LA ARQUEOLOGÍA SUBACUÁTICA

Juan Carlos García Santos

Como arqueología subacuática se entiende la práctica de la arqueología bajo la superficie del agua (Figura 1). Se trata, pues, de investigar el pasado de la humanidad a partir de los restos de cultura material que se encuentran cubiertos por las aguas marinas y continentales, aplicando los métodos propios de la arqueología. En realidad, y como cabe suponer, no es tan sencillo realizar excavaciones arqueológicas bajo el agua, ya que buena parte de los hallazgos están afectados por corrientes, depósitos de arena, escasa visibilidad y en el límite de profundidad apta para acceder buceando. Sin embargo, se aplican los métodos necesarios para llevar a cabo el registro arqueológico: se señalizan cuadrículas o sectores, se emplean jalones para fotografiar y se dibuja dentro del agua, documentando debidamente cada hallazgo de forma que se pueden reconocer las naves hundidas o los restos de estructuras materiales y el periodo cronológico al que pertenecen.

Se deben combinar, por lo tanto, las técnicas desarrolladas para poder sobrevivir bajo el agua con las propias de la prospección y excavación arqueológica. La intención de sumergirse bajo las aguas por  parte de la raza humana es muy antigua: basta citar el bajorrelieve del palacio de Assurnasirpal en el (siglo XV a.C.), que muestra a unos soldados bajo el agua que se valen de odres llenos de aire para conseguirlo. Es antigua también la capacidad de inmersión en apnea aplicada para obtener recursos marinos como las esponjas o las perlas.  Las innovaciones que se han producido desde finales del siglo XV al XX –desde campanas para sumergirse bajo el agua hasta trajes y tubos para respirar- han llegado a permitir la inmersión libre sobre todo a partir de la invención de Émile Cagnan y Jaques-Yves Cousteau en 1943, que permite utilizar botellas de aire comprimido.

De otro lado están las técnicas de prospección arqueológica para localizar restos del pasado, como la documentación de archivos y la revisión exhaustiva y ordenada del lecho marino de ríos y lagos para aportar una localización precisa de hallazgos.  Estas se complementan además con la teledetección geofísica para detectar estructuras y objetos bajo los sedimentos o el uso de imágenes de satélite y fotografía aérea. Una vez localizado el yacimiento, se lleva a cabo la excavación con ayuda de aspiradores que tamizan la arena, cámaras fotográficas subacuáticas y soportes para realizar planos bajo el agua. Todo ello está mediatizado, sin embargo, por la profundidad a la que se puede acceder y el tiempo que se puede permanecer en ella.

Que duda cabe que el esfuerzo merece la pena; basta con recordar uno de los primeros hitos en esta investigación para comprenderlo. Entre 1900 y 1901 el Servicio de Arqueología de Grecia conseguía rescatar los materiales de un barco comercial romano del silgo I a. C. hundido a 60 metros de profundidad. Allí, entre otros restos como esculturas y cerámica, apareció un mecanismo compuesto de varias ruedas dentadas que debían engranar entre ellas para constituir el primer sistema de engranajes conocido empleado para calcular el calendario solar y lunar. Un ejemplo más cercano es el hallazgo fortuito por una draga, en el lecho del río Odiel en 1923, de un depósito con distintos objetos y armas de bronce de diferentes procedencias, tanto de la fachada atlántFigura 2ica como de la mediterránea, datados hacia el 900 a. C. (Figura 2).          

No obstante, en el contexto europeo se puede decir que es a partir del final de la década de 1950 cuando se desarrollan los estudios de este tipo. En el caso de España se han situado sus orígenes en los años 1947-48 por Alfredo Mederos y Gabriel Escribano. Pero donde despegaba verdaderamente la investigación de la arqueología subacuática era en países de nuestro entorno como Italia donde Lamboglia excavaba el barco de Albenga en 1950 o en Francia donde Benoit dirigía la excavación del pecio de Grand Congloué en 1952. Ya en 1960 Bass dirige una excavación con un equipo de arqueólogos junto al Cabo Gelidonia en Turquía. Es también en Italia y Francia donde se crean los primeros centros dedicados a la arqueología subacuática en el Mediterráneo en 1957. Se fundó en Albenga el Centro Sperimentale di Archeologia Sottomarina y en 1967 la Direction des Recherches Archéologiques Sous-Marines con sede en Marsella.

En nuestro país, a pesar del temprano interés por esta materia, no se consolida oficialmente hasta la década de los años 1980, después de la celebración en 1982 del IV Congreso Internacional de Arqueología Submarina, en donde se presentaba el Centro y Museo de Investigaciones Subacuáticas con sede en Cartagena. También en esta época la Ley de Patrimonio de 25 de Junio de 1985 considera la protección e importancia de estos yacimientos en igualdad con los terrestres; de hecho se están realizando cartas arqueológicas  subacuáticas en lugares como Ibiza y Almería. De otro lado, como comenta Xavier Nieto (Director del Centre d’Arqueologia Subaquàtica de Catalunya), ya en 1981 se celebra la primera oposición para cubrir una plaza de arqueólogo submarino en una institución pública en Gerona.

