Los paraísos perdidos

Julián Moral

Jardines y vergeles feraces, fuentes de mágica y propiciatoria juventud, bosques frondosos sagrados, tesoros y reliquias… Todo generalmente custodiado por serpientes o dragones: restos mitológicos de las religiones inspiradas en la naturaleza.

Fotografía de Mandy Choi en Unsplash

Sobre paraísos terrenales perdidos existen fuentes literarias diversas, pero me centraré ahora en los casos del mundo cultural helénico y hebreo, que abarcan el Oriente Medio y el Mediterráneo oriental y occidental y que son los más cercanos a nuestras referencias culturales. Lo haré procurando tener presente el grado de invención que el mito y las leyendas puedan albergar, junto con su posible grado de realidad histórica, y relacionando la distancia en los tiempos de los relatos en sí y los de sus formulaciones orales y, por supuesto, escritas. En cualquier caso, partiré de unos paisajes geográficos, culturales e históricos probables o, simplemente, míticos.

Respecto al Jardín del Edén bíblico, conviene tener presente que las tradiciones bíblicas antiguas no se pusieron por escrito hasta, como muy pronto, el siglo IX a. C., y el libro del Génesis tomó su forma, digamos definitiva, recopilando las diferentes fuentes sobre el s. V a. C. Esto es, entre los siglos IX y el V a. C., estaría el contexto histórico y biotecnológico en el que la imaginación de los escribas compiladores dio forma y lugar al Jardín de Edén. Los imperios de referencia político-cultural en el área serían el asirio, el neobabilónico, el egipcio y, comenzaba a serlo, el imperio persa.

“Plantó luego Yahvé Dios un jardín en Edén al oriente (…) Salía de Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos”. Así se declara en el Génesis, con una referencia clara a los ríos Tigris, Éufrates, Pisón y Guijón.

Edén es el primer nombre de lugar que aparece en la Biblia, pero no es el nombre del jardín, sino el del sitio donde éste se localizaría al oriente de Canán. Edén significa en hebreo “placer o gozo”, significación ésta que sería muy ajustada para relacionarla con un vergel. No obstante, en sumerio edén equivale a “llanura”, que podría así hacer referencia a un lugar concreto en relación con otro montañoso. La antigua convergencia de ríos y canales cerca de la desembocadura de los grandes ríos Tigris-Éufrates propiciaría un paisaje agrícola fértil y frondoso, en una época que para los escribas recopiladores del Génesis quedaba en la desmemoria y subconsciente de los deseos de las cosas y los lugares sublimados, a la vista de la realidad ecológica en que ellos se movían. Sin embargo, hay otras referencias bíblicas no desdeñables para otros autores. En Génesis, 13,10 se dice: “Alzando Lot sus ojos, vio toda la hoya del Jordán, enteramente regada –antes de que destruyera Yahvé a Sodoma y Gomorra –que era como el paraíso de Yahvé, como Egipto (…).  Eligió, pues, Lot la hoya del Jordán”.

Fotografía de veeterzy en Unsplash

El paraíso perdido de la mitología griega sería el Jardín de las Hespérides. Según la leyenda, las ninfas hespérides vivían en un maravilloso jardín pleno de vegetación, fuentes, ambrosia…, que estaba consagrado a la esposa de Zeus (Hera) y donde ésta había plantado las manzanas de oro que, como presente nupcial, recibió de la Tierra (Gea). La leyenda cuenta que un dragón (serpiente) guardaba el árbol de las manzanas junto con las ninfas del atardecer: las hespérides. En el mito, el jardín se ubicaba en distintos lugares, pero, en general, en occidente. También se relaciona su situación por el nombre de una de las hespérides (Erytheia), a una geografía próxima a Tartessos en la península Ibérica. Estrabón, (Geografía, 3,2,11) escribe: “Parece ser que en tiempos anteriores llamose al Betis Tartessos y a Gades y sus islas vecinas Erytheia”.

Hay otro paraíso, vergel o tierra de promisión en la mitología griega, la Atlántida, que, según Platón en el Timeo y el Critias, sería una isla de gran extensión frente a las columnas de Heracles. “La tierra era feraz en extremo: un anchuroso valle entre montañas, con numerosísimos cursos de agua, que producía tantos metales como madera, plantas animales y frutos de los tipos más variados”.

Hay autores que apuntan la posibilidad de que, en el mito de la Atlántida, la parte geográfica del mismo se pueda identificar con el mundo tartesio. La vertiente cultural amalgama y aproxima el mundo tartesio (posiblemente de inicios indoeuropeos) al mundo griego y oriental fenicio y púnico. Como vemos, podría existir una cierta correlación geográfica, no tanto cronológica, pero sí cultural, entre el Jardín de las Hespérides y el mito de la misteriosa Atlántida.

En otro orden de cosas, conviene resaltar el paralelismo, por un lado, y la dicotomía, por otro, entre el Jardín de las Hespérides y el Jardín de Edén. Las ideas de fecundidad e inmortalidad se funden en el mito griego; en algunas versiones de éste, Hera y Zeus celebran su boda divina en el fecundo jardín. Por otra parte, la posesión de las manzanas de oro confería la inmortalidad –que sería el objetivo de Euristeo al asignar a su primo Heracles el trabajo de conseguirlas. No ocurre lo mismo con las manzanas del Edén, asociadas con la prohibición, la desobediencia, el engaño de la serpiente, el castigo y la muerte.

El árbol y las manzanas, la serpiente o dragón son un claro paralelismo de ambos relatos, pero también son un simbolismo de sabiduría y conocimiento. Una leyenda del mito de Perseo dice que el héroe llegó al Jardín de las Hespérides con la ayuda de Palas Atenea, diosa de la sabiduría entre otros atributos. Sabiduría que también se encerraba en el árbol de la ciencia del bien y del mal del Jardín de Edén.

Se podría señalar que estos paraísos perdidos serían la proyección y localización mental idealizada de unos territorios más o menos concretos, en una geografía-orografía generalmente imprecisa y, en consecuencia, de recuerdo y memoria difusa, y que las personas que le dan forma literaria se mueven ya en un entorno biotecnológico-ecológico que varía notablemente en relación con el entorno de los orígenes del mito y relato oral.

Finalmente, al referirme al sentimiento de la ensoñación paradisíaca, podríamos hablar de la añoranza del cazador-recolector, obligado a la esclavitud de la tierra y su cultivo. Pero también del desasosiego civilizatorio; de la inmersión en el tiempo lineal histórico; del conocimiento del bien y del mal. A la vez sería el final del “todo es de todos” primitivo; el tiempo de nuevas estructuras sociales y de poder y el inicio de la asunción de responsabilidades sociopolíticas. Los perdedores, los sometidos, y quizá sobre todo las èlites desplazadas del antiguo poder naturalista, al echar la vista atrás percibirían el estado de cosas anterior como un utópico y nebuloso paraíso perdido.

Quizá siempre pasa.