SIGNA IUDICII Y CAMBIO CLIMÁTICO

José Guadalajara

Cambio-climaticoSostiene mi amigo y colaborador en esta Página, Juan Angulo Serrano, en su artículo habitual sobre Cine histórico (véase el Nº IV en el archivo) que a la sociedad de nuestros días se le está inoculando el “virus” del miedo. No niego que tenga una buena parte de razón, porque el miedo ha ejercido siempre en todas las épocas y sociedades una enorme rentabilidad política y religiosa. De hecho, el miedo ha sido un medio de coacción colectiva e individual de extensas consecuencias y que ha modificado o diseñado con su acción capítulos o libros enteros de la Historia. Por miedo, por ejemplo, se han abierto conciencias y despegado labios que estaban cerrados. Nada más natural. Y no es necesario que añada casos específicos para demostrarlo. El miedo se da incluso fuera del espacio humano, pues también, como una forma de supervivencia, se encuentra entre los animales, aunque quizá en ellos su proyección no tenga tanto alcance ni perdure tanto en la memoria al estar muy relacionado con reacciones instintivas.

La Academia, en su Diccionario, define el miedo como “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”, una acepción correcta y exacta de lo que supone la vivencia de ese sentimiento.

Mi amigo, en su artículo, se hacía la siguiente pregunta: “¿Cuál es el miedo más moderno, sofisticado y a largo plazo que ahora nos atenaza?” Y se contestaba a sí mismo, con cierta sorna y poniéndolo con letras mayúsculas: “Se llama Cambio Climático Global”.

 Es evidente que la definición académica de la palabra encaja a la perfección con este supuesto, ya que el referido cambio climático, en las mentes de los hombres del siglo XXI, parece producir una perturbación anímica ante el riesgo no lejano de un desastre “apocalíptico”. La discusión, como parece lógico, estará ahora en si ese desastre o daño es “real o imaginario”. O, si siendo real, no es tan apocalíptico como parecen sugerir los últimos análisis procedentes del mundo de la ciencia.

El Biólogo Filosofal, frente a ese “miedo moderno” al que Juan Angulo quería restar cierta importancia o, incluso, relacionar con un reciente mercado de intereses económicos, no puede ni debe en este último caso quitarle la razón, pero sí debe recordarle que, al margen de especulaciones y de aprovechados de todo género, el cambio climático es una amenaza real y grave que hoy avalan los estudios científicos  y cuyas consecuencias aprecian ya estos ojos que ahora escriben o esos otros que ahora leen. Sinceramente, me preocupa tanto la degradación o destrucción de los hábitats y de las formas de vida que ese supuesto miedo me parece hasta justificado. Yo, en todo caso, más que miedo lo denominaría apremiante advertencia.

jghjDesde estas reflexiones iniciales y dado el carácter humanístico de esta Página, voy  a dar ahora un giro temático y un salto hacia la Edad Media para hacerme eco de una amenaza que preocupó especialmente en algunos siglos de este dilatado periodo cronológico. Dejaré, pues, los planteamientos científicos para los meteorólogos, biólogos y geólogos y me adentraré en el campo propio de un literato e historiador para ofrecer al lector un singular repertorio de signos que quizá desconozca. No pretendo con ello demostrar nada, sino tan solo, desde la historia cultural y de las ideas, ofrecer las curiosísimas coincidencias de ese citado repertorio con realidades que ahora nos preocupan.

Vamos, pues, con profecías, con vaticinios catastrofistas medievales, con escenas apocalípticas, con relatos que conmovieron a nuestros antepasados y que, probablemente, les provocaron esa “perturbación angustiosa del ánimo”, según la definición de “miedo” dada por la Academia. Y conste que, aunque he estudiado durante muchos años estos fenómenos relacionados con los fines del mundo de la Edad Media, mi actitud ha sido siempre frente a ellos la de un estudioso objetivo que se ha limitado a historiar las creencias de aquellos tiempos.

Reconozco, no obstante, lo sorprendentes que resultan ahora esos vaticinios y cómo su contenido coincide en muchos aspectos con los efectos del cambio climático.

