LA NATURALEZA EN LA EDAD MEDIA

Julián Moral

Las ciencias de la naturaleza se hallaban durante la Edad Media a un nivel muy bajo de desarrollo y sometidas a la Teología. Seguimos a A. I. Oparin, Orígen de la vida sobre la tierra: “A lo largo del Medievo el pensamiento filosófico podía subsistir tan sólo mientras tuviera un carácter teológico, hallándose subordinado a una u otra doctrina de la Iglesia”. Como consecuencia de esta subordinación, las cuestiones científico-naturales eran relegadas a un plano secundario y durante este largo período la Historia Natural estuvo dominada por el pensamiento aristotélico cristianizado, cuyo finalismo metafísico no dejaba mucho espacio para el estudio o cuestionamiento de las relaciones entre el hombre, los seres vivos y el medio natural. No obstante, la admisión del sistema aristotélico por los grandes teólogos medievales: Alberto Magno, Tomás de Aquino y otros -uniendo la ciencia y la teología en una totalidad única- posibilitó un cierto enfoque científico a la escolástica.

Me atrevo a decir que el pensamiento filosófico medieval, en relación al medio natural, gira o se sustenta sobre tres ejes: I) el antropocentrismo aristotélico-estoico cristianizado; II) la tesis establecida desde Aristóteles de la “generación espontánea”; III) la idea de la acabada disposición de la Naturaleza y los seres vivos propiciada por el Creador.

De la visión aristotélica –estoica cristianizada de un mundo aderezado al servicio del hombre, asumida por los Padres de la Iglesia y la escolástica tomista, tenemos ya ejemplos escritos en la Edad Media que sustentaron y afirmaron en leyes y actuaciones esta visión antropocéntrica; por ejemplo en el Libro de Las siete partidas, título 20, ley 7, podemos leer: “Apoderarse debe el pueblo por la fuerza de la tierra cuando no lo pudiese hacer por maestría o por arte; y entonces se debe aventurar a vencer las cosas por esfuerzo y por fortaleza, así como quebrantando las grades peñas,  y horadando los grandes montes, y allanando los lugares altos y alzando los bajos, y matando los animales bravos y fuertes, aventurándose con ellos para lograr sus provecho…”

Como vemos por este pasaje, no estamos hablando de una simple legislación normativa de pura gestión o formas de actuación; estamos ante una visión ético-filosófica que –sin mencionar el pensamiento antiguo- desde San Pablo, pasando por San Agustín y continuando por Santo Tomás de Aquino, subordina lo existente a lo racional: la naturaleza subordinada al ser humano.

La idea de que ciertos seres vivos podrían surgir directamente por sí mismos de detritus y materiales inertes es una visión compartida por muchos pueblos de la antigüedad que sobrevivió hasta el florecimiento de las ciencias exactas. Los representantes del aristotelismo escolástico desarrollaron ampliamente la visión del estagirita sobre la “generación espontánea”, si bien para aquellos, los casos de generación se producen por mandato divino. San Alberto Magno (1193-1280), que se interesó en el estudio de la botánica, la zoología, la alquimia y mineralogía, se mantiene fiel a esta doctrina y habla de “fuerza vivificadora” para explicar el fenómeno. Su discípulo Santo Tomás de Aquino (1225-1274) defendió los mismos postulados apoyándose en Aristóteles y San Agustín; este último hablaba de “fuerza generadora” para explicar el fenómeno. La doctrina de Santo Tomás de Aquino es reconocida por la Iglesia Católica como verdadera aún en la actualidad. Sin embargo, a favor de Tomás de Aquino se podría argumentar su “principio de la diversidad”. Escribe éste: “Aunque un ángel tomado en sí mismo es mejor que una piedra, dos naturalezas son en todo mejor que una sola”.

Como vemos, Tomás de Aquino es un claro ejemplo de un cierto aire científico de la escolástica tomista enriquecida por la asunción de postulados aristotélicos. Los teólogos de la Iglesia Oriental defendieron puntos de vista parecidos apoyándose en San Basilio (329-379) que en su obra Plática acerca de los seis días mantiene que algunos seres nacen de otros y otros nacen de la tierra misma. Para San Basilio estos casos de generación espontánea se producen por mandato divino.

La idea de la acabada disposición de la naturaleza y la perfección de lo creado lleva implícita una actitud conservadora o, mejor dicho, conservacionista del medio natural. Esta concepción, claramente minoritaria en el Medievo, no anima al hombre a emprender la transformación del entorno y tuvo algunas expresiones radicales que miraban con horror místico la perturbación de la obra de Dios. Señala J. Passmore  -apoyándose en la obra de Edward Shillebeeckx, Dios y el futuro del hombre- el rechazo en ciertos medios medievales a los ingenios mecánicos, tenidos en muchas partes por diabólicos y recordando que, en el siglo XVI, una comisión española rechazó un proyecto para hacer navegables dos ríos por considerar que era torcer los designios de la Providencia.

Quizá el ejemplo más traído de este misticismo lo encontramos en San Francisco de Asís (1181-1226), proclamado con frecuencia patrón de los ecologistas. Francisco de Asís se dirige a los pájaros y demás animales llamándoles hermanos, posiblemente en un entorno natural donde el culto a la naturaleza habría sobrevivido en buena medida, aunque de forma marginal, al cristianismo.

Desde estas coordenadas filosóficas-ideológicas, las acciones de protección de la naturaleza que se dan en el Medievo deben ser entendidas o como fruto de una política de gestión o intendencia encaminada a no esquilmar determinados espacios o para propiciar su recuperación para continuar explotándolos. Porque no olvidemos que la tendencia mística de inalterabilidad del medio y respeto a la obra del Creador (preservación) era absolutamente marginal.

En relación a las acciones de protección, que efectivamente las hubo en la Edad Media, seguimos a Pascal Acot: Historia de la ecología, que afirma “que la agricultura medieval alcanza sus cotas más altas a finales del siglo XIII, hasta tal punto que habrá que esperar al siglo XX para encontrarse nuevamente con un espacio mal comparable”.

Es evidente que la cita de Acot enmarca una cuestión que ha estado siempre en el centro del debate naturalista; esto es: toda política cultural agrícola se opone artificialmente a la dinámica natural del medio. El incremento de la actividad agrícola y a la vez el incremento demográfico del siglo XIII presionan de forma importante en los bosques medievales. La madera era la materia prima estratégica como combustible para uso doméstico, industrial, construcción, maquinaria, usos militares, etc.; en consecuencia, la escasez y subida de precios propician a principios del siglo XIV las primeras medidas de protección en Francia e Inglaterra de los boques comunales. En Castilla, donde aumenta también la deforestación, sobre todo la cubierta arbórea de tardo crecimiento (robles, hayas, castaños), se dan disposiciones legislativas como las de las Cortes de Valladolid: 1351 o el Fuero de Vizcaya que regulan el aprovechamiento y repoblación forestal. Estas medidas, de un carácter puntual y desde una perspectiva absolutamente práctica, estarían excusadas de cualquier intromisión de posicionamiento ético o estético.

Habría que esperar al Renacimiento para que surgiera una concepción de la vida y la naturaleza más mecanicista-materialista, que daría paso a nuevas visiones del mundo, del ser humano, de la naturaleza y de las relaciones de aquel con ésta.