¿QUÉ PALABRAS SON ÉSAS?

Laura Ferrer

El Biólogo filosofal, que es mitad humanista y mitad ecologista, abordará en esta ocasión un tema menos arqueológico y mítico que el planteado en anteriores números de esta Página. Y es que el Biólogo filosofal, al que le entusiasma la Historia y le tiemblan las carnes de emoción ante cualquier retazo del pasado, no desea ocuparse solamente de seres extraordinarios y de leyenda como el unicornio o la libidinosa perdiz que nos trajo el catedrático Ángel Gómez Moreno en el número anterior, sino que precisamente porque añora esos mundos pretéritos y adora las piedras y los pergaminos y las antiguas inscripciones no puede ni quiere imaginarse que esos mundos dorados del recuerdo puedan desaparecer algún día.

Quizá por esto, porque ama su entorno y porque está lleno de vitalidad, se le vienen ahora a la cabeza las palabras de aquella vieja canción de Moris: “La vida está bien, aunque el mundo esté mal”. Y sin entrar ahora en materia de injusticias sociales, en conflictos permanentes, en fanatismos trasnochados o en deudas con la civilización, el Biólogo filosofal, porque añora la Historia y le gusta reconstruir el pasado, no puede dejar de preocuparse por el futuro y de escribir ahora unas palabras de descargo.

Al Biólogo le preocupan sobremanera dos palabras que constantemente está escuchando en la radio y la televisión, que constantemente ve escritas en los periódicos y en las revistas, que constantemente oye pronunciar aquí o allá, en los foros internacionales, en las reuniones políticas, en los escaños del Congreso. Es ya como una canción que todos conocen y repiten, un estribillo que se dibuja en forma de lluvias torrenciales, que se resquebraja entre los terrones de la inhóspita tierra, que se desliza entre las grietas de los casquetes polares, que pone sombras y fantasmas sobre las hayas y los robles.

Sí, amigos de esta Página, es ya una canción amarga de dos palabras, de solo dos palabras, pero que bastan para componer una melodía de destrucción, de olvido de lo que fue, de lo que es y de lo que quizá será.

Mi pensamiento, que está hecho de recuerdos, me trae ahora a la memoria otro retazo musical: “Canciones de cuna para adultos, atravesadas por los años, que llevan en su oscura melodía tatuada la flor del desengaño”.

No quisiera que aquélla, como esta melodía, fuera solo una canción de cuna para adormecernos, no quisiera que esas dos palabras ya perennes fueran solo un tatuaje superficial, un dibujo o unas letras sobre la epidermis, pero sin más sentido que pudrirse y perecer cuando ya la piel y la carne se descompongan sin remedio para dejar al descubierto el triste esqueleto.

Por fortuna, la conciencia va tomando uso sobre el sentido transcendente de esas dos palabras, sobre su importancia. Debemos hacerlas nuestras para evitarlas, para arrojarlas lejos después de haberlas tenido tan cerca.De esto nada saben las coníferas del centro de Europa, nunca han oído hablar de ellas los blanquísimos osos polares, ni las ballenas corcovadas en su larguísimo periplo oceánico en busca del krill que las sustenta, ni la romántica primavera de los poetas, ni las góticas catedrales ni sus piedras, ni aquellos que lo padecen sin saber siquiera su nombre.

Son tan solo dos palabras, dos sencillas palabras, pero con una densa carga apocalíptica en su interior, como si entre ellas adivináramos un macabro recorrido entre el alfa y la omega, entre esta primera y última letras del alfabeto griego que sirvieron para simbolizar tantas veces toda la historia del hombre sobre La Tierra.

Dos palabras. Sí. ¿Pero es que alguien sabe a cuáles me estoy refiriendo?