LAS DÉCADAS PRODIGIOSAS (I)

Juan Angulo Serrano

Cartel-de-HollywoodAntes de nada, quiero lamentar el fallecimiento del mítico actor Charlton Heston, al que dediqué mi última crónica. Suscribo plenamente el comentario de la revista “Fotogramas” (mayo, pág. 33) donde destaca que insufribles crónicas sobre su muerte “han dado la misma importancia a su admirable carrera que a su archiconocida defensa de las armas.” Un par de apuntes más sobre Heston, que he conocido después: participó de manera importante en la marcha por los derechos civiles de Martin Luther King y apoyó de forma destacada a John F. Kennedy en su campaña demócrata por la Presidencia.

Tenía previsto escribir esta vez sobre otro gran actor, pero no me atrevo, no sea que se nos vaya a ir también. Como anticipaba al principio de dicho artículo, éste voy a dedicarlo por fin a la que fue la época gloriosa del Cine Histórico. Las décadas a las que alude el título son las comprendidas entre finales de los 50 y principios de los 70, en las que este género cinematográfico era uno de los principales referentes en todo el mundo. Según mi criterio, se realizaron entonces tres tipos de producciones con características propias: el monumental de Hollywood, el más depurado y respetuoso cine europeo – fundamentalmente el inglés- , y el “peplum” italiano.

Como siempre, fue el primero el que obtuvo los éxitos más sonados. Destacan en él la espectacularidad y efectos especiales, el protagonismo de las grandes estrellas, muy taquilleras y, salvo excepciones, una cierta falta de rigor histórico.

Por el contrario, el cine europeo procuraba ser lo más fiel posible a los hechos, cuidando muchísimo la ambientación y puesta en escena y los diálogos, además de profundizar bastante en la psicología de los personajes.

El “peplum” italiano era un cine de cartón piedra, principalmente basado en la mitología greco-romana, con bellas actrices, aunque generalmente de nivel medio, y con regulares actores masculinos, pero forzudos y siempre en taparrabos. Fue un anticipo del spaghetti-western que no encontró a un Sergio Leone que elevara su nivel, aunque participó en él y llegó a dirigir El coloso de Rodas y colaboró en la realización de Sodoma y Gomorra. Las últimas superproducciones exitosas, como Troya, Alejandro o Gladiator tienen bastantes reminiscencias de aquel cine.

En esta ocasión voy a ponerme nostálgico y a escribir sobre las impresiones que recuerdo que me produjeron algunas de aquellas obras, independientemente de su calidad, pues en esas épocas mis criterios de niño y adolescente sobre el tema eran muy precarios. He procurado no volver a ver muchas de ellas para no llevarme grandes decepciones. Por ello, este artículo va ser fundamentalmente sentimental, dejando aparte algo de mi cinefilia, y dando prioridad a las impresiones.

PRIMERA ETAPA: INFANCIA

De entre las que me marcaron entonces voy a destacar varias por las impresiones que me causaron. En primer lugar, Quo vadis (1951, Mervin Le Roy). Como otras muchas, la vi varias veces porque entonces las películas se reponían año tras año en los cines de sesión doble y continua. Siempre recordaré la belleza transparente de Deborah Kerr, al dubitativo Marco Vinicio (Robert Taylor), la pelea en el circo de Ursus contra el toro (realmente era un vaquilla), pero sobre todo al gran Peter Ustinov interpretando genialmente al mejor Nerón de la Historia y tocando la lira mientras se incendiaba Roma.

Los caballeros del Rey Arturo (1953, Richard Thorpe), me cautivaron desde entonces y cimentaron mi interés por la saga artúrica. Se han realizado infinidad de películas sobre el tema, algunas posiblemente mejores, pero yo siempre recuerdo ésta. Ivanhoe de 1952, con el mismo director e igual protagonista -otra vez Robert Taylor- tenía unos torneos entre caballeros medievales que me entusiasmaban, y creo que me enamoré de las estrellas principales de ambas, Ava Gardner y Elizabeth Taylor respectivamente. El amor sobre la primera me dura todavía. ¿Sabéis de quién era la música de las tres? Del mejor, Miklós Rózsa.

Alejandro el Magno (1956, Robert Rossen) me impactó tanto que hasta recuerdo que la vi en el desaparecido, como tantos otros, Cine Montecarlo de Madrid. La interpretaba excelentemente Richard Burton y yo sentía una gran admiración por el personaje, pues en la asignatura de Historia que entonces estudiábamos en el Bachillerato –ojalá se siguiera estudiando igual o parecido– me impresionaron las anécdotas que se contaban de él: su caballo Bucéfalo. el nudo gordiano, impedir que se destruyera la casa de Píndaro a quién admiraba, aquello de “.. dejo mi reino al más fuerte..”, la tutoría de Aristóteles, el águila que le sobrevoló cuando nacía, su muerte tan joven, etc. Aunque no me desagradó la versión de 2005 de Oliver Stone, guardo mejor recuerdo de la primera. Hace meses compré el DVD y no me he atrevido a volver a verla, no sea que me lleve un desengaño.

Parecidas sensaciones me produjo Ulises (1955, Mario Camerini): Kirk Douglas atado al barco para oír el canto de las sirenas, diciéndole a Polifemo que quien le había cegado se llamaba Nadie; el asalto a Troya desde el caballo de madera; la vuelta a Ítaca donde ni Penélope ni Telémaco le reconocen, pero si su perro; el duelo con el arco, que solo Ulises podía tensar; el acierto de que los papeles de la bruja Circe y de su mujer, Penélope, fueran interpretados por la misma actriz, Silvana Mangano… Por entonces yo me bebía todo lo que caía en mis manos sobre mitología greco-romana, así que fue un impacto contemplar aquello en imágenes. Dudo en volver a verla, pues está considerada dentro del subgénero “peplum” italiano. No sé.