De larga tradición son los denominados signa iudicii, es decir, “los signos del Juicio Final”, un conjunto de quince señales que, una a una,  según se creía, habrían de anunciar con sus efectos devastadores que el tiempo del mundo estaba llegando a su término. En España las popularizó  Gonzalo de Berceo, que vivió en el siglo XIII en el monasterio de San Millán de la Cogolla. Hay versiones distintas de las mismas, pero todas ellas presentan elementos parecidos, así que me limitaré en este artículo a la versión ofrecida por el escritor riojano. Éstos son los signos:

  • Ascenso de las aguas del mar invadiendo las tierras.
  • Descenso de esas mismas aguas hasta lo más profundo.
  • Peces caminando sobre las aguas, dando gritos, lo mismo que las aves y los mamíferos.
  • Mares y ríos ardiendo.
  • Árboles y vegetación manando sangre.
  • Destrucción de todas las edificaciones.
  • Piedras chocando entre sí.
  • Terremoto en todo el mundo.
  • Allanamiento de todas las alturas de La Tierra.
  • Los hombres, que se habían escondido en las cuevas, saldrán aturdidos de ellas.
  • Las tumbas se abrirán para que los esqueletos las abandonen.
  • Estrellas y cometas caerán del cielo.
  • Muerte de todo el género humano.
  • La Tierra se consumirá en el fuego.
  • El ángel tocará la trompeta para anunciar el Juicio Final.

juicio-final¡Esto sí que es MIEDO! ¡Terrorífico! ¿Quién no se hundiría en el pánico si supiera que mañana mismo iba a suceder todo esto? Imaginemos entonces la reacción de los hombres de la Edad Media, impregnados de creencias y supersticiones muy arraigadas, y nos daremos mejor cuenta de lo que para ellos podía significar la aparición de estas quince señales. Supongo, naturalmente, que no todos compartirían este anuncio apocalíptico o, quizá, si lo compartían, verían su realización tan alejada que, de momento, seguirían preocupándose por sus cosas. No obstante, predicadores y profetas hubo que se desgañitaron para anunciar que todo esto, junto con la aparición del Anticristo, estaba a la vuelta de la esquina.

 Lo cierto –pues ahora me palpo el pellejo y me doy cuenta de que aún estoy aquí y de que, antes que yo, me precedieron muchas generaciones- es que aquellos signos no llegaron entonces y que, transcurridos ya ochocientos años desde Berceo, no parece que estén por venir. ¿Es que se equivocaron los augures de antaño? ¿O es que el MIEDO les venía muy bien para infiltrar en las conciencias unas formas de vida y de pensamiento acordes con el modelo de sociedad imperante y la religión? Puede ser, pero también es cierto que muchos creyeron en la realidad de estos signos y los sintieron como algo verdadero.

No quiero establecer paralelismos entre miedos medievales y contemporáneos, porque, entre otras razones, no son equivalentes, pero sí quiero llamar la atención, como curiosidad cultural y anecdótica, de la relación tan singular que existe entre algunos de esos viejos signos y las catástrofes que se anuncian a diario como consecuencia del cambio climático. Piénsese, por ejemplo, en el primer signo del listado: ¿Acaso no hay ya evidencia científica de que se están derritiendo los hielos del Polo Norte y de Groenlandia, entre otros, y de que esto provocará –o ya está provocando- un ascenso paulatino de las aguas de los océanos?  Esta pérdida de masa helada se aprecia año tras año también en el glaciar más alto del mundo, el Chacaltaya (Bolivia), situado a una altitud de 5270 metros en los Andes.

¿Será, pues, éste el ascenso del mar al que se refería Gonzalo de Berceo en esos signos antiquísimos que él recoge en estrofas escritas en cuaderna vía? ¿Y los otros signos? ¿Podemos sentir en ellos algún eco de los efectos actuales y futuros del cambio climático? Dejo a mis lectores que saquen sus propias consecuencias, aunque estoy seguro de que algunos parecidos encontrarán, sobre todo si tienen en cuenta la simbología de estos signos y la manera de interpretar en la Edad Media determinados fenómenos cósmicos, geológicos y biológicos.

Dejando ya profecías apocalípticas a un lado, no estará de más que todos reflexionemos sobre nuestros modos de vida no sea que nos encontremos en un día cercano o lejano a los peces caminando sobre las aguas o a las aves y los animales dando gritos desesperados por el planeta Tierra. ¿Es eso miedo?