A partir de los años ochenta se fueron creando centros oficiales dedicados a la arqueología subacuática en todas las comunidades Autónomas de la costa mediterránea desde Andalucía a Cataluña, mientras que en Galicia y el Cantábrico solo aparecieron grupos de trabajo dedicados a esta actividad como el de Santander. En el ámbito universitario, la Universidad de Zaragoza hace años que contempla estas enseñanzas en el tercer ciclo; y la universidad de Barcelona ofrece en segundo ciclo la asignatura Arqueología Náutica y Subacuática. En la actualidad hay varios textos que narran la historia de la Arqueología Subacuática en España como el publicado por José Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, Martín Almagro Gorbea, Hugo O’Donnell y Duque de Estrada en el Boletín de la Real Academia de la Historia de 2007 o el editado por Juan Blánquez Pérez y Julio Martínez Maganto.

Entre los cursos y seminarios se pueden citar las Aulas del Mar de Murcia, las Jornadas de Arqueología Subacuática de Valencia, los Cursos de Arqueología Subacuática de la Universidad Autónoma de Madrid, las Jornadas de Arqueología Subacuática de Asturias, de la de Oviedo o el curso de verano de la Universidad Menéndez Pelayo, celebrado en junio de este año en Santander. Con el título Tesoros, naufragios y piratas, la conservación del patrimonio cultural subacuático está claramente relacionada con la actuación de la expedición norteamericana Odissey a la busca de tesoros en el Estrecho de Gibraltar.

En un contexto a nivel mundial la búsqueda de tesoros ha marcado buena parte de los esfuerzos por encontrar restos del pasado. Confundiendo el interés por éste y la intención de enriquecerse, hay una larga tradición en rastrear los tesoros que podrían contener los galeones españoles hundidos en el Caribe, como el Nuestra Señora de Atocha. La depredación sobre los restos del pasado sin aplicar el menor rigor científico tiene, sin embargo, sus ventajas: la arquitectura naval de los siglos XVI XVIII se puede investigar gracias a estas intervenciones. Esa búsqueda de riquezas también ha propiciado el uso de técnicas cada vez más avanzadas, desde el radar a batiscafos para llegar a grandes profundidades. Un ejemplo de la aplicación de estas técnicas es el uso de estos sumergibles para investigar en los restos de Titanic.Figura 3

Es, sin embargo, la recuperación desinteresada del galeón sueco del siglo XVII Wasa la que nos va a permitir visitar realmente un galeón de aquella época (Figura 3). Fue construido hacia 1627 para reforzar la flota de la que aspiraba a ser la potencia escandinava, Suecia, en el contexto de la Guerra de los Treinta años. Cuando el 10 de agosto de 1628 se acababa de botar el barco, se hundió en el puerto de Estocolmo ante numerosos testigos que esperaban ver cómo navegaba la nueva máquina de guerra del Rey Gustavo II. La recuperación de los restos se inicia por el interés de Anders Franzén por el navío, que, en 1956, los localiza cerca del islote de Beckholmen. A partir de este momento, se suceden los éxitos para recuperarlos y conservarlos en superficie. En 1959 se remolcan a aguas menos profundas; en 1961, con el apoyo de la ciudad de Estocolmo, se construye un lugar para conservar sus restos, y el 24 de abril de ese año se pone a flote el galeón. Ya al año siguiente sus restos se empiezan a tratar con baños de polietilenglicol durante 18 años que han permitido su restauración y conservación. Entre 1962 y 1987 se llevaron a cabo investigaciones arqueológicas en el lugar del naufragio que han hecho posible recuperar buena parte de los materiales que contenía el navío. De este modo, en la actualidad se puede visitar en el Museo naval del Wasa de Estocolmo a un galeón tal y como era en el momento de su botadura en el siglo XVII.

Mientras, en el sur de Europa, siguen apareciendo restos de nuestra antigüedad, como los barcos hundidos en la batalla entre Roma y Cartago de las Islas Egates en el 241 a. C. Otro ejemplo es el yacimiento de la playa de la Albufereta, junto a Alicante, donde se han descubierto restos de navíos y estructuras constructivas (Figuras 4). Se trata de una de las facetas de esta investigación: el reconocimiento de estructuras arquitectónicas sumergidas que han puesto en evidencia incluso las imágenes de satélite, como las que de la existencia de restos de este tipo cerca de Cádiz,  que se han relacionado con la Atlántida. El misterio que encierra al mito que dio a conocer Platón ha incentivado las investigaciones subacuáticas, dando lugar a la aparición de alineaciones en el fondo marino como el denominado camino de Bimini en el Caribe, o los grandes bloques reconocidos junto a las costas del Japón. Esto nos genera la incógnita sobre aquellos mundos perdidos y no encontrados bajo las aguas.

Si el asomarse a la inmensidad del océano nos crea un sentimiento de misterio, cuando aparecen las muestras de la acción humana bajo su superficie se acrecienta aun más.