EL SÉPTIMO SELLO

Juan Angulo Serrano

“Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo en el cielo un silencio como de
media hora”  (San Juan, Apocalipsis, 8,1)

       Han transcurrido ya más de cinco décadas desde que se realizó esta obra maestra, que yo incluiría en la lista de las veinte mejores películas de la historia. Cuando la vi por primera vez, siendo un adolescente, no entendí casi nada, pero salí tan impresionado que sus imágenes no se me iban de la cabeza. Lo mismo me ocurrió posteriormente con 2001: Una Odisea del espacio, (1968, Stanley Kubrick) que también incorporo a esa lista. Creo que son las dos películas con mayor componente trascendental y metafísico que recuerdo.

        Aún ahora, todavía, me hago preguntas sobre algunas escenas que no consigo interpretar del todo. ¿Por qué el caballero no salva de la danza de la muerte final nada más que al matrimonio de titiriteros con su niño? ¿Representan éstos a la Sagrada Familia? ¿Qué significado tiene que sea la Muerte quién está en el confesionario cuando el caballero acude a preguntar a la Iglesia qué hay después?

        Porque ésta es la idea principal que Bergman quiere transmitir. ¿Quién tiene la respuesta? El caballero, además de a la Iglesia, le pregunta al Diablo, que puede estar dentro de la infeliz poseída que va a ser quemada por bruja. Y a un crucifijo de madera. Y hasta a la propia Muerte, que le contesta que ella solo hace su trabajo y que no lo sabe.

        Indudables los ecos de Don Quijote. Parecido físico notable. Caballero idealista que no busca “desfacer” entuertos ni salvar a damas en peligro, sino salvar su propia alma. Escudero materialista, con los pies en la realidad, que sigue a su amo porque ya no le queda otro recurso después de su desastrosa vuelta de las Cruzadas. Descreído, irónico hasta el sarcasmo, que le importa un bledo su alma y que su Ínsula Barataria está en terminar sus días en el castillo de su señor.

        Alguno puede preguntarse qué tiene de histórica esta cinta. A mi parecer hace una perfecta puesta en escena de cómo pudo ser aquella Edad Media. La población esperando el fin del mundo. La procesión de los flagelantes. La pobre vida de los saltimbanquis. El triste despertar del error de las Cruzadas. Y todo ello en un blanco y negro sobrecogedor.

        A pesar de su dificultad y de los años oscuros en los que pudo verse en España, tuvo un relativo éxito. Enganchó mucho aquella primera escena, antológica por cierto, en la que la Muerte viene a buscar al caballero en la playa y la respuesta de éste: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil…”. Y el ofrecimiento de jugarse su vida al ajedrez en una partida que le permitirá un último intento para encontrar respuestas a la gran pregunta. Pero la Muerte siempre gana en el ajedrez de la vida.

       Como en todo el cine de este director, las interpretaciones son memorables, sobre todo Gunnar Björnstrand dando vida al escudero, y el gran Max von  Sydow, como el caballero, uno de los mejores actores de la historia pero insuficientemente reconocido.

                 Poco después, esta vez con un gran éxito de público, se pudo ver El manantial de la doncella (1959), a pesar de la oposición de los bienpensantes, pues trata de una violación y la cruel venganza del padre. Al igual que El rostro, también se desarrolla en un ambiente medieval.

        Hasta finales de los 60 casi todo el cine de Bergman está imbuido de esta búsqueda, del sentido de la religión, de la soledad del hombre ante su destino y del porqué de todo esto. Era hijo de un pastor protestante, riguroso y severo, lo que seguramente le hizo tan escéptico e incrédulo. A este respecto, recomiendo encarecidamente la visión de Las mejores intenciones (1992, Bille August), con guión del propio Bergman, en la que narra descarnadamente la vida de sus padres y que termina con su madre embarazada de él.

      Posteriormente, su cine se decanta hacia el análisis de las relaciones humanas y de la vida en pareja, con obras tan magistrales comoSecretos de un matrimonio (1974), Sonata de otoño (1978) o Zarabanda ( 2003 ), su última película. Creo que Gritos y susurros (1972), otra maravilla, marca el punto de inflexión entre estas dos vertientes y su definitiva apuesta por el color, que ya no abandonaría.

      Tengo la impresión de que a las nuevas generaciones no les interesa ya este gran director y que su nombre va a ir cayendo poco a poco en el olvido de las filmotecas.