LA CINTA BLANCA

Juan Angulo Serrano

Pocos temas han sido llevados con tal profusión al cine como el del nazismo. Tanto es así que será conveniente dedicarle más de un artículo. Descartaré las básicamente bélicas y me ceñiré a las que tratan sobre sus orígenes y  repercusiones humanas e históricas.

          Comenzaré por la última que ha llegado a nuestras pantallas: La cinta blanca (2009, Michael Haneke). Una obra maestra. Entre otros muchos premios, ganó el del pasado Festival de Cannes y los del Cine Europeo a la mejor película, director y guión. Contra todo pronóstico, no obtuvo el  último Oscar a la mejor película de habla no inglesa, que recayó sobre la coproducción española El secreto de sus ojos (Juan José Campanella), por otra parte, una excelente película con un interesante sustrato histórico – la Argentina previa a la dictadura de Videla en 1976 – , aunque con un almibarado final que, posiblemente, ayudó a su elección.

          Quien haya tenido la suerte de ver La cinta blanca podría preguntarse por qué la incluyo como Cine Histórico, cuando es pura ficción. Lo hago porque considero que hay mucho cine, quizá el mejor, que, sin relatar sucesos históricos, nos sumerge a veces en lo acontecido con más intensidad y profundidad que las que pretenden contarnos los hechos. La mayoría sobre las que me propongo escribir tienen esta característica: Estatierra es mía, Adiós muchachos, El pianista

          Michael Haneke es un director alemán afincado en Austria, poco conocido por el “gran público”. Realiza un cine personalísimo que gira principalmente sobre dos ideas: la violencia (casi siempre soterrada) y el sentido de culpa, ambas perfectamente desarrolladas aquí.  De él recomendaría, aunque no sean históricas,  La pianista (2001), Caché (2005) – premio a la mejor dirección en Cannes y mejor película y director europeos – y Funny Games (1997), en la que, excepcionalmente, la violencia sí es explícita. (Cuando le llamaron de Hollywood para hacer un “remake” de ella en 2008, tuvo la osadía, genialidad o desplante, de realizarla exactamente igual, plano a plano, aunque en color y con otros actores).

           La trama de La cinta blanca transcurre en 1913, meses antes de la Primera Guerra Mundial, que Alemania va a perder con un coste extraordinario y que será una de las principales causas de la posterior victoria del nacional/socialismo, irónicamente de forma democrática. (El partido nazi se funda en 1918 e inicia su preponderancia política en 1932, al obtener más del 30% de los votos en las elecciones).

           Un espectador poco avezado se preguntaría: ¿Qué tiene que ver esto con el nazismo si todavía faltan décadas para que aflore? Pues tiene mucho que ver, pues Haneke nos está hablando de su germen, de cómo influye la educación que, al ser totalmente autoritaria y basada en una religiosidad exacerbada, maniquea y excluyente, crea el ambiente escalofriante en que se desarrollan los niños y jóvenes, los cuales, si reciben violencia, engendrarán violencia, y si las reglas de convivencia se basan en el miedo, la responsabilidad mal entendida y un absolutismo feroz generarán odio y desprecio hacia los que no las compartan cuando lleguen a la madurez. Estos “niños” de la película serán luego el vivero del nazismo.

           Seguramente, el nazismo esté periclitado. Pero, ¿estamos seguros de que no conviven con nosotros ideologías similares, adaptadas a estos tiempos que pueden o están llegando al poder? Yo creo que sí. No hace falta irse tan atrás. Ahora mismo existen, por desgracia, ejemplos tremendos de estas actitudes, algunos muy cercanos. Transcribo las palabras del propio director: “…Si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo…., pero no hablo solamente del fascismo, porque eso sería una interpretación demasiado fácil al transcurrir la historia en Alemania. También hablo del modelo, y del problema universal del ideal pervertido”.

Creo oportuno traer a colación las teorías de Juan Rof Carballo (1905-1994), nuestro insigne médico, investigador, patólogo, antropólogo y ensayista que en gran parte de su obra, principalmente en Violencia y Ternura, acuñó el término de “urdimbre afectiva y constitutiva”, demostrando que desde el mismo momento en que nacemos, y luego en la infancia, se troquelan en nuestra personalidad las bases de lo que luego seremos, como un disco duro en blanco al que se le va incorporando información.

Realizada con una impresionante fotografía en blanco y negro, recuerda el cine de los directores por los que se reconoce influido: Bergman, Dreyer, Bresson… No suceden, ni vemos, hechos excesivamente violentos, pero debajo de la trama late una saña y un rencor a veces insoportables. Contemplar como unos niños y adolescentes, guapos, rubios, educados, respetuosos, llevan dentro de sí la semilla del fascismo por la educación que están recibiendo, resulta espeluznante. (Para elegir a los que los interpretan, probó cerca de siete mil infantes). Hay poca música, aunque siempre la incluye en los fundidos a negro, como se solía hacer en el cine mudo y en el clásico. Aunque sea un recurso válido, quizá la lastra algo el que la acción nos sea narrada en off por el maestro del pueblo, el cual, aunque es uno de los pocos que está siendo consciente de lo que ocurre, se ve impotente para remediarlo y acaba aceptando la situación, integrándose en la sociedad a la que, por desgracia, pertenece.

Heneke ha reconocido que la idea se la inspiró la película de ciencia ficción, serie B, El pueblo de los malditos (1960, Wolf Rilla) en la que en una aldea nacen a la vez muchos niños, también angelicales y rubios, casi idénticos, que van asesinando a sus habitantes, que se comunican por telepatía y que están dominados por unos extraterrestres. ¿Alguien la recuerda?

-(El médico a su amante) “…me tiraría a una vaca. Las putas están muy lejos y dos al mes no me bastan”.

-(El sacerdote a sus hijos): “… por vuestra falta, hoy nos acostaremos con el estómago vacío”.

-“No sé qué es más triste, vuestra ausencia o vuestro regreso” (al llegar tarde a la casa).

-“…Los golpes nos dolerán más a nosotros que a vosotros” (cuando los va a azotar).

-(El niño que se juega la vida haciendo equilibrios sobre un puente): “…le di a Dios la oportunidad de matarme. Si no lo ha hecho, es que está conmigo”.

A los que tenemos más de cinco décadas estas frases no nos resultan demasiado extrañas.

Últimamente, el cine alemán está revisando su pasado con estupendas cintas, tales como El hundimiento ( los últimos días de Hitler, vistos desde su propia perspectiva),Goodby Lenín (ácida comedia sobre la caída del muro de Berlín), La ola ( basada en un experimento real llevado a cabo en 1967 con estudiantes, en Palo Alto, que demostró cómo se puede manipular a un grupo, convirtiendo a todos sus miembros a un totalitarismo feroz) o La vida de los otros (sobre los métodos coactivos e inquisitoriales de la temida Stasi, policía secreta todopoderosa de la extinta República Democrática Alemana).