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Rossana Podestá en Helena de Troya

Dentro de dicho subgénero, la que también me viene a la memoria es Elena de Troya (1956, Robert Wise), complemento de la anterior, con una de las más guapas actrices del cine italiano: Rossana Podestá, haciendo de Elena. Y con aquel gran actor cuyo recuerdo habría que recuperar: Stanley Baker, en el papel de Aquiles. Brigitte Bardot interpretaba un “papelín” en ella, antes de que la descubriera Roger Vadim. También adquirí el DVD, al que todavía no le he quitado la funda por las mismas razones que expuse antes, o por su posible comparación con la reciente Troya (2004, Wolfgang Petersen). Otras que recuerdo, con menor intensidad, son El Coloso de Rodas (1961 Sergio Leone) y La Batalla de Maratón (1959, Jacques Tourner), que protagonizaba el inefable Steeve Reeves – participó en un montón de “peplums”- antiguo Mr. Universo, y precursor de Swarcheneger (todavía no se si se escribe así).

Vuelve a salirme Kirk Douglas – no será la última vez – en Los Vikingos (1958, Richard Fleischer), tuerto y violento enfrentado a un Tony Curtis, encima manco, que parecía una hermanita de la caridad a su lado. Yo era un fan del Capitán Trueno y esta película se parecía un montón a sus primero tebeos, así que volvía a verla cada vez que podía, la última no hace mucho. Aguanta bien el paso del tiempo.

La Juana de Arco de Victor Fleming, año 1948, con Ingrid Bergman en el papel estelar, es bastante mejor que la reciente de Besson y que seguramente han visto muchos más espectadores que todas las anteriores versiones juntas, que no son pocas, incluidas las realizadas para la televisión. Indudablemente, la versión de Dreyer es insuperable y más antigua, pero eso lo sé hoy. Si la hubiese visto entonces, seguro que me habría resultado un “peñazo”, y además en blanco y negro. No me he equivocado en la fecha porque, aunque en 1948 yo era un bebé, ya os he comentado que las buenas películas se pasaban una y otra vez en los cines de barrio.

Otro personaje histórico muy socorrido por sus posibilidades para la gran pantalla fue Atila, y mi preferida es la primera que vi, Atila, rey de los hunos (1954, Douglas Sirk). Este gran director ha sido uno de los que mejores melodramas ha rodado –Escrito sobre el viento, Sublime obsesión, Tiempo de amar, tiempo de morir…- y Almodóvar ha reconocido en varias ocasiones su influencia. Por eso me he llevado una gran sorpresa al enterarme ahora de que fue el quien dirigió esta película, nada melodramática, que forma parte importante de mis recuerdos cinematográficos. Pero yo, como casi todo el mundo, pasaba de directores. Aquello que aprendías en el “cole” de que por donde pasaba su caballo no crecía la yerba y que llegó hasta las mismísimas puertas de Roma, eran suficientes alicientes para verla. Y me encantó. Sobre todo su protagonista, Jack Palance, en uno de sus mejores roles.

Tierra de faraones (Howard Hawks, 1955) y Sinuhé el egipcio (1954, Michael Curtiz) son las mejores películas que recuerdo sobre Egipto, sobre todo la primera. Inolvidable el gran Stephen Hawkings – que hacía de padre adoptivo de Ben-Hur- y Joan Collins, en el esplendor de su belleza, como la pérfida mujer del faraón que recibe su terrible y merecido castigo. Las escenas de los distintos ingenios mecánicos que van cerrando todos los accesos a la pirámide a la muerte del faraón parece que las estoy volviendo a ver ahora mismo.

Sophia Loren y Cary Grant se conocieron durante el rodaje en Segovia

Sophia Loren y Cary Grant se conocieron durante el rodaje en Segovia

Una pequeña pincelada para el cine español o casi. Sin duda, la que más nos marcó fue Jeromín (1953, Luis Lucía), que narraba la infancia de D. Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos I de España. Basada en una novela del Padre Coloma, tiene muy poca base histórica, pero la veía siempre que podía. Una “casi española” fue Orgullo y Pasión (1957, Stanley Kramer). Por supuesto que no era de la tierra, pero se rodó aquí con técnicos y secundarios españoles y se desarrollaba en la Guerra de la Independencia. Pero como la dieron tanto bombo y trabajaban en ella Cary Grant, Frank Sinatra y Sophia Loren, fuimos muchísimos a verla. Por entonces se me debían estar despertando los primeros síntomas de crítico en ciernes, porque no me gustó. Es que ver a Sinatra haciendo de revolucionario hispano era bastante difícil de tragar.

El noventa por ciento de estas películas estaban autorizadas solo para mayores de 18 años, no por su violencia – hoy muy superada –, sino porque las chicas salían siempre con falditas cortas y amplios bustos al aire, los tíos en taparrabos y muy musculosos, y todo eso era pecado para los ojos infantiles. Mas en aquellas entrañables salas de Lavapiés y Delicias en Madrid, con olor al ozono-pino con el que los acomodadores nos duchaban cada media hora, podías entrar por las noches, sobre todo en verano, si te acompañaba un adulto. ¡Cuánto aprendí de Historia y Mitología, de grandes acciones y guerras y dramas inmortales en aquellos pequeños templos de la fantasía! Pero, sobre todo, le cogí el gusto a la Historia.