GONZALO

José Guadalajara

Su último artículo de colaboración en esta Página fue “Divinas palabras”, publicado en el mes de julio pasado, que Gonzalo remataba de esta manera:

“Las adversidades y los imprevistos graves nos afectan a todos; nadie estamos a salvo de ellos y siempre puede haber algo que haga que nuestras defensas lingüísticas se derritan y sin darnos cuenta pasemos del «¡Ay, qué calorcito!» al «¡Hostias, que me quemo!». Todos tenemos un punto de fusión que permite que en algún instante afloren nuestras más vehementes expresiones. Cada cual que juzgue cómo, cuándo y dónde utilizar las buenas o malas maneras; todas son nuestras”.

Esas adversidades e imprevistos graves le llevaban afectando a él desde hacía más de un año hasta que la fuerza de la enfermedad ha terminado por desmoronar su voz y esa habilidad que tenía para el sarcasmo, la ironía y la fina observación. Han sido muchos meses colaborando en Hablar bien… escribir mejor de esta Página. Desde aquella breve pincelada en su “A vueltas con el género”, con la que inició su participación en julio de 2010, ha ido dejando su huella en artículos tan llenos de ingenio y sutil escritura como “Cómo nos las habemos con el verbo haber”, “De puta madre”, “Geometría de la palabra”, “A su puta bola”, “Muletillas y circunloquios”, “Vocativos cariñosos”, “Jugando con las formas”, “Palabras de mierda”…

Unas veces me proponía él un tema para un artículo, que siempre me resultaba interesante por su actualidad, aunque fuera sobre todo su forma de transmitirlo la que me subyugaba; en otras ocasiones, era yo el que le hacía la propuesta, como la que dio lugar a su ingenioso e hilarante artículo de “A su puta bola”, surgido a raíz de una expresión que escuché en la calle a una joven cuyo perro no le hacía caso y se le desmandaba. Un artículo que, escrito a modo de carta, Gonzalo cerró de esta manera:

“Y hasta aquí mi comentario a tu sugerencia, que me ha parecido muy bien, pues últimamente estaba un poco menguada mi imaginación. Así que busca otra para la próxima entrega porque yo, ahora mismo, no tengo ni idea, amigo, ni puta idea”.

Gonzalo era Gonzalo. Lo conocí en un acto literario en Ávila allá por el 2009, su ciudad, en la que me lo presentó mi amigo, el escritor Félix Jiménez, al que él llamaba cariñosamente Felisín. De esto me enteré en la última conversación que mantuve con Gonzalo por teléfono, mientras convalecía de su enfermedad en el hospital y se emocionaba a la vez que hablábamos de sus cosas y de las mías, recién operado de un pulmón. Recuerdo que, como un guiño y haciendo mención a su último artículo, cerramos nuestra charla con un “abrazo de la hostia”.

Fueron sus postreras divinas palabras conmigo, pues, pasado el verano, una llamada telefónica de Félix me comunicó que Gonzalo se había ido para siempre.

Ahora, mientras releo sus palabras dejadas en mi Página durante todos estos meses, sus sutilezas lingüísticas y sus pespuntes de humor, siento emocionado el sonido de su voz y se me queda su tiempo remansado en el recuerdo. Pero no es solo un recuerdo nostálgico, sino un recuerdo que parece rebrotar del instante mismo en el que su pensamiento se convirtió en palabra. Y en esas palabras veo su imagen y me las repito en alto, tratando de hacer revivir en ellas el acto de la creación.

En uno de sus artículos me escribió un día, dirigiéndose a mis hipotéticos alumnos: “Estoy seguro de que José sabía lo que tecleaba en cada momento, que él os lo diga”. Se refería a una de mis novelas y al análisis que él hizo de los recursos literarios que yo utilizo en ella.

Ahora que no estás, querido Gonzalo, permíteme que te dedique uno de aquellos recursos que tú supiste valorar y que se asocia con un personaje, que, lo mismo que tú, siempre tenía un chiste en la embocadura de la chistera: «A mí me parecía que en el interior de su cabeza los chistes tenían brazos y piernas y que, allí dentro, se peleaban con ferocidad entre sí, empujándose unos a otros para salir a borbotones y hacerse un sitio entre los vivos».

¡Amigo, otro abrazo de la hostia! Sé que te habría encantado esta expresión.