Bernal Díaz del Castillo. Seguimos a este último: “Tenían por costumbre que sacrificaban las frentes y las orejas, lenguas y labios, los pechos, brazos y molledos, y las piernas y aun sus naturas (…) pues comen carne humana, así como nosotros traemos vaca de las carnicerías; y tenían en todos los pueblos, de madera gruesa hechas, a manera de casas, como jaulas, y en ellas metían a engordar muchos indios e indias y muchachos, y en estando gordos los sacrificaban y comían”.

En el otro gran imperio precolombino, el inca, se sacrificaban seres humanos también, según testimonio del obispo Zumárraga, entre otros, que cifra la práctica en unos cien sacrificios anuales.

Pero no es en las cifras, en verdad aterradoras, en lo que pretendemos centrar la atención, sino en el hecho del canibalismo asociado a los rituales sacrificiales. Señala Harris que una población obligada a guerrear, y con una escasa capacidad de consumo de proteínas, se vería en una situación de desventaja en sus facultades físicas e intelectuales con respecto a otras poblaciones vecinas, y disminuida en sus parámetros de salud y recuperación de las heridas en combate. Ante el agotamiento de los ecosistemas de caza-recolección por largos periodos de intensificación de la producción, unidos a la creciente presión demográfica, el canibalismo supuso una importante contribución a la dieta proteínica de los aztecas, principalmente de la casta político-militar-sacerdotal. Esta costumbre sería puesta en práctica en momentos de escasez. Una vez desatado el mecanismo, se produciría una cierta retroalimentación: guerra, mayor consumo de proteínas, mejor condición física en la pelea, eliminación de competidores de recursos, regulación de la población en espacios más extensos.

Los prisioneros de guerra, en un entorno “tecnobiológico”, sin animales suficientes para producir carne y leche, resultarían más valiosos para este fin antropofágico que como fuerza de trabajo. Quizá por ello las élites aztecas no hicieron un tabú de la práctica de consumir carne humana, que no reemplazaron, como otros pueblos, por sacrificios de animales. Conviene recordar aquí el caso extremo de la India, donde sacrificar las vacas fue considerado tabú por su utilidad y necesidad como fuerza de trabajo en la agricultura.

Así pues, la opción antropofágica de los aztecas ha sido vinculada por la antropología moderna a la escasez de animales domésticos y la práctica extinción de los recursos de caza por su progresiva intensificación ante los crecimientos poblacionales. En esta situación de márgenes de subsistencia decrecientes, las estructuras político-militares impulsan el expansionismo a través de la conquista del territorio y, apoyándose en la mistificación y sacralización de las élites religiosas, institucionalizan el ritual de los sacrificios de los prisioneros de guerra y esclavos. La exclusión de las clases bajas del consumo directo de proteínas humanas lo señalan los antropólogos como un medio para activar la predisposición de dichas clases a enrolarse en las expediciones guerreras que les daban acceso directo al consumo de carne. La sacralización, por otro lado, justificaba el canibalismo como exigencia de los dioses.

Observamos en lo expuesto y de las conclusiones de las teorías antropológicas apoyadas en análisis de campo, que, dadas unas limitaciones biotecnológicas que determinan las dietas de una colectividad concreta, se produce una conexión práctica entre esas condiciones biotecnológicas y las creaciones mentales de la casta dominante. Éstas justifican las expresiones conductuales que benefician a esta casta y serán mantenidas hasta que factores endógenos hagan imposible e insostenible el sistema o, también, que algunos factores –en este caso los conquistadores españoles- lo hagan saltar por los aires.

La sacralización del sacrificio azteca con fines antropófagos no era sino una coartada para institucionalizar un mecanismo ideológico-religioso compuesto por tabúes, mitos y ritos que funcionaban como regulador del equilibrio demográfico y como recurso proteico. El canibalismo resulta así un rasgo cultural desarrollado en unos contextos determinados y asumido por las estructuras sociales y por la superestructura mental colectiva.

Por ello, y para terminar, resaltaremos una vez más la necesidad ineludible del ser humano de adecuar su capacidad de producir y consumir a un equilibrio entre ambas y a su justa distribución. Romper los equilibrios vitales solo puede conducir a alternativas y mecanismos de control poco benignos, costosos social y psicológicamente, traumáticos o aberrantes.